No había nada más importante para él que sobresalir en el campo elegido. Lo demás era un fracaso.
Hasta el día de hoy no es políticamente correcto admitir que en su momento los senadores vieron en el general Huerta una posibilidad para restablecer el orden.
La cerccanía con los aniversarios de la Independencia y Revolución mexicanas hacen más visibles las novedades librescas con tema histórico, vengan de la ficción, como la novela Expediente del atentado, de Álvaro Uribe, que retoma una rara agresión de un borracho en contra de Porfirio Díaz; o de la vida cotidiana de la época, como Nosotros. La juventud del ateneo de México, donde Susana Quintanilla rastrea cómo fue el encuentro y primeros pasos de esa generación privilegiada por posición social, inteligencia y brillantez.
Con el mismo sello que esos dos libros (Tusquets Editores), ahora circula la biografía de un personaje que ha pasado a la historia como un Judas, Aureliano Urrutia. Del crimen político al exilio, de su nieta Cristina Urrutia Martínez. “En términos reales, podría ser mi bisabuelo”, dice ella, pues su antepasado, nacido en 1872, tenía 83 cuando ella veía la luz en 1955. El prestigiado doctor Urrutia murió de 103 años en su exilio de Texas; su nieta, crecida en el bajío, lo visitó menos de diez veces. “Eso hizo que yo pudiera escribir con mayor facilidad, sin ese afecto, digamos, por un abuelo apapachador.”
Las razones del destino
Escrito en la línea de la historia cultural, que permite servirse ampliamente del relato oral de los sobrevivientes del asunto o personaje tratado, entre los numerosos aciertos del libro de Urrutia destacan dos: el primero ayuda a la comprensión y al entretenimiento del lector, pues presenta la vida cotidiana de México en los primeros 15 años del siglo XX, con especial énfasis del naciente gremio médico y el ambiente político; y el segundo radica en su análisis de las relaciones políticas de un momento histórico particularmente difícil: el fin del porfiriato, el ascenso, renuncia y asesinato de Francisco I. Madero, la fortaleza del huertismo y su defenestración posterior.Quien fuera una luminaria en la medicina, primero en usar el cine para la divulgación académica de la cirugía, director de la Facultad de esa especialidad en el maderismo, y constructor y dueño de un magnífico edificio que albergara el primer hospital privado moderno y lujoso de la capital del país, el Sanatorio Urrutia de Coyoacán; un día decidió aceptar de su amigo Victoriano Huerta el puesto de secretario de Gobernación, donde “no llegó a cien días”, renunciando el 14 de septiembre de 1913, tres semanas antes de la desaparición y asesinato del senador Belisario Domínguez.
Acusaron a Urrutia de ese crimen, incluso más de una década después se dijo en una novela que nadie más que él pudo cortar la lengua del senador con tal precisión. “…la versión se acepta de manera literal. Esto podría atribuirse a la interpretación [simbólica] de los hechos, pues lo que pasó realmente [con Domínguez] fue que lo silenciaron, le impidieron volver a hablar…” Pero Urrutia no fue responsable, ni siquiera conservó el favor de Huerta, incluso le informaron que el dictador quería matarlo.
Urrutia salió al exilio con su primera esposa e hijos, se asentó en Texas adonde llevó plantas de su natal Xochimilco y levantó una casa que fue referente social; se olvidó de la política, retomó su carrera de médico y alcanzó gran renombre, incluso fama mundial al separar a dos niñas siamesas; enviudó, se casó cuatro veces más, protagonizó uno de los pleitos de divorcio más vergonzosos para la moral de la época; su última mujer era cuatro años mayor que la nieta que escribiría su biografía; varios de sus descendientes adorarían la memoria del patriarca y heredarían su amor a la profesión.
“Y la parte política genera todos esos cuestionamientos de cómo un médico tan exitoso se mete en ese proceso. Te vas dando cuenta de que era un proceso muy complejo, muchos jóvenes preparados creyeron en el proyecto maderista porque vieron la oportunidad que no les había dado el porfiriato, pero se descontentan con Madero. No sólo Urrutia.”
—¿Cómo explicas que la clase política, que en gran medida supo que era falsa la versión de Urrutia como el asesino, la haya favorecido?
—Lo primero que debo decir es que este mito no le quita ningún mérito a Belisario, sus escritos son preciosos. El apoyo del mito desde el Senado parece más bien que fue una manera de decir ‘nosotros también tuvimos un mártir, sí apoyamos a Huerta, pero vean’. Entonces, justifican así su papel pero ya 30 años después.
—¿Cómo comprendía la Revolución el fugaz secretario de Gobernación?
—La revolución maderista no la vio mal. Todos sabemos que el proceso revolucionario de cuando Díaz renuncia a cuando toma el poder Madero, no fue un proceso muy sangriento. Pero ya con Madero vuelve a haber levantamientos, Zapata se le levanta y Pacual Orozco. En ese momento Urrutia, como director de la Facultad de Medicina, ve en el gobierno de Madero un apagafuegos; luego vive muy de cerca todo el desabarajuste de Huerta. Pero la parte más sangrienta de la revolución, de cuando cae Huerta y Carranza sube al poder y vienen los ajustes entre los revolucionarios, la vive Urrutia desde fuera, ya en Texas; inclusive le toca ver llegar al exilio a carrancistas. Sin embargo, hay una cita de él: “La revolución vino a limpiar las miasmas”; o sea, tiene consciencia de que la dictadura de Díaz era excesiva. Pero además, encuentro en él —a pesar de que lo persiguió— cierta y muy importante admiración por Zapata. Inclusive encontré insinuaciones acerca de que si Zapata hubiera entrado a dialogar con el régimen hubiera habido acuerdo. Vislumbro esa admiración, porque él [Urrutia, como Zapata] es hombre de campo. No era lo mismo con otros grupos revolucionarios. De Carranza, en dos o tres entrevistas que dio en Texas, decía que era una amenaza.
—Llega un momento en que Huerta pareciera enloquecer, independientemente de que sea cierto que haya deseado matar a su médico de cabecera, amigo y exsecretario de Gobernación.—Era una política de pistola. Huerta se llega a sentir muy amenazado por el grupo de diputados que estuvieron contrariando sus políticas, y se le complica con el no reconocimiento de los Estados Unidos, cuando ellos mismos, meses antes, habían colaborado con el Pacto de la Embajada, y en el verano no lo reconocen; las cámaras que también lo apoyaron en la renuncia de Madero, principalmente el Senado, empiezan a bloquearle algunas iniciativas, el dinero no fluye.
—¿Te has preguntado qué hubiera pasado con Urrutia si Huerta hubiera permanecido en el poder? ¿Se hubiera entregado a la vida política con la misma vehemencia que en la realidad se entregó a la medicina?
—Yo sí encuentro en Urrutia ese gusto por el poder. He llegado a la conclusión de que si aceptó ese cargo, es que sí buscó el poder. Encuentro en él el protagonismo típico de las personas que les gusta el poder, y era mandón y controlador. Pero Huerta, por sus propias características, no hubiera durado mucho.
[Publicado originalmente en diciembre de 2008.
Foto de Cristina Urrutia Martínez, por cortesía suya.]
Foto de Cristina Urrutia Martínez, por cortesía suya.]
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