lunes, 15 de octubre de 2012

Con todos, sin ellos

Entrevista con el historiador Luis Barrón
Carranza, brillante en su tiempo, gris en la historia

Poseía, para decirlo en pocas palabras, una noción exacta del arte de la política […]. No tenía madera de mártir; era la suya madera de político, de estadista.
Opinión del historiador Javier Villarreal Lozano sobre Venustiano Carranza.

Venció a Huerta, al igual que venció el radicalismo revolucionario de Villa y de Zapata.
Luis Barrón.

Cuando Bernardo Reyes en 1910 tuvo el apoyo de amplios sectores de la sociedad y la política para ir contra Porfirio Díaz, a quien siempre profesó lealtad, declinó. Luego regresó del exilio en Europa para colaborar con Félix Díaz —sobrino de Porfirio— a sacar del Palacio Nacional al ya presidente Francisco I. Madero. Así se desencadenó la Decena Trágica donde Reyes murió. Tiempo después Venustiano Carranza, político cercano a Reyes en determinados momentos, se preguntaba: “¿Cuál fue el error de Reyes? […] ¿No cree […] que la lealtad, cuando significa un sacrificio, es la mayor de la virtudes?”
Venustiano Carranza, personaje gris de acuerdo con la historia y la educación escolar mexicana pública y privada, supo aliarse, alejarse y hasta pelearse con muchos de los principales personajes de la política de su tiempo, de su estado natal del que fue gobernador, Coahuila, y de la Revolución: Díaz, Madero y Reyes, pero también Álvaro Obregón, Francisco Villa y muchos otros. También fue el impulsor de esa Constitución que, ya muy modificada, sigue vigente en México.
Hacendado —y vecino de Madero— que no dejó herencia de poder ni fortuna a sus descendientes a pesar de haber llegado a la Presidencia; de una rara vocación por la política y escasa inclinación por la militar; Carranza era un hombre apacible, reservado, decidido y hasta terco; de ideas liberales, progresistas (todo los recursos a una educación para todos) y federalistas (independencia a los municipios); por él su estado pudo tener una Constitución nueva en plena Revolución.
Primer revolucionario cuyos restos fueron depositados en el Monumento a la Revolución, en 1942, Carranza fue sobre todo un convencido del orden legal, de ahí que siendo gobernador presionara al Congreso de Coahuila para que le diera el mandato de restablecer el orden constitucional, cuando Victoriano Huerta cometió el doble crimen de asesinar al presidente Madero y al vicepresidente José Ma. Pino Suárez, y usurpar la Presidencia. Carranza creó un Ejército Constitucionalista que unificó a buena cantidad de grupos revolucionarios y venció a Huerta. Así llegó a la Presidencia, convocó al Congreso Constituyente de 1917 y a elecciones presidenciales en las que resultó ganador, aunque no pudo concluir su periodo ocupando el puesto sólo hasta 1920, cuando intentó trasladar la sede de su gobierno a Veracruz ante el levantamiento de Álvaro Obregón, muriendo el 21 de mayo en Tlaxcalantongo, Puebla, en una emboscada que el general Rodolfo Herrero preparó.
Casi todo esto relata Luis Barrón en su Carranza. El último reformista porfiriano, segundo libro de “Centenarios”, la magnífica colección de Tusquets Editores que próximamente incluirá la biografía del general Bernardo Reyes. La biografía política que ha hecho Barrón se detiene cuando el personaje gana las elecciones presidenciales de 1917, antes de su enfrentamiento definitivo con Villa y Obregón. Ameno e interesante —uno descubre, nada menos, que sin Carranza el destino de la Revolución y sus caudillos hubiera sido radicalmente otro—, el libro deja picado al lector. Se le reclama al autor en entrevista, y él justifica: primero, la presidencia de Carranza es lo más estudiado de su intervención en la Revolución; segundo, si “hubiera continuado con la misma profundidad, eso hubiera retrasado mucho la publicación de este libro que me tomó diez años”.

Olfato para oír, ver y actuar
Barrón, trabajando en su doctorado con el historiador y biógrafo de Pancho Villa Friedrich Katz, escuchó de él que a Venustiano Carranza nadie lo había estudiado con seriedad. Se acercó a los archivos y “me enganché, porque haciendo un balance de la Revolución resulta un personaje central, al que se le da muy poca importancia y que ha estado en la sombra” ante la magnificación que han hecho los historiadores de Emiliano Zapata, Pancho Villa y Álvaro Obregón. “Y conforme fui estudiando más la Revolución comenzó a interesarme más la Constitución del 17, que es un documento tan peculiar en la historia del constitucionalismo de América Latina, y es imposible entender porqué toma la forma que tiene si uno no entiende de dónde viene Carranza.”
—Leyendo tu libro uno se percata de que Carranza no se metió a la ‘bola’ de la Revolución, no tiene una vida épica como Zapata, Villa u Obregón.
—Él jamás concibió la transformación social de México a través de una revolución armada. Él primero se tiene que sumar a la revolución de Madero renuentemente, y después contra Huerta no le queda más que hacer el Ejército Constitucionalista para enfrentarlo militarmente, y después a Villa. Desde mí punto de vista Carranza es un político reformista, un político que aprendió la política en el porfiriato, no es un revolucionario ni un militar. No obstante, es muy importante entender que el triunfo de la Revolución tiene que ver con el triunfo militar de Carranza, pero para él ese no era el objetivo, para él la política y la sociedad se tenían que transformar sin el enfrentamiento armado.
—¿Si no era un hombre dado a la batalla cómo pudo encabezar eficazmente el ejército que finalmente triunfo?
—Él no era un buen estratega militar ni participó en batallas, salvo en muy pocas. Lo que supo hacer como buen estadista, fue rodearse de muy buenos generales y entre ellos, obviamente el más importante, Álvaro Obregón. Pero él no establecía la estrategia militar, él controlaba a los jefes militares. Algo que queda muy claro en su archivo es que todas las armas tenían que pasar por sus manos, él distribuía, decía cómo, cuándo y a quién.
—¿Cómo alguien que por encima de todo ponía a la ley se dejó persuadir con la idea, que al final resultó cierta, de Luis Cabrera de que las grandes reformas sociales e institucionales se tenían que hacer antes de restablecer el orden constitucional, es decir, en el desorden de la Revolución?
—Carranza era un hombre que escuchaba mucho más de lo que hablaba. Él desde muy pronto vio a Luis Cabrera como el gran intelectual. Y Luis Cabrera desde muy temprano en la Revolución —y estoy hablando de 1911— empezó a hacer el argumento de que las reformas se tenían que hacer destruyendo el orden constitucional y no a través de él. Y sí, desde 1913 Cabrera le repite esto insistentemente a Carranza, que no está muy convencido porque veía el otro lado: si yo hago reformas que no tienen legitimidad, entonces no se convierten en realidad. Es solamente hasta 1916 que Cabrera convence a Carranza de que no se puede restablecer el orden si no se tienen las reformas, pues precisamente el orden ya estaba deslegitimado.
—Carranza tuvo el olfato para saber que su triunfo militar era el momento para llamar a un Congreso Constituyente. Sin embargo, también tenía la experiencia de haber reformado la Constitución de su estado. ¿Esa experiencia le salió igual de bien?
—Bueno, esa historia quedó pendiente en el libro y ahora ya estoy trabajando en otro donde describo con mucho detalle cuál fue el procedimiento de la reforma en Coahuila. Lo que sucede es que él, una vez que termina el documento y lo propone al Congreso encuentra diferentes problemas a partir de que los municipios le dan comentarios, entonces acaba por retirarlo, corregirlo y volverlo a presentar, y en eso se da el golpe de Victoriano Huerta en 1913. Entonces, Carranza había experimentado ya lo que era enfrentar deficiencias en un proyecto constitucional, y eso fue central para que en 1916, cuando ve que la coalición [de revolucionarios] comienza a desmoronarse, él dijera: tiene que ser a fuerza un congreso constituyente que cumpla con determinadas características. Porque se dio cuenta de que si hubiera seguido el mismo mecanismo que en Coahuila, le hubiera pasado lo mismo: se hubiera atorado la reforma, y él no podía controlar las legislaturas estatales; entonces las reformas nunca se hubieran materializado. Es decir, al final le hizo caso a Luis Cabrera.
—Leyendo tu libro nos queda la idea de un personaje tremendamente hábil en lo político. ¿A qué se debe eso: instinto, enseñanza de Reyes, a qué?
—Carranza tuvo un aprendizaje larguísimo en el porfiriato, como presidente municipal, en la Cámara de Diputados local, en el Senado, con su roce con los grupos porfiristas, viendo cómo se enfrentaban unos a otros, cómo negociaban. Pero también por su cercanía con Bernardo Reyes, no tanto viendo sus aciertos sino sus errores: porqué Reyes no decide levantarse en armas, porqué decide abandonar su movimiento e irse al exilio. También los de Madero: porqué siendo un revolucionario triunfante no deshace el ejército federal, porqué renuncia a hacer una coalición política a nivel nacional, etcétera. Todo eso lo va aprendiendo, pero hay que saber aplicarlo en el momento justo, con ese olfato que él tenía muy desarrollado. Ahora, esto no quiere decir que se trate de un político infalible, al final de su vida es inexplicable porqué se enfrenta a Obregón, porqué cuando tiene a Obregón para juzgarlo lo deja escapar, porqué se enfrenta a Sonora en vez de voltearla en contra de Obregón…
—¿Pudo ser la edad?
—Pudo ser la edad, pudo ser su idea de que negociar con el ejército era inaceptable, el quería a fuerza una transición a un gobierno civil. También pudo ser que se quedó sin el apoyo de Estados Unidos. Pero me parece que Carranza es, hasta antes de esos años, la combinación de alguien que tiene la habilidad innata con un aprendizaje rico. Una pregunta muy interesante es porqué habiendo políticos que se parecían mucho a él en términos de carrera política, no brillan en 1913 como él sí lo hace; porqué el sí ve la oportunidad que no ve José María Maytorena, gobernador de Sonora, que sale huyendo del país; porqué él sí ve la circunstancia que se está dando en México, que no ve Abraham Gonzáles en Chihuahua; porqué él sí decide mantener una coalición en Coahuila cuando otros gobernadores no lo hacen; porqué políticos que venían del porfiriato y tenían mucho peso en sus regiones se quedan quietos y él no. Además, Carranza se sabe poner hasta arriba de un grupo de generales muy talentosos pero que en ese momento no eran nadie. Es parte del olfato político ver de quién te rodeas, y Villa y Obregón crecieron porque Carranza los dejó crecer.
—Pareciera que Carranza no le es leal a nadie, sin embargo pondera como la gran virtud de Reyes eso, la lealtad.
—Yo creo que Carranza entendió que era tan malo depender de la lealtad de todos los demás como serle completamente fiel a alguien. Él divide su vida política y le es leal a uno y a otro para tener siempre las puertas abiertas. Comprendió que es imposible pedir la lealtad absoluta y que por lo tanto hay que balancear. Y algo que aprendió del porfiriato fue siempre tener dos facciones listas para que cuando una se fortalezca la otra haga el balance. Una cosa que siguió mucho de Porfirio Díaz fue no permitir que los generales estuvieran en su región, y en la que estuvieran, si empezaban a crecer mucho los sacaba y mandaba a otra para romper lealtades personales. La lealtad en política yo creo que es una variable clave, y si uno piensa que todo mundo o alguien le es completamente leal, está cometiendo un grave error; igual si uno entrega su lealtad. La política desgraciadamente es un juego muy sucio, y Carranza lo entendió muy bien.


[Publicado originalmente en octubre de 2009.] 



El placer del goce

Confesiones en el diván (Mahler auf der couch)

D y G: Felix y Percy Adlon. P: Alemania–Austria, 2010. F: Benedict Neuenfels. A: Johannes Silberschnieder (Gustav Mahler), Barbara Romaner (Alma Mahler), Karl Markovics (Sigmund Freud), Friedrich Mücke (Walter Gropius), entre otros. Pr: Eleonore Adlon y Konstantin Seitz. Dr: 105 min.


Recreación del encuentro fugaz en la ciudad de Leyden, Holanda, entre el compositor mítico de la Sinfonía de los mil y el fundador del psicoanálisis. Es 1910 y Mahler ha solicitado a Freud una consulta médica. Conforme transcurren calles, plazas, andadores, la plática se entrecorta con escenas de los últimos diez años del músico, su matrimonio con Alma Schindler, encantadora, hermosa, inteligente, vital, y al parecer no muy talentosa compositora —la histórica Alma Mahler, famosa por sus amigos, amantes y esposos: Gustav Klimt (pintor), Walter Gropius (arquitecto fundador de la Escuela Bauhaus), Franz Werfel (escritor)—. La crisis llega estando con Freud; el final es sabido —y obvio—. La realización es cuidadosa al detalle y Barbara Romaner enamora con su Alma. El relato de este amor tiene de ingrediente menos la pasión que la efervescencia de su tiempo sintetizada en sus personajes. Hipnotizan sus imágenes como postales de ciudad, interiores y campo.


[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.] 


Detrás, el silencio

El caballo de Turín (A torinói ló)

D: Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. P: Hungría–Francia–Alemania–Suiza–Estados Unidos, 2011. G: Béla Tarr y László Krasznahorkai. F en B/N: Fred Kelemen. A: Janós Derzsi (Ohlsdorfer), Erika Bók (la hija de Ohlsdorfer), Mihály Kormos (Bernhard). Pr: Gábor Téni. Dr: 146 min.

El infierno como un limbo y el limbo como una inercia que va perdiendo fuerza. El acontecimiento de la repetición con mínimas variaciones donde el lenguaje sirve para anunciar y poco más. “¿De qué se trata esto, papá? / No lo sé.” La respuesta sin dilatar, obvia, irreflexiva, innecesaria, inexplicable. Sólo podría intentar otra ruta un filósofo, pero claro, los filósofos no lidian con la leña, el pozo, la carreta y el caballo.
La historia ocurre en la última década del siglo XIX, en una cabaña alejada, en medio de tierra yerma, donde la borrasca es eterna. Allí no crecen ni los sueños, por eso nadie llora; llorar, quien vive algo que disfruta y luego lo pierde, aquí todo es seco.


Gris en una película en blanco y negro que va hacia lo obscuro. “¿Qué es todo esto, papá? / No lo sé. […] Vamos a dormir. Mañana lo intentamos de nuevo.” La condena del mañana: lo habrá y hay que continuar porque sí.


Imaginado por Tarr, fantasmal en su materialidad y negreza, el caballo por el que se compadeciera el filósofo Nietzsche —prolífico y brillante, de alma desolada— es la forma que adopta lo inevitable, la naturaleza sorda. La película más dura de la 53ª Muestra.


(El caballo de Turín obtuvo el Oso de Plata y del Premio Fipresci en Berlín.)


[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.] 



Impureza de soledad

Las razones del corazón

D: Arturo Ripstein. P: México–España, 2011. G: Paz Alicia Garciadiego inspirada en Madame Bovary de Gustave Flaubert. F en B/N: Alejandro Cantú. A: Arcelia Ramírez (Emilia), Vladimir Cruz (Nicolás), Plutarco Haza (Javier), Patricia Reyes Spíndola (dona Ruti), Alejandro Suárez (Jasper), entre otros. Pr: Roberto Fiesco y José María Morales. Dr: 119 min.

El gris es frío, cotidiana monotonía, piel de la muerte. El ocre es el tono de los recuerdos que se van apagando, de las miniaturas y cuadros en las salas de las tías solteronas. Si la vida es triste a secas —ni fu ni fa— decimos que es gris; si está rodeada de silencio, secreto y frustración, es ocre. “El acontecimiento de morir de amor me parece infinitamente más interesante que la idea del amor”, ha dicho Ripstein acerca de ésta, su reciente película basada en la novela emblemática de Flaubert, sobre la obsesión amorosa, clandestina y atropellada de una mujer casada.
Ripstein relata el fracaso de un amor de azotea en una atmósfera de decrepitud, sin salir del edificio donde Emilia vive con su esposo e hija en un departamento consumido. Todo sobre ella así está dicho. Alcanzamos a imaginar los colores que una vez tuvo su vida detrás del ocre gris de la fotografía de la película. Abocado a lograr su relato en un reconcentrado ambiente —como suele ser en él—, Ripstein afloja el equilibrio actoral, donde a penas sobresale Arcelia Ramírez como la “princesa” enclaustrada y detestable, Patricia Reyes Spíndola en un personaje que le es muy socorrido y —sorpresa— Alejandro Suárez en su breve y muy detallado papel de cabrón ventajoso.


[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.] 


viernes, 12 de octubre de 2012

De la madeja enredada

En el comienzo Dios creó el canon
Eduardo Rabossi. Gedisa Editorial.

La comunidad filosófica
Michel Onfray. Gedisa Editorial.

No se trata de transformar al filósofo en un cosmopolita sin raíces, sino de concebir la filosofía como una caja negra, plena de sorpresas.
Robert Nozick en palabras de Eduardo Rabossi.

Ninguna idea es tan compleja como para no poder ser expuesta con palabras cotidianas.
Michel Onfray.

La filosofía está en crisis: que no pueda reencadenarse a lo cotidiano con sencillez ni resolver sus conflictos con las ciencias, son síntomas evidentes. Otro es que la gente común concedamos el título de filósofos a sociólogos, historiadores, o de plano a opinadores y optimistas con verborrea. Y denominamos filosofía un conjunto de principios o prejuicios o políticas, una idea de operación empresarial o nuestra manera personal de comportarnos. Esas filosofías son residuos de lo que intuimos debe abarcar la filosofía.
Lo que pasó, nos dice Rabossi, es que un día del siglo XVIII un montón de factores sociopolíticos (Napoleón, el nacionalismo, el romanticismo, etc.) impulsaron el idealismo alemán en la reforma universitaria que diera un lugar de privilegio a la facultad de filosofía, disciplina hasta entonces de la facultad de artes que, junto con las de medicina, derecho y teología, hacían la Universidad de Berlín. Así la filosofía se convirtió en una especie de ciencia de las ciencias y estableció una doctrina, un canon, y el modelo se diseminó por el mundo. Pero el imperio duró poco, una a una las ciencias se separaron y los filósofos perdieron el piso para quedarse en su castillo de cristal —la academia (europea)—, de donde no han podido salir —y hacia donde no pueden dejar de mirar quienes tienen algún interés en la filosofía en Latinoamérica.
De esa historia, de los canónicos, de los disidentes y aun de los transgresores, habla En el comienzo Dios creó el canon, que entre sus virtudes está un estilo interesante, partiendo de un cambio de perspectiva: no ‘qué’ sino ‘cómo’ es la filosofía y el filosofar. Aunque declara el autor: “me niego a recomendar una concepción personal de lo que debería ser la filosofía”. Sí lo hace, en cambio, Onfray, a quienes muchos lo clasifican como una especie de hippie, provocador o extremista, con gran éxito comercial. Revisionista de la filosofía y propugnador (con buenas razones) de una ateología, en su breve La comunidad filosófica. Manifiesto por una Universidad popular, propone recobrar el jardín de Epicuro, sitio de libertad, cooperación y creatividad para la sabiduría, cuyo acceso y avance no se rijan por los formalismos universitarios comunes (él ya ha fundado una primera escuela así en Caen, al noreste de Francia).
Sin duda Rabossi ubicaría a Onfray entre quienes defienden la “concepción frívola” de la filosofía, hecha de “asociación libre” y “malabarismos conceptuales”, pero coincide con él en que es necesario dar un tono naturalista a la práctica de la filosofía en una facultad “de inspiración exploratoria”; es decir, puesto que el orden de los problemas humanos pasan por la naturaleza (incluyendo los procesos mentales de la razón pura), ha de preguntar e intercambiar conocimiento con las ciencias sin asumir verdades previas. Es necesario decir que abiertamente Rabossi no se inclina por esa concepción, pero lo deja entrever al mostrarse entusiasmado por los “transgresores” Manuel Sacristán y Robert Nozick.
En suma, estos dos libros dan visiones complementarias acerca del desencanto que buena parte de los filósofos profesionales sienten por su disciplina, además de servir ambos como heterodoxa y entusiasmante introducción a la filosofía.

[Publicado originalmente en febrero de 2009.] 




El culpable perfecto

Entrevista con la biógrafa y nieta de Aureliano Urrutia, señalado como el asesino de Belisario Domínguez

No había nada más importante para él que sobresalir en el campo elegido. Lo demás era un fracaso.

Hasta el día de hoy no es políticamente correcto admitir que en su momento los senadores vieron en el general Huerta una posibilidad para restablecer el orden.

La cerccanía con los aniversarios de la Independencia y Revolución mexicanas hacen más visibles las novedades librescas con tema histórico, vengan de la ficción, como la novela Expediente del atentado, de Álvaro Uribe, que retoma una rara agresión de un borracho en contra de Porfirio Díaz; o de la vida cotidiana de la época, como Nosotros. La juventud del ateneo de México, donde Susana Quintanilla rastrea cómo fue el encuentro y primeros pasos de esa generación privilegiada por posición social, inteligencia y brillantez.
Con el mismo sello que esos dos libros (Tusquets Editores), ahora circula la biografía de un personaje que ha pasado a la historia como un Judas, Aureliano Urrutia. Del crimen político al exilio, de su nieta Cristina Urrutia Martínez. “En términos reales, podría ser mi bisabuelo”, dice ella, pues su antepasado, nacido en 1872, tenía 83 cuando ella veía la luz en 1955. El prestigiado doctor Urrutia murió de 103 años en su exilio de Texas; su nieta, crecida en el bajío, lo visitó menos de diez veces. “Eso hizo que yo pudiera escribir con mayor facilidad, sin ese afecto, digamos, por un abuelo apapachador.”

Las razones del destino
Escrito en la línea de la historia cultural, que permite servirse ampliamente del relato oral de los sobrevivientes del asunto o personaje tratado, entre los numerosos aciertos del libro de Urrutia destacan dos: el primero ayuda a la comprensión y al entretenimiento del lector, pues presenta la vida cotidiana de México en los primeros 15 años del siglo XX, con especial énfasis del naciente gremio médico y el ambiente político; y el segundo radica en su análisis de las relaciones políticas de un momento histórico particularmente difícil: el fin del porfiriato, el ascenso, renuncia y asesinato de Francisco I. Madero, la fortaleza del huertismo y su defenestración posterior.
Quien fuera una luminaria en la medicina, primero en usar el cine para la divulgación académica de la cirugía, director de la Facultad de esa especialidad en el maderismo, y constructor y dueño de un magnífico edificio que albergara el primer hospital privado moderno y lujoso de la capital del país, el Sanatorio Urrutia de Coyoacán; un día decidió aceptar de su amigo Victoriano Huerta el puesto de secretario de Gobernación, donde “no llegó a cien días”, renunciando el 14 de septiembre de 1913, tres semanas antes de la desaparición y asesinato del senador Belisario Domínguez.
Acusaron a Urrutia de ese crimen, incluso más de una década después se dijo en una novela que nadie más que él pudo cortar la lengua del senador con tal precisión. “…la versión se acepta de manera literal. Esto podría atribuirse a la interpretación [simbólica] de los hechos, pues lo que pasó realmente [con Domínguez] fue que lo silenciaron, le impidieron volver a hablar…” Pero Urrutia no fue responsable, ni siquiera conservó el favor de Huerta, incluso le informaron que el dictador quería matarlo.
Urrutia salió al exilio con su primera esposa e hijos, se asentó en Texas adonde llevó plantas de su natal Xochimilco y levantó una casa que fue referente social; se olvidó de la política, retomó su carrera de médico y alcanzó gran renombre, incluso fama mundial al separar a dos niñas siamesas; enviudó, se casó cuatro veces más, protagonizó uno de los pleitos de divorcio más vergonzosos para la moral de la época; su última mujer era cuatro años mayor que la nieta que escribiría su biografía; varios de sus descendientes adorarían la memoria del patriarca y heredarían su amor a la profesión.
“Y la parte política genera todos esos cuestionamientos de cómo un médico tan exitoso se mete en ese proceso. Te vas dando cuenta de que era un proceso muy complejo, muchos jóvenes preparados creyeron en el proyecto maderista porque vieron la oportunidad que no les había dado el porfiriato, pero se descontentan con Madero. No sólo Urrutia.”
—¿Cómo explicas que la clase política, que en gran medida supo que era falsa la versión de Urrutia como el asesino, la haya favorecido?
—Lo primero que debo decir es que este mito no le quita ningún mérito a Belisario, sus escritos son preciosos. El apoyo del mito desde el Senado parece más bien que fue una manera de decir ‘nosotros también tuvimos un mártir, sí apoyamos a Huerta, pero vean’. Entonces, justifican así su papel pero ya 30 años después.
—¿Cómo comprendía la Revolución el fugaz secretario de Gobernación?
—La revolución maderista no la vio mal. Todos sabemos que el proceso revolucionario de cuando Díaz renuncia a cuando toma el poder Madero, no fue un proceso muy sangriento. Pero ya con Madero vuelve a haber levantamientos, Zapata se le levanta y Pacual Orozco. En ese momento Urrutia, como director de la Facultad de Medicina, ve en el gobierno de Madero un apagafuegos; luego vive muy de cerca todo el desabarajuste de Huerta. Pero la parte más sangrienta de la revolución, de cuando cae Huerta y Carranza sube al poder y vienen los ajustes entre los revolucionarios, la vive Urrutia desde fuera, ya en Texas; inclusive le toca ver llegar al exilio a carrancistas. Sin embargo, hay una cita de él: “La revolución vino a limpiar las miasmas”; o sea, tiene consciencia de que la dictadura de Díaz era excesiva. Pero además, encuentro en él —a pesar de que lo persiguió— cierta y muy importante admiración por Zapata. Inclusive encontré insinuaciones acerca de que si Zapata hubiera entrado a dialogar con el régimen hubiera habido acuerdo. Vislumbro esa admiración, porque él [Urrutia, como Zapata] es hombre de campo. No era lo mismo con otros grupos revolucionarios. De Carranza, en dos o tres entrevistas que dio en Texas, decía que era una amenaza.
—Llega un momento en que Huerta pareciera enloquecer, independientemente de que sea cierto que haya deseado matar a su médico de cabecera, amigo y exsecretario de Gobernación.
—Era una política de pistola. Huerta se llega a sentir muy amenazado por el grupo de diputados que estuvieron contrariando sus políticas, y se le complica con el no reconocimiento de los Estados Unidos, cuando ellos mismos, meses antes, habían colaborado con el Pacto de la Embajada, y en el verano no lo reconocen; las cámaras que también lo apoyaron en la renuncia de Madero, principalmente el Senado, empiezan a bloquearle algunas iniciativas, el dinero no fluye.
—¿Te has preguntado qué hubiera pasado con Urrutia si Huerta hubiera permanecido en el poder? ¿Se hubiera entregado a la vida política con la misma vehemencia que en la realidad se entregó a la medicina?
—Yo sí encuentro en Urrutia ese gusto por el poder. He llegado a la conclusión de que si aceptó ese cargo, es que sí buscó el poder. Encuentro en él el protagonismo típico de las personas que les gusta el poder, y era mandón y controlador. Pero Huerta, por sus propias características, no hubiera durado mucho.

[Publicado originalmente en diciembre de 2008.
Foto de Cristina Urrutia Martínez, por cortesía suya.]




domingo, 7 de octubre de 2012

Pintar su raya

Confianza y temor en la ciudad
(seguido de En busca de refugio en la caja de Pandora y Vivir con extranjeros)
Zygmunt Bauman. Editorial Arcadia.

…si se pretende que las cosas mantengan un orden […] acabará por descubrirse que cierta gente no puede formar parte [es superflua], y será preciso […] expulsarla. […] la población superflua de la Europa [del siglo XIX] era arrojada a tierras como América […] Ahora ellos hacen lo mismo, pero moviéndose en dirección inversa…

Los sociólogos tienen el prestigio que fue de los filósofos, incluso se les llama así, folósofos. La relevancia ha pasado de la reflexión pura a la vida diaria, se prefieren los asuntos urgentes y mundiales a los trascendentes y universales. Porque así lo exige la realidad, se dice. El polaco Bauman es en nuestros días una de esas celebridades.
El centro de este libro pequeñito (y gratísimo a la mirada) es analizar cómo impacta la idea de inseguridad la vida en las ciudades, al grado de que su solución aparente —la seguridad— es lo que marca la dinámica de sus cambios —arquitectura, política, etc.— Desde la caída de las sociedades tradicionalistas para dar paso a la modernidad, la ciudad ha sido el territorio imaginado capaz de proteger de los peligros, no de los naturales o del tiempo, sino de los que derivan de las relaciones humanas, en especial de los extranjeros o extraños que, por definición, son todos en la ciudad. Para contrarrestar esos peligros, las instituciones (familia, Estado, empresas, sindicatos) funcionaron con solvencia hasta recientemente. La solidaridad, que fue la marca de las instituciones, ha decaído con sus prestaciones y derechos, al tiempo que la tecnología hace posible a quienes tienen el poder adquisitivo suficiente, crear territorios aislados pero conectados virtualmente, llegando a niveles ridículos; mientras el grueso de la población vive con “el desvanecimiento gradual de la esperanza y el abandono progresivo de la voluntad para resistir”. Y junto al número de ‘peligrosos’ desempleados, extranjeros y delincuentes, crece la oferta de seguridades: rejas, blindajes, virtualidades, radicalismos conservadores, etc.
Este libro habla de las ciudades europeas, pero las implicaciones para las tercermundistas son inmensas. Y se comprenderá mucho mejor si antes se lee El miedo a la libertad (Ediciones Paidós), donde Erich Fromm —psicoanalista–filósofo todavía de moda hace un par de décadas— explica de manera apabullante el carácter de la modernidad como desamparo, y el mecanismo que hace que las manifestaciones sociales provocadas por un cambio histórico sean a la vez su alimento.

[Publicado originalmente en noviembre de 2008.]


Puerta al campo

Pasaje a Occidente: filosofía y globalización
Giacomo Marramao. Katz Editores.

Nuestro presente no es una época de éticas en diálogo, sino un tiempo de éticas en conflicto.

Fiel a su creencia de que “la finalidad de dedicarse a la filosofía no es cuidar de las almas sino comprender las cosas”, como afirmó en su libro un tanto enredoso pero formidable Kairós. Apología del tiempo oportuno (Gedisa Editorial), en éste Marramao arroja luz sobre el tema fetiche de nuestro tiempo, la globalización, con buena fortuna en cuanto a claridad y estilo (que hay que agradecer en parte al traductor Heber Cardoso).
Al inicio de su exposición, que recurre a un texto visionario de 1928 del poeta y narrador Paul Valéry, Marramao establece que debemos concebir la globalización como un fenómeno absolutamente nuevo, no como eslabón evolutivo de la cadena colonialismo–industrialización–interdependencia, porque impone un “cambio en el orden de las cosas”.
Para no avanzar sin dejar aclarados los puntos por los que desarrolla su argumento, al igual que ha hecho en sus otros libros, el filósofo italiano recurre a la comprensión lingüística. Que en algunas ocasiones se llame mundialización a lo que en otros momentos se dice globalización, pone en evidencia que a veces se concibe de modo histórico y otras geográfico (lógica del intercambio: comercial, humano, cultural, bélico). En realidad, el fenómeno es mucho mayor: se trata de un abordaje de las otras culturas a Occidente, no tanto de occidentalización del mundo.
La tecnología es el otro aspecto del mundo global. Aunque suele reducirse a la internet y la telecomunicación, el avance contemporáneo está marcado ante todo por la afectación a la vida en sus fundamentos. El desarrollo científico–tecnológico inmerso en la globalización implica consideraciones bioéticas y biopolíticas. Ante una complejidad técnica y económica tal, ¿tiene cabida un matiz social en la política? Por otra parte, si el carácter de la era global es la desterritorialización, el conflicto de identidad, la pérdida radical de referentes, y nada de eso ha modificado en lo sustancial la “lógica autorreproductiva de las oligarquías políticas”, ¿es posible imaginar la búsqueda de un nuevo orden mundial que no regrese a los modelos del pasado? Marramao responde a todo afirmativamente.
Una vez más, este filósofo —que ha pasado por México (UNAM)— no escatima en amplitud de miras. Su reflexión convive con Marx, Weber y Spengler, Luhmann, Habermas, Fukuyama y Rifkin, además de muchísimos otros menos famosos. Y la edición es impecable —como suele suceder con esta editorial.

[Publicado originalmente en noviembre de 2008.]


Apego esencial

El ángel azul
Zoé Valdés. Gedisa Editorial.

Por primera vez, una madre podía ser una mujer fatal, ser seductora, poseer un indiscutible sex appeal, vestir como una diosa, caminar como un hada, hechizar y enamorar a todos.

Un día, una joven actriz alemana es seleccionada para hacer de cabaretera en una película bajo la dirección de Josef von Sternberg titulada El ángel azul (Der blaue engel, 1930), adaptación de Professor Unrat, novela de Heinrich Mann.
Lola no era el personaje principal de aquella película, sino el profesor Unrat, que interpretó Emil Jannings; sin embargo, pocos se acuerdan del personaje y el actor, en cambio, Marlene Dietrich (1901–1992) y su Lola se convirtieron en símbolos de una época, un arte, un modo de vida y una libertad trágica, gozosa, envidiable.
Luego la Dietrich dejaría Alemania para seguir a Von Sternberg a Hollywood, donde harían fama y ya pocas películas interesantes. Una vez separados profesionalmente, ella tendría problemas fiscales, llegaría a un acuerdo con el gobierno estadounidense e iría a cantar para el ejército norteamericano que ocupaba su Alemania natal. Así fue declarada traidora en su patria mientras ella bebía champán en un hotel de lujo gracias a su amasiato con un general gringo muy famoso: George Smith Patton (1885–1945). Se dedicó a cantar con voz masculina y poco agraciada, pero cargada de garbo, hasta que se encerró en un departamento para evitar la tristeza de verse envejecer en el mundo que tuvo a sus pies.
Desde finales de la década de los sesenta en Cuba, una niña se enamoró de El ángel azul y de Lola. Compartía el gusto con su abuela, no desaprovechaban oportunidad de verla cada que podían y se emocionaban de nuevo, repetían los diálogos, añoraban volverla a ver. Esas imágenes acompañaron a la niña en su crecimiento; sus amigos también eran aficionados al ángel. Adulta, se casaría con un cineasta, se haría novelista, se exiliaría y —¡quién lo dijera!— acabaría escribiendo un libro maravilloso sobre el ángel, mezclando vidas y ficciones.
Zoé Valdés nos encanta una vez más —a quienes compartimos la adoración— con el ángel, entusiasma a buscar la película a quienes no han tenido el gusto. También comparte un poco de cómo escribe sus novelas. Y algo más: nos regala alguno que otro fragmento mejor que cualquier ficción: en la página 58, en La Habana Vieja un edificio se derrumba frustrando un manjar sencillo a la niña de aquellos años.
Este libro forma parte de la colección “La película de mi vida” que Gedisa Editorial ha creado para invitar a escritores, críticos, aficionados, cineastas, periodistas, etc., a hablar de la película que dominen, o mejor es decir, la que los domina: Ciudadano Kane, Amores perros, El cid, El mago de Oz, Los pájaros…

[Publicado originalmente en noviembre de 2008.] 



viernes, 5 de octubre de 2012

La vida es feliz

Diario de un loco enfermo de cordura
Juan Saravia. Ediciones Felou.

Le pregunto si se siente solo, pues imagino que es un hombre solitario. Me dice que no se siente solo porque es un hombre sublime [que] guarda con perfecta dulzura la independencia de su soledad.

La figura del loco o mendigo sabio es atractiva, y México tiene un clásico en la literatura en La vida inútil de Pito Pérez (1938) de José Rubén Romero. Ahora Juan Saravia da a conocer otro.
Relatando en primera persona, un escritor atormentado por sus demonios y enamorado de leer en cafeterías, cuenta cómo un día tiene la suerte de entablar plática y amistad con Temo, artista callejero con destellos de lucidez poética. Ya antes lo había visto por la calle, aunque lo ignoraba, le era desagradable, hasta le daba asco. Temo pinta a punta de palillo y el escritor termina por comprarle gran cantidad de dibujos —reproducidos en el libro.
Nada más empezado, sabemos en qué terminará el relato brevísimo, donde el escritor platica con la misma fluidez sus lecturas y desvelos, las impresiones de Temo y de la vida, incluso con excesos retóricos (“Temo también es Aushwitz”). Disfrutable y raro, Diario de un loco enfermo de cordura es posiblemente la versión novelada de una amistad verdadera, narrada con cierta sequedad. El contraste —y la brevedad— sumado a las imágenes —o viceversa— nos dan un libro que se deja con gratitud.

[Publicado originalmente en noviembre de 2008.] 



miércoles, 22 de febrero de 2012

Juventudes femeninas

En los ojos de los gatos
Entrevista con su autor

Las mujeres nunca dudan si están despiertas durante un sueño, ¿verdad? Pero al despertar empiezan a dudar de la certeza de no estar en el sueño.

Una narración rápida, pero no vertiginosa. Para nada experimental, sí con un estilo afianzado en ciertos caprichos sintácticos. Su construcción tira hacia delante, nada menos transcurren 40 años a partir de 1968, pero en esta novela se viaja en el tiempo como en una inercia que, de pronto, se adelanta de golpe para, más adelante, llenar el hueco que quedó. Y la sensación, por la estructura, es la de estar viajando en espiral.
Eso le digo al narrador, guionista y cineasta Enrique Rentería respecto de su reciente En los ojos de los gatos, publicada por Tusquets Editores, sello que también ha cobijado sus otras tres novelas. “En el trabajo de escribir, pues sí hay eso que se puede llamar inspiración, pero lo otro es ir viendo cómo lo organizas. Y cómo desaparecer uno como autor; que el lector, al leer la novela, se entretenga y al mismo tiempo vea una densidad: ‘me regresaron en el tiempo y nunca me perdí’. Ese el trabajo de escritor.”

Ellas
De la mitología griega proviene el juego de nombres de las tres mujeres de esta novela:
—Artemisa, cuyo nombre es el de la diosa virgen de los partos, en la prepa se enamora de un profesor que morirá por las balas de Tlatelolco, estará presa en un campo militar y será madre dos años después.
—Casandra, su hija, no sabrá ver lo que le viene encima, incluido un embarazo a los 15 años y un hospital entero en el temblor del 85; ella, que lleva el nombre de la sacerdotisa con el don de la profecía.
—Eurídice, nieta e hija de las anteriores, que por ese hecho pareciera predestinada como en una tragedia griega, es capaz de oponerse con su instinto, no conocer a su padre, abortar y pasarla bien siendo independiente.
Las tres tienen un antepasado femenino de nombre común: la tía Lolita, jovencita en los 60’s, entre la liberación, el amor desamado y el miedo a la vida, sucumbe a la presión. Sus parientas habrán de vérselas con la vida muy jóvenes, también sin hombres que las apoyen, antes al contrario, las dejan solas —excepto Félix, hermano de Artemisa, una especie de homenaje a la excepción masculina—. “En mi experiencia de vida”, dice Rentería, “me ha tocado ver más mujeres resistiendo los embates de la vida que a hombres; muchos huyen, y las mujeres nunca abandonan.”
La adolescencia del autor transcurrió con su abuela, tías jóvenes y sobrinas, mujeres de muy diversa edad, con sus contradicciones, claves secretas y entrega a los seres amados. “Son entre hechiceras y madres, naturales.” Y allí había gatos, como solía presentarse a las brujas en el Medioevo, cuando un gato era un enviado del diablo.

Estupor y reconocimiento
México cambió desde 1968, y en las páginas de En los ojos de los gatos encontramos los discos de vinil, los casets y los cd’s; también el jazz, el rock ácido, el rock argentino y el mexicano, el pop meloso de los 80 y los conciertos con las estrellas mundiales; la sensación de la desolación después de Tlatelolco en el 68 y las calles desoladas por el terremoto del 85; el crecimiento y colonización del ambulantaje…
“Para mí la intención es que el espectador se sienta en ese lugar, no en uno utópico, extraño, no reconocible. Porque la novela también es un panorama de la ciudad de México en los últimos 40 años, de cosas que estaban y ya no están, edificios que tiró el sismo, conciencias que se destruyeron con la matanza, la música que va cambiando y nos va influenciando.”
—Tus mujeres son jóvenes. ¿No es esto un signo de la época: desde hace cuando menos 40 años la juventud es reina?
—Elegí que las protagonistas vivieran sus épocas de golpe. Cuando les llega lo fuerte de sus vidas están entre los 15 y los 30 años: sobreviven a una masacre, a un sismo, son mamás o se plantean si serlo o no, tienen que trabajar, están solas… Pienso que era la manera de reflejar el pasmo y la sorpresa. Artemisa termina siendo una mujer muy inteligente, de chavita no lo era, estaba enamorada de un profesor y de repente está en una masacre sin saber porqué, ni le interesaba, nunca tuvo conciencia política y la política le cae encima de golpe. Y lo mismo pasa con el sismo a Casandra y la electrocutada de Eurídice.
Artemisa, abuela a los 33, para esa edad ya lúcida, irónica, camino de atender una librería de viejo propia; Casandra, quien renació quinceañera el mismo día que su hija abría los ojos al mundo, ambas enterradas en el ala de maternidad del Hospital General; Eurídice, que va de contestataria a contestona a arquitecta a desempleada, por sus ganas. A las tres —como dice Casandra refiriéndose a su embarazo— les y las “alcanza la vida”, como no sucedió con Lolita.

[Publicado originalmente en octubre de 2008.]



Ver venir sin irse

Kairós, apología del tiempo oportuno
Giacomo Marramao. Gedisa Editorial.

Todo cuanto acontece tiene que acontecer inevitablemente.

Nadie sabe qué es el tiempo —el tiempo absoluto, habría que aclarar, porque de otra manera un físico puede darnos muchos ejemplos de qué es en relación con los fenómenos que ocurren en él; nos hablaría no del mero tiempo sino de la duración, o sea, su medición en función de tal o cual suceso—. Pero quién pueda explicar, con peras y manzanas, qué es el tiempo, difícilmente se hallará, si existe. Lo decía muy bien san Agustín: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si debo explicarlo a quien me pregunta, no lo sé.” Claro, habrá quien jamás se halla preguntado o no le importe pensar acerca de la naturaleza del tiempo. Han de ser los más en el mundo.
Nuestra hipermodernidad tan enviciada nos ha traído la enfermedad de la prisa y la expectativa de lo inalcanzable; vivimos exclusivamente en lo que está por venir o deseamos alcanzar lo más pronto, a toda costa, y no en lo que viene sucediendo (nuestras vidas) y que es obvio paso a lo por venir. Así, llegado el momento esperado (lo por venir que se hace presente), su duración (lo que viene sucediendo) resultará tan breve que será frustrante: nuestra prisa fue más fuerte que la vivencia de nuestra experiencia, incluso más que nuestro deseo. Miraremos entonces al pasado con ganas de regresar a él, a un pasado —por cierto— cargado de la misma ilusión que cuando era futuro.
A ese intento fallido (gozar de lo esperado) lo describe el filósofo italiano Giacomo Marramao con palabras de Octavio Paz: “colonizar el futuro”, empresa destinada al fracaso. Al modo filosófico, lo dice así: “La patología se debe a la circunstancia de que la anticipación proyectiva se ha extrapolado como forma auténtica, como figura específica y dominante de la experiencia del tiempo, sólo en Occidente…”
En suma, “nuestra vida está ‘descarrilada’ con respecto al presente: nos proyectamos continuamente hacia el futuro, o bien volvemos la vista hacia el pasado”. Se trata de un intento de cosificar los sucesos, pero eso es algo imposible, la secuencia sigue, todo queda atrás, lo que fue futuro se vuelve pasado, y el presente, que es la experiencia del tránsito, desaparece —acaso nunca existió, pero es a penas lo que sentimos.
“A diferencia de lo que piensan algunos de mis esforzados colegas, la finalidad de dedicarse a la filosofía no es cuidar de las almas sino comprender las cosas.” Con esta declaración de principios, Marramao se adentra en el problema del tiempo desde una perspectiva multidisciplinaria (filosofía antigua y contemporánea, física cuántica, psicoanálisis, etc.) partiendo de las antiguas concepciones del tiempo en Grecia; en plural (“concepciones”) porque al menos había dos: aión, algo así como la cualidad de la duración de lo inconmensurable (la infinidad del tiempo en sus apariciones), y chronos, la manifestación en sucesiones de ese aión. Entre esos dos existentes del tiempo, está kairós, la ligadura de las personas (conciencias) con el tiempo, y que podría ser traducido —nos dice Marramao— como “tiempo oportuno” o “tiempo propicio”, una idea que hoy podría reconciliarnos con el transcurrir temporal.
A eso aspira Marramao, a dar una luz para terminar con la enfermedad de la prisa en la que no haya su sitio el presente, y al mismo tiempo despilfarra y estropea lo otro hermoso que el tiempo nos da: sentir cómo lo que no era llega a ser (el futuro incierto) y seguir poseyendo el recuerdo de lo que sí fue (el pasado cierto). Para la reconciliación tenemos en español una expresión precisa: darle tiempo al tiempo.
Una nota al calce: los filósofos tienen esa manía de elaborar argumentos de una forma intrincada, además de aludir a su conocimiento de las diferentes materias que abordan como si los lectores fueran doctos. Marramao no puede resistirse y lo hace, pero a pesar de eso, Kairós, de apenas 140 páginas, ofrece el disfrute de una buena charla en nueve citas, el número de capítulos que lo conforman.

[Publicado originalmente en septiembre de 2008.]



Hallazgo de la complejidad

Tsugumi
Banana Yoshimoto. Tusquets Editores.

A veces, al pensar en Tsugumi, sin darme cuenta acabo dándole vueltas a cosas enormes. De repente, mis pensamientos tienen que ver con cuestiones importantes. Con la vida o la muerte.

Aparecida en Japón en 1989, al igual que el libro de relatos Sueño profundo —publicado en español en 2006—, la novela Tsugumi es la excepción a lo que estamos acostumbrados a leer de Banana Yoshimoto. En una reseña pasada donde repasé brevemente su obra editada por Tusquets (formada también por las novelas Kitchen, N.P. y Amrita) enfaticé la recurrencia del binomio amor–muerte en la narrativa de la escritora japonesa, y de lo sobrenatural como elemento referencial de la realidad de sus historias. En Tsugumi el amor no ocupa el lugar central, la muerte es una idea o presentimiento fugaz y lo sobrenatural forma parte de anécdotas significativas aunque no trascendentes. Donde sí coincide Tsugumi con el resto de la obra es en el otro aspecto abordado aquella ocasión: Yoshimoto se inclina por “las rarezas de la gente, lo inesperado, las dificultades enfrentadas con estoicismo y ternura”.
Saliendo de la adolescencia, Maria, prima de Tsugumi, es quien relata la historia. Agobiada desde su nacimiento por una extraña enfermedad que la mantiene débil y la tumba de cuando en cuando, Tsugumi tiene un carácter difícil de tolerar si no se ha convivido con ella por largo tiempo, si no se es incapaz de comprenderla profundamente o si no se está enamorado de ella, la más bonita de un pueblo a la orilla del mar. “No era narcisismo. Tampoco una pose. Llevaba en el corazón un espejo muy bien bruñido y sólo creía en lo que veía reflejado en él, sin detenerse a pensar.”
Capaz de armar travesuras dignas de un genio del humor negro, venganzas propias de una mente retorcida y responder con maledicencia constante, Tsugumi es al mismo tiempo un ejemplo entrañable de fortaleza y sensibilidad, capaz de elegir entre todo lo memorable que le toca vivir o protagonizar algo insignificante como lo más bonito de su vida.
Tsugumi sufrirá momenros de radicalismo y modificaciones en su carácter al conocer y enamorarse de Kyoichi, con quien comparte la experiencia de la casi invalidez por enfermedad y el amor a sus perros. En el extremo opuesto de la personalidad de Tsugumi —y “gracias a ella”— está Maria, siempre con la ternura a flor de piel y comprensiva; ella declara su carácter así: “No sé porqué, pero pensé que el amor nunca se acabaría, que el amor, por mucho que cogieras o aunque dejases el grifo abierto, siempre seguiría manando…”
Las narraciones de Yoshimoto son un tobogán de sentimientos, en parte porque refleja el mundo femenino confrontado consigo mismo: sus protagonistas, personajes y voces narrativas son femeninas, frecuentemente de personalidades encontradas abarcando una enorme extensión caracterológica en la que no faltan las reflexivas, las chocantes, las tolerantes, las impulsivas, etc. Hay otros recursos narrativos que también dan cuenta de esa tensión interna en el ambiente ficcional de Yoshimoto, un juego de oposiciones que subsiste a la traducción del japonés: en primer lugar, los personajes son construidos para mantener una inocencia natural (es decir, como la de los animales) incluso en situaciones tormentosas o de maldad; en seguida, hay una atmósfera hecha de sentimientos indeterminados concebidos como oxímoron (“el olor del adiós, tan leve que se torna dulce”) o expresada por sus grados inadvertidos (“tristeza serena”); finalmente, ciertas reflexiones se dejan caer como frutos de sabiduría planteada en momentos o de tal manera que enfatizan la fragilidad, la inseguridad, la extrañeza que delinea mejor un estado de ánimo (“Las ideas flotan en la oscuridad y desvelan conclusiones inconsistentes como la espuma”). Todo ello en el lector opera una síntesis conmovedora que impide alejarse de la lectura.
Desde su primeras historias me pareció que Banana Yoshimoto no podía estar muy lejos de sus personajes más berrinchudos y caprichosos, ‘sólo alguien así —pensaba— puede recurrir a todo para conmovernos’. La autora —una de las escritoras contemporáneas con mayor potencia en el mundo— confirma serlo hacia el final de este libro.

[Publicado originalmente en agosto de 2008.]



Por la soledad

Tratado de ateología
Michel Onfray. Editorial Anagrama.

“Sigamos por allí: postulemos, más bien, la inexistencia de Dios, la mortalidad del alma y la existencia del libre albedrío”, propone Onfray, filósofo empeñado en continuar esa idea de su paisano y colega ya fallecido, George Bataille.
Puesto a desmenuzar las tres religiones monoteístas occidentales, el cristianismo, el islamismo y el judaísmo, llega a la conclusión contraria de que si Dios no existiera todo estaría permitido. Onfray cree que es precisamente al revés: la historia está repleta hasta la fecha, de los actos y crímenes más atroces realizados en nombre de alguno de los dioses o liturgias a los que dicen seguir las religiones mencionadas.
Ese es sólo uno de sus argumentos. El tratado está lleno de razonamientos que toman como base los hechos de los fieles y las palabras de los libros sagrados. Su objetivo es ayudar a liberar a la humanidad de lo que Onfray plantea como las verdaderas fuerzas nihilistas del mundo: las religiones.
Libro escrito con agilidad, plantea el reto de pensar un mundo sin dioses.

[Publicado originalmente en septiembre de 2006.]



Acometidas

Cada vez lo imposible. Dieciséis relatos sobre la empresa de la vida
Varios autores. Alianza Editorial.

Resulta cuando menos curioso encontrar en los cuentos que componen este libro que los personajes cuando hacen una empresa, se trata de una pyme; sólo una de ellos ocupa un puesto de alta dirección en una compañía grande. A lo mejor este dato no significa nada, o tal vez sugiera que los escritores convocados gustan poco de las complicaciones de las empresas grandes; quizás una preferencia gremial, quién sabe.
Indeseable resumir el argumento de todos los cuentos, tan distintos entre sí. Baste destacar los mejores en orden ascendente.
En “Currículum vitae”, de Ramón Buenaventura, el protagonista, Cervan, nos resume su vida, incluida la empresa que vendió, su juventud jipiesca y su frustrada vocación de novelista; “Manterola y Williamson, Distillers”, de Jorge Edwards, ejemplifica cómo las grandes ideas empresariales pueden convertirse en sueños de opio; Paula Izquierdo escribe “Siempre ocurre lo mejor”, el relato donde la protagonista tiene que padecer las descripciones sexuales de su jefe, que terminan por ser casi mentira, la pantalla de una perversión mayor que le repugna a ella pero que finalmente la impulsa a crear una firma exitosa de ciertos implementos sexuales; “El mapa de un sueño”, de Alejandro Gándara, es la historia a un tiempo enaltecedora y terrible de una mujer que saca adelante un negocio (planchaduría) que conoce alternadamente épocas de éxito y quiebras envilecedoras; y el mejor de todos los relatos que se debe a José Luis Ferris: “Café melancolía”, recuento de imposturas entre dos escritores y dos mujeres, los cuatro inexistentes pero que terminan por encontrarse y conocer el amor, tan fugaz como intenso, hundido hasta el tuétano en la literatura y la bohemia que habita en la novela y el restaurante que se llaman así: Café Melancolía.
Falta decir que esta compilación de relatos se debe a Nmás1, empresa española de banca de inversión, asociada para este proyecto con Alianza Editorial y cuyo ejemplo, ojalá, motive a hacer algo similar a múltiples similares mexicanas.

[Publicado originalmente en septiembre de 2006.]

jueves, 16 de febrero de 2012

Por ti

Las llaves de la ciudad. Un mosaico de México
David Lida. Editorial Sexto Piso.

Es demasiado grande. No todo puede ser fresco.
Diana Kennedy, gastrónoma inglesa residente en nuestro país desde 1957.

¿Quiénes vivimos en el DF? ¿Cómo lo hacemos? La conflictiva de esta ciudad es tal que con frecuencia es como si nos escupiera a la cara y le diéramos las gracias. No todos: hay quienes viven en el paraíso de sus privilegios, otros a salvo en el territorio de sus obsesiones. En fin, también hay extranjeros, los hemos visto y hasta hecho amistad con esas personas que han sido marcadas por su exilio voluntario, forzado o casual en el DF.
David Lida, un periodista nacido en Estados Unidos es mexicano porque quiso —solicitó la nacionalidad— y así recuerda el inicio de ese amor raro: “La Ciudad de México apestaba. Olía como si yo me hubiera acostado debajo del tubo de escape de un coche en marcha. Sin embargo, siento atracción por la decadencia […] No sabía cómo nombrarlo, pero intuía que había algo para mí en el D.F. Al poco tiempo, me mudé a vivir aquí.” En el prólogo de Las llaves de la ciudad el novelista Juan Villoro describe: “[El] enfoque [de Lida] tiene la novedad del viajero sentimental […] y la empatía de quien acepta razones que no son suyas.”
Lida presenta enteros algunos habitantes de la ciudad como Montse, la adolescente de la calle que se desespera si no termina en un día una botella de limpiador tóxico, su droga por unos pesos; la aristócrata Vivian Corcuera, quien fuera “mencionada en columnas de chismes” como posible futura esposa “del entonces soltero Fox”; el novelista, “entre enfant terrible y éminence gris”, Guillermo Fadanelli; el pintor norteamericano Phil Nelly que algún día pintará el ritual alrededor de un camión de la basura frente a su casa, o Claudia Tate, otrora famosa cabaretera que recibía todo tipo de regalos de sus acaudalados o simplemente generosos enamorados, hoy venida a menos.
O sin ir tan a fondo, en unos trazos Lida nos entrega el genio, la figura y el contexto de unas reporteras de la revista Óoorale, del hoy finado editor de Casas & Gente Nicolás Sánchez Osorio, de un vendedor de reliquias nazis, de un enamorado de Marilyn Monroe, de un par de fotógrafos japonenes avecindados en el DF, etc. Las llaves de la ciudad es “una carta de amor a toda la gente que me ha mantenido vivo” en el DF, dice Lida en el prólogo. En este libro disfrutable, tal sentimiento palpita.

[Publicado originalmente en agosto de 2008.]



Talla de célibe


Primer amor
Ivan Turguenev. Alianza Editorial.

—¿Le gusta el lujo?
—El lujo es bonito. Me gusta todo lo bonito.
—¿Más que lo bello?
—Demasiado sutil, no lo comprendo.

El siglo XIX vio morir muchas de las formas más acabadas del romanticismo, quedando el amor imposible o desdichado como la gema en un baúl vacío. Los escritores rusos, dados a la contundencia de la pasión humana, lo abordaron con especial cuidado. Sin ser una de sus obras mayores, Primer amor de Turguenev (1818–1883) relata con sencillez y belleza el enamoramiento de Vladimir, de apenas 16 años, por la princesa unos años mayor —y sin dinero— Zenaida, bella, frívola, encantada con su poder sobre los hombres de todas las edades, a quienes ofrece veladas risueñas donde ella es una reina. En un ambiente casi rural (villas y ocio), el amor platónico de Vladimir deriva en complicación infranqueable: ella necesita un hombre dominante. Libro que se lee en un par de horas, ofrece el gozo de internarnos en uno de los momentos y lugares más etimulantes de la imaginería del mundo: la aristocracia de la Rusia zarista.

[Publicado originalmente en agosto de 2008.]



Retrazo equilátero

Sueño profundo
Banana Yoshimoto. Tusquets Editores.

No siento dolor ni soledad. El mundo del sueño es cuanto existe.

Hay quien dice que el amor y la muerte son los dos únicos temas importantes para ser recreados en las artes. El problema es cómo abordarlos sin caer en la banalidad o en la impostura. Banana Yoshimoto (1964, Tokio) elabora sus historias fundiendo ambos temas en la vida. Es una escritora de las rarezas de la gente, de lo inesperado, de las dificultades enfrentadas con estoicismo y ternura; frecuentemente, con alcohol. Yoshimoto hace de sus historias la magia inscrita en la normalidad.
Sueño profundo contiene tres relatos contados en primera persona por mujeres de unos veintitantos, en quienes recae la presencia de una persona querida que ya ha muerto. “Una experiencia”, el tercero de ellos, cuenta cómo Fumi–chan es guiada por la melodía que le lleva a los oídos Haru, ya muerta y su rival por un hombre del que ambas se enamoraron en su primera juventud. Todo parece dispuesto, Fumi–chan se deja llevar hasta un enano extraño que abre la puerta para el reencuentro.
En “La noche y los viajeros de la noche”, Shibami es la encargada de cerrar el círculo vital que su hermano, fallecido un año antes, dejó abierto en las dos mujeres que amó y lo amaron: una norteamericana con un hijo de él, aunque ya casada con otro hombre, y su prima, envuelta en una enorme melancolía de la cual sale con el apoyo de Shibami.
“Sueño profundo” es el relato que abre el libro y sin duda el mejor: Terako es atraída de nuevo a la vida cuando no parece otro su destino que la ausencia vía dormir y beber; en este caso, es la esposa de su amante quien, desde un sueño profundo del que seguramente nunca despertará, la encara haciéndose presente con su apariencia de estudiante; Terako comprende tanto que hace una plegaria: “Que todos los sueños del mundo sean apacibles por igual.”
Banana Yoshimoto, seudónimo que Mahoko Yoshimoto tomó porque le encanta el fruto epónimo, es una japonesa cuyos libros gozan de gran éxito en todo el mundo. Kitchen, su primera novela, que fue publicada en español en 1991, tiene más de sesenta ediciones en Japón y existen dos películas basadas en ella; le siguió Sueño profundo, dado al público japonés en 1989. Es una tristeza que al español haya llegado con tantos años de retraso. Por suerte, Tusquets ha publicado también sus novelas N.P., perturbadora, y Amrita, de una fineza que deja absorto al lector. Gracias a estos cuatro libros comprobamos que Yoshimoto no se aparta de la reelaboración de la vida mediante la mezcla de amor y muerte sin perder un milímetro de originalidad; incluso cuando arriesga planteamientos sumamente abordados en todas las épocas como el triángulo amoroso de dos mujeres y un hombre, establece situaciones inusitadas. Además, acude con buena fortuna a los elementos de tradición y modernidad japoneses que nos hacen tan atractiva esa nación y le ayudan a caldear atmósferas donde la rareza se mezcla con las vistas cotidianas.

[Publicado originalmente en septiembre de 2006.]