Entrevista con su autor
Las mujeres nunca dudan si están despiertas durante un sueño, ¿verdad? Pero al despertar empiezan a dudar de la certeza de no estar en el sueño.
Una narración rápida, pero no vertiginosa. Para nada experimental, sí con un estilo afianzado en ciertos caprichos sintácticos. Su construcción tira hacia delante, nada menos transcurren 40 años a partir de 1968, pero en esta novela se viaja en el tiempo como en una inercia que, de pronto, se adelanta de golpe para, más adelante, llenar el hueco que quedó. Y la sensación, por la estructura, es la de estar viajando en espiral.
Eso le digo al narrador, guionista y cineasta Enrique Rentería respecto de su reciente En los ojos de los gatos, publicada por Tusquets Editores, sello que también ha cobijado sus otras tres novelas. “En el trabajo de escribir, pues sí hay eso que se puede llamar inspiración, pero lo otro es ir viendo cómo lo organizas. Y cómo desaparecer uno como autor; que el lector, al leer la novela, se entretenga y al mismo tiempo vea una densidad: ‘me regresaron en el tiempo y nunca me perdí’. Ese el trabajo de escritor.”
Ellas
De la mitología griega proviene el juego de nombres de las tres mujeres de esta novela:
—Artemisa, cuyo nombre es el de la diosa virgen de los partos, en la prepa se enamora de un profesor que morirá por las balas de Tlatelolco, estará presa en un campo militar y será madre dos años después.
—Casandra, su hija, no sabrá ver lo que le viene encima, incluido un embarazo a los 15 años y un hospital entero en el temblor del 85; ella, que lleva el nombre de la sacerdotisa con el don de la profecía.
—Eurídice, nieta e hija de las anteriores, que por ese hecho pareciera predestinada como en una tragedia griega, es capaz de oponerse con su instinto, no conocer a su padre, abortar y pasarla bien siendo independiente.
Las tres tienen un antepasado femenino de nombre común: la tía Lolita, jovencita en los 60’s, entre la liberación, el amor desamado y el miedo a la vida, sucumbe a la presión. Sus parientas habrán de vérselas con la vida muy jóvenes, también sin hombres que las apoyen, antes al contrario, las dejan solas —excepto Félix, hermano de Artemisa, una especie de homenaje a la excepción masculina—. “En mi experiencia de vida”, dice Rentería, “me ha tocado ver más mujeres resistiendo los embates de la vida que a hombres; muchos huyen, y las mujeres nunca abandonan.”La adolescencia del autor transcurrió con su abuela, tías jóvenes y sobrinas, mujeres de muy diversa edad, con sus contradicciones, claves secretas y entrega a los seres amados. “Son entre hechiceras y madres, naturales.” Y allí había gatos, como solía presentarse a las brujas en el Medioevo, cuando un gato era un enviado del diablo.
Estupor y reconocimiento
México cambió desde 1968, y en las páginas de En los ojos de los gatos encontramos los discos de vinil, los casets y los cd’s; también el jazz, el rock ácido, el rock argentino y el mexicano, el pop meloso de los 80 y los conciertos con las estrellas mundiales; la sensación de la desolación después de Tlatelolco en el 68 y las calles desoladas por el terremoto del 85; el crecimiento y colonización del ambulantaje…
“Para mí la intención es que el espectador se sienta en ese lugar, no en uno utópico, extraño, no reconocible. Porque la novela también es un panorama de la ciudad de México en los últimos 40 años, de cosas que estaban y ya no están, edificios que tiró el sismo, conciencias que se destruyeron con la matanza, la música que va cambiando y nos va influenciando.”
—Tus mujeres son jóvenes. ¿No es esto un signo de la época: desde hace cuando menos 40 años la juventud es reina?
—Elegí que las protagonistas vivieran sus épocas de golpe. Cuando les llega lo fuerte de sus vidas están entre los 15 y los 30 años: sobreviven a una masacre, a un sismo, son mamás o se plantean si serlo o no, tienen que trabajar, están solas… Pienso que era la manera de reflejar el pasmo y la sorpresa. Artemisa termina siendo una mujer muy inteligente, de chavita no lo era, estaba enamorada de un profesor y de repente está en una masacre sin saber porqué, ni le interesaba, nunca tuvo conciencia política y la política le cae encima de golpe. Y lo mismo pasa con el sismo a Casandra y la electrocutada de Eurídice.
Artemisa, abuela a los 33, para esa edad ya lúcida, irónica, camino de atender una librería de viejo propia; Casandra, quien renació quinceañera el mismo día que su hija abría los ojos al mundo, ambas enterradas en el ala de maternidad del Hospital General; Eurídice, que va de contestataria a contestona a arquitecta a desempleada, por sus ganas. A las tres —como dice Casandra refiriéndose a su embarazo— les y las “alcanza la vida”, como no sucedió con Lolita.
[Publicado originalmente en octubre de 2008.]






