Carranza, brillante en su tiempo, gris en la historia
Poseía, para decirlo en pocas palabras, una noción exacta del arte de la política […]. No tenía madera de mártir; era la suya madera de político, de estadista.
Opinión del historiador Javier Villarreal Lozano sobre Venustiano Carranza.
Venció a Huerta, al igual que venció el radicalismo revolucionario de Villa y de Zapata.
Luis Barrón.
Cuando Bernardo Reyes en 1910 tuvo el apoyo de amplios sectores de la sociedad y la política para ir contra Porfirio Díaz, a quien siempre profesó lealtad, declinó. Luego regresó del exilio en Europa para colaborar con Félix Díaz —sobrino de Porfirio— a sacar del Palacio Nacional al ya presidente Francisco I. Madero. Así se desencadenó la Decena Trágica donde Reyes murió. Tiempo después Venustiano Carranza, político cercano a Reyes en determinados momentos, se preguntaba: “¿Cuál fue el error de Reyes? […] ¿No cree […] que la lealtad, cuando significa un sacrificio, es la mayor de la virtudes?”
Venustiano Carranza, personaje gris de acuerdo con la historia y la educación escolar mexicana pública y privada, supo aliarse, alejarse y hasta pelearse con muchos de los principales personajes de la política de su tiempo, de su estado natal del que fue gobernador, Coahuila, y de la Revolución: Díaz, Madero y Reyes, pero también Álvaro Obregón, Francisco Villa y muchos otros. También fue el impulsor de esa Constitución que, ya muy modificada, sigue vigente en México.
Hacendado —y vecino de Madero— que no dejó herencia de poder ni fortuna a sus descendientes a pesar de haber llegado a la Presidencia; de una rara vocación por la política y escasa inclinación por la militar; Carranza era un hombre apacible, reservado, decidido y hasta terco; de ideas liberales, progresistas (todo los recursos a una educación para todos) y federalistas (independencia a los municipios); por él su estado pudo tener una Constitución nueva en plena Revolución.
Primer revolucionario cuyos restos fueron depositados en el Monumento a la Revolución, en 1942, Carranza fue sobre todo un convencido del orden legal, de ahí que siendo gobernador presionara al Congreso de Coahuila para que le diera el mandato de restablecer el orden constitucional, cuando Victoriano Huerta cometió el doble crimen de asesinar al presidente Madero y al vicepresidente José Ma. Pino Suárez, y usurpar la Presidencia. Carranza creó un Ejército Constitucionalista que unificó a buena cantidad de grupos revolucionarios y venció a Huerta. Así llegó a la Presidencia, convocó al Congreso Constituyente de 1917 y a elecciones presidenciales en las que resultó ganador, aunque no pudo concluir su periodo ocupando el puesto sólo hasta 1920, cuando intentó trasladar la sede de su gobierno a Veracruz ante el levantamiento de Álvaro Obregón, muriendo el 21 de mayo en Tlaxcalantongo, Puebla, en una emboscada que el general Rodolfo Herrero preparó.
Casi todo esto relata Luis Barrón en su Carranza. El último reformista porfiriano, segundo libro de “Centenarios”, la magnífica colección de Tusquets Editores que próximamente incluirá la biografía del general Bernardo Reyes. La biografía política que ha hecho Barrón se detiene cuando el personaje gana las elecciones presidenciales de 1917, antes de su enfrentamiento definitivo con Villa y Obregón. Ameno e interesante —uno descubre, nada menos, que sin Carranza el destino de la Revolución y sus caudillos hubiera sido radicalmente otro—, el libro deja picado al lector. Se le reclama al autor en entrevista, y él justifica: primero, la presidencia de Carranza es lo más estudiado de su intervención en la Revolución; segundo, si “hubiera continuado con la misma profundidad, eso hubiera retrasado mucho la publicación de este libro que me tomó diez años”.
Olfato para oír, ver y actuar
Barrón, trabajando en su doctorado con el historiador y biógrafo de Pancho Villa Friedrich Katz, escuchó de él que a Venustiano Carranza nadie lo había estudiado con seriedad. Se acercó a los archivos y “me enganché, porque haciendo un balance de la Revolución resulta un personaje central, al que se le da muy poca importancia y que ha estado en la sombra” ante la magnificación que han hecho los historiadores de Emiliano Zapata, Pancho Villa y Álvaro Obregón. “Y conforme fui estudiando más la Revolución comenzó a interesarme más la Constitución del 17, que es un documento tan peculiar en la historia del constitucionalismo de América Latina, y es imposible entender porqué toma la forma que tiene si uno no entiende de dónde viene Carranza.”
—Leyendo tu libro uno se percata de que Carranza no se metió a la ‘bola’ de la Revolución, no tiene una vida épica como Zapata, Villa u Obregón.
—Él jamás concibió la transformación social de México a través de una revolución armada. Él primero se tiene que sumar a la revolución de Madero renuentemente, y después contra Huerta no le queda más que hacer el Ejército Constitucionalista para enfrentarlo militarmente, y después a Villa. Desde mí punto de vista Carranza es un político reformista, un político que aprendió la política en el porfiriato, no es un revolucionario ni un militar. No obstante, es muy importante entender que el triunfo de la Revolución tiene que ver con el triunfo militar de Carranza, pero para él ese no era el objetivo, para él la política y la sociedad se tenían que transformar sin el enfrentamiento armado.
—¿Si no era un hombre dado a la batalla cómo pudo encabezar eficazmente el ejército que finalmente triunfo?
—Él no era un buen estratega militar ni participó en batallas, salvo en muy pocas. Lo que supo hacer como buen estadista, fue rodearse de muy buenos generales y entre ellos, obviamente el más importante, Álvaro Obregón. Pero él no establecía la estrategia militar, él controlaba a los jefes militares. Algo que queda muy claro en su archivo es que todas las armas tenían que pasar por sus manos, él distribuía, decía cómo, cuándo y a quién.
—¿Cómo alguien que por encima de todo ponía a la ley se dejó persuadir con la idea, que al final resultó cierta, de Luis Cabrera de que las grandes reformas sociales e institucionales se tenían que hacer antes de restablecer el orden constitucional, es decir, en el desorden de la Revolución?
—Carranza era un hombre que escuchaba mucho más de lo que hablaba. Él desde muy pronto vio a Luis Cabrera como el gran intelectual. Y Luis Cabrera desde muy temprano en la Revolución —y estoy hablando de 1911— empezó a hacer el argumento de que las reformas se tenían que hacer destruyendo el orden constitucional y no a través de él. Y sí, desde 1913 Cabrera le repite esto insistentemente a Carranza, que no está muy convencido porque veía el otro lado: si yo hago reformas que no tienen legitimidad, entonces no se convierten en realidad. Es solamente hasta 1916 que Cabrera convence a Carranza de que no se puede restablecer el orden si no se tienen las reformas, pues precisamente el orden ya estaba deslegitimado.—Carranza tuvo el olfato para saber que su triunfo militar era el momento para llamar a un Congreso Constituyente. Sin embargo, también tenía la experiencia de haber reformado la Constitución de su estado. ¿Esa experiencia le salió igual de bien?
—Bueno, esa historia quedó pendiente en el libro y ahora ya estoy trabajando en otro donde describo con mucho detalle cuál fue el procedimiento de la reforma en Coahuila. Lo que sucede es que él, una vez que termina el documento y lo propone al Congreso encuentra diferentes problemas a partir de que los municipios le dan comentarios, entonces acaba por retirarlo, corregirlo y volverlo a presentar, y en eso se da el golpe de Victoriano Huerta en 1913. Entonces, Carranza había experimentado ya lo que era enfrentar deficiencias en un proyecto constitucional, y eso fue central para que en 1916, cuando ve que la coalición [de revolucionarios] comienza a desmoronarse, él dijera: tiene que ser a fuerza un congreso constituyente que cumpla con determinadas características. Porque se dio cuenta de que si hubiera seguido el mismo mecanismo que en Coahuila, le hubiera pasado lo mismo: se hubiera atorado la reforma, y él no podía controlar las legislaturas estatales; entonces las reformas nunca se hubieran materializado. Es decir, al final le hizo caso a Luis Cabrera.
—Leyendo tu libro nos queda la idea de un personaje tremendamente hábil en lo político. ¿A qué se debe eso: instinto, enseñanza de Reyes, a qué?
—Carranza tuvo un aprendizaje larguísimo en el porfiriato, como presidente municipal, en la Cámara de Diputados local, en el Senado, con su roce con los grupos porfiristas, viendo cómo se enfrentaban unos a otros, cómo negociaban. Pero también por su cercanía con Bernardo Reyes, no tanto viendo sus aciertos sino sus errores: porqué Reyes no decide levantarse en armas, porqué decide abandonar su movimiento e irse al exilio. También los de Madero: porqué siendo un revolucionario triunfante no deshace el ejército federal, porqué renuncia a hacer una coalición política a nivel nacional, etcétera. Todo eso lo va aprendiendo, pero hay que saber aplicarlo en el momento justo, con ese olfato que él tenía muy desarrollado. Ahora, esto no quiere decir que se trate de un político infalible, al final de su vida es inexplicable porqué se enfrenta a Obregón, porqué cuando tiene a Obregón para juzgarlo lo deja escapar, porqué se enfrenta a Sonora en vez de voltearla en contra de Obregón…
—¿Pudo ser la edad?
—Pudo ser la edad, pudo ser su idea de que negociar con el ejército era inaceptable, el quería a fuerza una transición a un gobierno civil. También pudo ser que se quedó sin el apoyo de Estados Unidos. Pero me parece que Carranza es, hasta antes de esos años, la combinación de alguien que tiene la habilidad innata con un aprendizaje rico. Una pregunta muy interesante es porqué habiendo políticos que se parecían mucho a él en términos de carrera política, no brillan en 1913 como él sí lo hace; porqué el sí ve la oportunidad que no ve José María Maytorena, gobernador de Sonora, que sale huyendo del país; porqué él sí ve la circunstancia que se está dando en México, que no ve Abraham Gonzáles en Chihuahua; porqué él sí decide mantener una coalición en Coahuila cuando otros gobernadores no lo hacen; porqué políticos que venían del porfiriato y tenían mucho peso en sus regiones se quedan quietos y él no. Además, Carranza se sabe poner hasta arriba de un grupo de generales muy talentosos pero que en ese momento no eran nadie. Es parte del olfato político ver de quién te rodeas, y Villa y Obregón crecieron porque Carranza los dejó crecer.
—Pareciera que Carranza no le es leal a nadie, sin embargo pondera como la gran virtud de Reyes eso, la lealtad.
—Yo creo que Carranza entendió que era tan malo depender de la lealtad de todos los demás como serle completamente fiel a alguien. Él divide su vida política y le es leal a uno y a otro para tener siempre las puertas abiertas. Comprendió que es imposible pedir la lealtad absoluta y que por lo tanto hay que balancear. Y algo que aprendió del porfiriato fue siempre tener dos facciones listas para que cuando una se fortalezca la otra haga el balance. Una cosa que siguió mucho de Porfirio Díaz fue no permitir que los generales estuvieran en su región, y en la que estuvieran, si empezaban a crecer mucho los sacaba y mandaba a otra para romper lealtades personales. La lealtad en política yo creo que es una variable clave, y si uno piensa que todo mundo o alguien le es completamente leal, está cometiendo un grave error; igual si uno entrega su lealtad. La política desgraciadamente es un juego muy sucio, y Carranza lo entendió muy bien.
[Publicado originalmente en octubre de 2009.]
































