miércoles, 22 de febrero de 2012

Juventudes femeninas

En los ojos de los gatos
Entrevista con su autor

Las mujeres nunca dudan si están despiertas durante un sueño, ¿verdad? Pero al despertar empiezan a dudar de la certeza de no estar en el sueño.

Una narración rápida, pero no vertiginosa. Para nada experimental, sí con un estilo afianzado en ciertos caprichos sintácticos. Su construcción tira hacia delante, nada menos transcurren 40 años a partir de 1968, pero en esta novela se viaja en el tiempo como en una inercia que, de pronto, se adelanta de golpe para, más adelante, llenar el hueco que quedó. Y la sensación, por la estructura, es la de estar viajando en espiral.
Eso le digo al narrador, guionista y cineasta Enrique Rentería respecto de su reciente En los ojos de los gatos, publicada por Tusquets Editores, sello que también ha cobijado sus otras tres novelas. “En el trabajo de escribir, pues sí hay eso que se puede llamar inspiración, pero lo otro es ir viendo cómo lo organizas. Y cómo desaparecer uno como autor; que el lector, al leer la novela, se entretenga y al mismo tiempo vea una densidad: ‘me regresaron en el tiempo y nunca me perdí’. Ese el trabajo de escritor.”

Ellas
De la mitología griega proviene el juego de nombres de las tres mujeres de esta novela:
—Artemisa, cuyo nombre es el de la diosa virgen de los partos, en la prepa se enamora de un profesor que morirá por las balas de Tlatelolco, estará presa en un campo militar y será madre dos años después.
—Casandra, su hija, no sabrá ver lo que le viene encima, incluido un embarazo a los 15 años y un hospital entero en el temblor del 85; ella, que lleva el nombre de la sacerdotisa con el don de la profecía.
—Eurídice, nieta e hija de las anteriores, que por ese hecho pareciera predestinada como en una tragedia griega, es capaz de oponerse con su instinto, no conocer a su padre, abortar y pasarla bien siendo independiente.
Las tres tienen un antepasado femenino de nombre común: la tía Lolita, jovencita en los 60’s, entre la liberación, el amor desamado y el miedo a la vida, sucumbe a la presión. Sus parientas habrán de vérselas con la vida muy jóvenes, también sin hombres que las apoyen, antes al contrario, las dejan solas —excepto Félix, hermano de Artemisa, una especie de homenaje a la excepción masculina—. “En mi experiencia de vida”, dice Rentería, “me ha tocado ver más mujeres resistiendo los embates de la vida que a hombres; muchos huyen, y las mujeres nunca abandonan.”
La adolescencia del autor transcurrió con su abuela, tías jóvenes y sobrinas, mujeres de muy diversa edad, con sus contradicciones, claves secretas y entrega a los seres amados. “Son entre hechiceras y madres, naturales.” Y allí había gatos, como solía presentarse a las brujas en el Medioevo, cuando un gato era un enviado del diablo.

Estupor y reconocimiento
México cambió desde 1968, y en las páginas de En los ojos de los gatos encontramos los discos de vinil, los casets y los cd’s; también el jazz, el rock ácido, el rock argentino y el mexicano, el pop meloso de los 80 y los conciertos con las estrellas mundiales; la sensación de la desolación después de Tlatelolco en el 68 y las calles desoladas por el terremoto del 85; el crecimiento y colonización del ambulantaje…
“Para mí la intención es que el espectador se sienta en ese lugar, no en uno utópico, extraño, no reconocible. Porque la novela también es un panorama de la ciudad de México en los últimos 40 años, de cosas que estaban y ya no están, edificios que tiró el sismo, conciencias que se destruyeron con la matanza, la música que va cambiando y nos va influenciando.”
—Tus mujeres son jóvenes. ¿No es esto un signo de la época: desde hace cuando menos 40 años la juventud es reina?
—Elegí que las protagonistas vivieran sus épocas de golpe. Cuando les llega lo fuerte de sus vidas están entre los 15 y los 30 años: sobreviven a una masacre, a un sismo, son mamás o se plantean si serlo o no, tienen que trabajar, están solas… Pienso que era la manera de reflejar el pasmo y la sorpresa. Artemisa termina siendo una mujer muy inteligente, de chavita no lo era, estaba enamorada de un profesor y de repente está en una masacre sin saber porqué, ni le interesaba, nunca tuvo conciencia política y la política le cae encima de golpe. Y lo mismo pasa con el sismo a Casandra y la electrocutada de Eurídice.
Artemisa, abuela a los 33, para esa edad ya lúcida, irónica, camino de atender una librería de viejo propia; Casandra, quien renació quinceañera el mismo día que su hija abría los ojos al mundo, ambas enterradas en el ala de maternidad del Hospital General; Eurídice, que va de contestataria a contestona a arquitecta a desempleada, por sus ganas. A las tres —como dice Casandra refiriéndose a su embarazo— les y las “alcanza la vida”, como no sucedió con Lolita.

[Publicado originalmente en octubre de 2008.]



Ver venir sin irse

Kairós, apología del tiempo oportuno
Giacomo Marramao. Gedisa Editorial.

Todo cuanto acontece tiene que acontecer inevitablemente.

Nadie sabe qué es el tiempo —el tiempo absoluto, habría que aclarar, porque de otra manera un físico puede darnos muchos ejemplos de qué es en relación con los fenómenos que ocurren en él; nos hablaría no del mero tiempo sino de la duración, o sea, su medición en función de tal o cual suceso—. Pero quién pueda explicar, con peras y manzanas, qué es el tiempo, difícilmente se hallará, si existe. Lo decía muy bien san Agustín: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si debo explicarlo a quien me pregunta, no lo sé.” Claro, habrá quien jamás se halla preguntado o no le importe pensar acerca de la naturaleza del tiempo. Han de ser los más en el mundo.
Nuestra hipermodernidad tan enviciada nos ha traído la enfermedad de la prisa y la expectativa de lo inalcanzable; vivimos exclusivamente en lo que está por venir o deseamos alcanzar lo más pronto, a toda costa, y no en lo que viene sucediendo (nuestras vidas) y que es obvio paso a lo por venir. Así, llegado el momento esperado (lo por venir que se hace presente), su duración (lo que viene sucediendo) resultará tan breve que será frustrante: nuestra prisa fue más fuerte que la vivencia de nuestra experiencia, incluso más que nuestro deseo. Miraremos entonces al pasado con ganas de regresar a él, a un pasado —por cierto— cargado de la misma ilusión que cuando era futuro.
A ese intento fallido (gozar de lo esperado) lo describe el filósofo italiano Giacomo Marramao con palabras de Octavio Paz: “colonizar el futuro”, empresa destinada al fracaso. Al modo filosófico, lo dice así: “La patología se debe a la circunstancia de que la anticipación proyectiva se ha extrapolado como forma auténtica, como figura específica y dominante de la experiencia del tiempo, sólo en Occidente…”
En suma, “nuestra vida está ‘descarrilada’ con respecto al presente: nos proyectamos continuamente hacia el futuro, o bien volvemos la vista hacia el pasado”. Se trata de un intento de cosificar los sucesos, pero eso es algo imposible, la secuencia sigue, todo queda atrás, lo que fue futuro se vuelve pasado, y el presente, que es la experiencia del tránsito, desaparece —acaso nunca existió, pero es a penas lo que sentimos.
“A diferencia de lo que piensan algunos de mis esforzados colegas, la finalidad de dedicarse a la filosofía no es cuidar de las almas sino comprender las cosas.” Con esta declaración de principios, Marramao se adentra en el problema del tiempo desde una perspectiva multidisciplinaria (filosofía antigua y contemporánea, física cuántica, psicoanálisis, etc.) partiendo de las antiguas concepciones del tiempo en Grecia; en plural (“concepciones”) porque al menos había dos: aión, algo así como la cualidad de la duración de lo inconmensurable (la infinidad del tiempo en sus apariciones), y chronos, la manifestación en sucesiones de ese aión. Entre esos dos existentes del tiempo, está kairós, la ligadura de las personas (conciencias) con el tiempo, y que podría ser traducido —nos dice Marramao— como “tiempo oportuno” o “tiempo propicio”, una idea que hoy podría reconciliarnos con el transcurrir temporal.
A eso aspira Marramao, a dar una luz para terminar con la enfermedad de la prisa en la que no haya su sitio el presente, y al mismo tiempo despilfarra y estropea lo otro hermoso que el tiempo nos da: sentir cómo lo que no era llega a ser (el futuro incierto) y seguir poseyendo el recuerdo de lo que sí fue (el pasado cierto). Para la reconciliación tenemos en español una expresión precisa: darle tiempo al tiempo.
Una nota al calce: los filósofos tienen esa manía de elaborar argumentos de una forma intrincada, además de aludir a su conocimiento de las diferentes materias que abordan como si los lectores fueran doctos. Marramao no puede resistirse y lo hace, pero a pesar de eso, Kairós, de apenas 140 páginas, ofrece el disfrute de una buena charla en nueve citas, el número de capítulos que lo conforman.

[Publicado originalmente en septiembre de 2008.]



Hallazgo de la complejidad

Tsugumi
Banana Yoshimoto. Tusquets Editores.

A veces, al pensar en Tsugumi, sin darme cuenta acabo dándole vueltas a cosas enormes. De repente, mis pensamientos tienen que ver con cuestiones importantes. Con la vida o la muerte.

Aparecida en Japón en 1989, al igual que el libro de relatos Sueño profundo —publicado en español en 2006—, la novela Tsugumi es la excepción a lo que estamos acostumbrados a leer de Banana Yoshimoto. En una reseña pasada donde repasé brevemente su obra editada por Tusquets (formada también por las novelas Kitchen, N.P. y Amrita) enfaticé la recurrencia del binomio amor–muerte en la narrativa de la escritora japonesa, y de lo sobrenatural como elemento referencial de la realidad de sus historias. En Tsugumi el amor no ocupa el lugar central, la muerte es una idea o presentimiento fugaz y lo sobrenatural forma parte de anécdotas significativas aunque no trascendentes. Donde sí coincide Tsugumi con el resto de la obra es en el otro aspecto abordado aquella ocasión: Yoshimoto se inclina por “las rarezas de la gente, lo inesperado, las dificultades enfrentadas con estoicismo y ternura”.
Saliendo de la adolescencia, Maria, prima de Tsugumi, es quien relata la historia. Agobiada desde su nacimiento por una extraña enfermedad que la mantiene débil y la tumba de cuando en cuando, Tsugumi tiene un carácter difícil de tolerar si no se ha convivido con ella por largo tiempo, si no se es incapaz de comprenderla profundamente o si no se está enamorado de ella, la más bonita de un pueblo a la orilla del mar. “No era narcisismo. Tampoco una pose. Llevaba en el corazón un espejo muy bien bruñido y sólo creía en lo que veía reflejado en él, sin detenerse a pensar.”
Capaz de armar travesuras dignas de un genio del humor negro, venganzas propias de una mente retorcida y responder con maledicencia constante, Tsugumi es al mismo tiempo un ejemplo entrañable de fortaleza y sensibilidad, capaz de elegir entre todo lo memorable que le toca vivir o protagonizar algo insignificante como lo más bonito de su vida.
Tsugumi sufrirá momenros de radicalismo y modificaciones en su carácter al conocer y enamorarse de Kyoichi, con quien comparte la experiencia de la casi invalidez por enfermedad y el amor a sus perros. En el extremo opuesto de la personalidad de Tsugumi —y “gracias a ella”— está Maria, siempre con la ternura a flor de piel y comprensiva; ella declara su carácter así: “No sé porqué, pero pensé que el amor nunca se acabaría, que el amor, por mucho que cogieras o aunque dejases el grifo abierto, siempre seguiría manando…”
Las narraciones de Yoshimoto son un tobogán de sentimientos, en parte porque refleja el mundo femenino confrontado consigo mismo: sus protagonistas, personajes y voces narrativas son femeninas, frecuentemente de personalidades encontradas abarcando una enorme extensión caracterológica en la que no faltan las reflexivas, las chocantes, las tolerantes, las impulsivas, etc. Hay otros recursos narrativos que también dan cuenta de esa tensión interna en el ambiente ficcional de Yoshimoto, un juego de oposiciones que subsiste a la traducción del japonés: en primer lugar, los personajes son construidos para mantener una inocencia natural (es decir, como la de los animales) incluso en situaciones tormentosas o de maldad; en seguida, hay una atmósfera hecha de sentimientos indeterminados concebidos como oxímoron (“el olor del adiós, tan leve que se torna dulce”) o expresada por sus grados inadvertidos (“tristeza serena”); finalmente, ciertas reflexiones se dejan caer como frutos de sabiduría planteada en momentos o de tal manera que enfatizan la fragilidad, la inseguridad, la extrañeza que delinea mejor un estado de ánimo (“Las ideas flotan en la oscuridad y desvelan conclusiones inconsistentes como la espuma”). Todo ello en el lector opera una síntesis conmovedora que impide alejarse de la lectura.
Desde su primeras historias me pareció que Banana Yoshimoto no podía estar muy lejos de sus personajes más berrinchudos y caprichosos, ‘sólo alguien así —pensaba— puede recurrir a todo para conmovernos’. La autora —una de las escritoras contemporáneas con mayor potencia en el mundo— confirma serlo hacia el final de este libro.

[Publicado originalmente en agosto de 2008.]



Por la soledad

Tratado de ateología
Michel Onfray. Editorial Anagrama.

“Sigamos por allí: postulemos, más bien, la inexistencia de Dios, la mortalidad del alma y la existencia del libre albedrío”, propone Onfray, filósofo empeñado en continuar esa idea de su paisano y colega ya fallecido, George Bataille.
Puesto a desmenuzar las tres religiones monoteístas occidentales, el cristianismo, el islamismo y el judaísmo, llega a la conclusión contraria de que si Dios no existiera todo estaría permitido. Onfray cree que es precisamente al revés: la historia está repleta hasta la fecha, de los actos y crímenes más atroces realizados en nombre de alguno de los dioses o liturgias a los que dicen seguir las religiones mencionadas.
Ese es sólo uno de sus argumentos. El tratado está lleno de razonamientos que toman como base los hechos de los fieles y las palabras de los libros sagrados. Su objetivo es ayudar a liberar a la humanidad de lo que Onfray plantea como las verdaderas fuerzas nihilistas del mundo: las religiones.
Libro escrito con agilidad, plantea el reto de pensar un mundo sin dioses.

[Publicado originalmente en septiembre de 2006.]



Acometidas

Cada vez lo imposible. Dieciséis relatos sobre la empresa de la vida
Varios autores. Alianza Editorial.

Resulta cuando menos curioso encontrar en los cuentos que componen este libro que los personajes cuando hacen una empresa, se trata de una pyme; sólo una de ellos ocupa un puesto de alta dirección en una compañía grande. A lo mejor este dato no significa nada, o tal vez sugiera que los escritores convocados gustan poco de las complicaciones de las empresas grandes; quizás una preferencia gremial, quién sabe.
Indeseable resumir el argumento de todos los cuentos, tan distintos entre sí. Baste destacar los mejores en orden ascendente.
En “Currículum vitae”, de Ramón Buenaventura, el protagonista, Cervan, nos resume su vida, incluida la empresa que vendió, su juventud jipiesca y su frustrada vocación de novelista; “Manterola y Williamson, Distillers”, de Jorge Edwards, ejemplifica cómo las grandes ideas empresariales pueden convertirse en sueños de opio; Paula Izquierdo escribe “Siempre ocurre lo mejor”, el relato donde la protagonista tiene que padecer las descripciones sexuales de su jefe, que terminan por ser casi mentira, la pantalla de una perversión mayor que le repugna a ella pero que finalmente la impulsa a crear una firma exitosa de ciertos implementos sexuales; “El mapa de un sueño”, de Alejandro Gándara, es la historia a un tiempo enaltecedora y terrible de una mujer que saca adelante un negocio (planchaduría) que conoce alternadamente épocas de éxito y quiebras envilecedoras; y el mejor de todos los relatos que se debe a José Luis Ferris: “Café melancolía”, recuento de imposturas entre dos escritores y dos mujeres, los cuatro inexistentes pero que terminan por encontrarse y conocer el amor, tan fugaz como intenso, hundido hasta el tuétano en la literatura y la bohemia que habita en la novela y el restaurante que se llaman así: Café Melancolía.
Falta decir que esta compilación de relatos se debe a Nmás1, empresa española de banca de inversión, asociada para este proyecto con Alianza Editorial y cuyo ejemplo, ojalá, motive a hacer algo similar a múltiples similares mexicanas.

[Publicado originalmente en septiembre de 2006.]

jueves, 16 de febrero de 2012

Por ti

Las llaves de la ciudad. Un mosaico de México
David Lida. Editorial Sexto Piso.

Es demasiado grande. No todo puede ser fresco.
Diana Kennedy, gastrónoma inglesa residente en nuestro país desde 1957.

¿Quiénes vivimos en el DF? ¿Cómo lo hacemos? La conflictiva de esta ciudad es tal que con frecuencia es como si nos escupiera a la cara y le diéramos las gracias. No todos: hay quienes viven en el paraíso de sus privilegios, otros a salvo en el territorio de sus obsesiones. En fin, también hay extranjeros, los hemos visto y hasta hecho amistad con esas personas que han sido marcadas por su exilio voluntario, forzado o casual en el DF.
David Lida, un periodista nacido en Estados Unidos es mexicano porque quiso —solicitó la nacionalidad— y así recuerda el inicio de ese amor raro: “La Ciudad de México apestaba. Olía como si yo me hubiera acostado debajo del tubo de escape de un coche en marcha. Sin embargo, siento atracción por la decadencia […] No sabía cómo nombrarlo, pero intuía que había algo para mí en el D.F. Al poco tiempo, me mudé a vivir aquí.” En el prólogo de Las llaves de la ciudad el novelista Juan Villoro describe: “[El] enfoque [de Lida] tiene la novedad del viajero sentimental […] y la empatía de quien acepta razones que no son suyas.”
Lida presenta enteros algunos habitantes de la ciudad como Montse, la adolescente de la calle que se desespera si no termina en un día una botella de limpiador tóxico, su droga por unos pesos; la aristócrata Vivian Corcuera, quien fuera “mencionada en columnas de chismes” como posible futura esposa “del entonces soltero Fox”; el novelista, “entre enfant terrible y éminence gris”, Guillermo Fadanelli; el pintor norteamericano Phil Nelly que algún día pintará el ritual alrededor de un camión de la basura frente a su casa, o Claudia Tate, otrora famosa cabaretera que recibía todo tipo de regalos de sus acaudalados o simplemente generosos enamorados, hoy venida a menos.
O sin ir tan a fondo, en unos trazos Lida nos entrega el genio, la figura y el contexto de unas reporteras de la revista Óoorale, del hoy finado editor de Casas & Gente Nicolás Sánchez Osorio, de un vendedor de reliquias nazis, de un enamorado de Marilyn Monroe, de un par de fotógrafos japonenes avecindados en el DF, etc. Las llaves de la ciudad es “una carta de amor a toda la gente que me ha mantenido vivo” en el DF, dice Lida en el prólogo. En este libro disfrutable, tal sentimiento palpita.

[Publicado originalmente en agosto de 2008.]



Talla de célibe


Primer amor
Ivan Turguenev. Alianza Editorial.

—¿Le gusta el lujo?
—El lujo es bonito. Me gusta todo lo bonito.
—¿Más que lo bello?
—Demasiado sutil, no lo comprendo.

El siglo XIX vio morir muchas de las formas más acabadas del romanticismo, quedando el amor imposible o desdichado como la gema en un baúl vacío. Los escritores rusos, dados a la contundencia de la pasión humana, lo abordaron con especial cuidado. Sin ser una de sus obras mayores, Primer amor de Turguenev (1818–1883) relata con sencillez y belleza el enamoramiento de Vladimir, de apenas 16 años, por la princesa unos años mayor —y sin dinero— Zenaida, bella, frívola, encantada con su poder sobre los hombres de todas las edades, a quienes ofrece veladas risueñas donde ella es una reina. En un ambiente casi rural (villas y ocio), el amor platónico de Vladimir deriva en complicación infranqueable: ella necesita un hombre dominante. Libro que se lee en un par de horas, ofrece el gozo de internarnos en uno de los momentos y lugares más etimulantes de la imaginería del mundo: la aristocracia de la Rusia zarista.

[Publicado originalmente en agosto de 2008.]



Retrazo equilátero

Sueño profundo
Banana Yoshimoto. Tusquets Editores.

No siento dolor ni soledad. El mundo del sueño es cuanto existe.

Hay quien dice que el amor y la muerte son los dos únicos temas importantes para ser recreados en las artes. El problema es cómo abordarlos sin caer en la banalidad o en la impostura. Banana Yoshimoto (1964, Tokio) elabora sus historias fundiendo ambos temas en la vida. Es una escritora de las rarezas de la gente, de lo inesperado, de las dificultades enfrentadas con estoicismo y ternura; frecuentemente, con alcohol. Yoshimoto hace de sus historias la magia inscrita en la normalidad.
Sueño profundo contiene tres relatos contados en primera persona por mujeres de unos veintitantos, en quienes recae la presencia de una persona querida que ya ha muerto. “Una experiencia”, el tercero de ellos, cuenta cómo Fumi–chan es guiada por la melodía que le lleva a los oídos Haru, ya muerta y su rival por un hombre del que ambas se enamoraron en su primera juventud. Todo parece dispuesto, Fumi–chan se deja llevar hasta un enano extraño que abre la puerta para el reencuentro.
En “La noche y los viajeros de la noche”, Shibami es la encargada de cerrar el círculo vital que su hermano, fallecido un año antes, dejó abierto en las dos mujeres que amó y lo amaron: una norteamericana con un hijo de él, aunque ya casada con otro hombre, y su prima, envuelta en una enorme melancolía de la cual sale con el apoyo de Shibami.
“Sueño profundo” es el relato que abre el libro y sin duda el mejor: Terako es atraída de nuevo a la vida cuando no parece otro su destino que la ausencia vía dormir y beber; en este caso, es la esposa de su amante quien, desde un sueño profundo del que seguramente nunca despertará, la encara haciéndose presente con su apariencia de estudiante; Terako comprende tanto que hace una plegaria: “Que todos los sueños del mundo sean apacibles por igual.”
Banana Yoshimoto, seudónimo que Mahoko Yoshimoto tomó porque le encanta el fruto epónimo, es una japonesa cuyos libros gozan de gran éxito en todo el mundo. Kitchen, su primera novela, que fue publicada en español en 1991, tiene más de sesenta ediciones en Japón y existen dos películas basadas en ella; le siguió Sueño profundo, dado al público japonés en 1989. Es una tristeza que al español haya llegado con tantos años de retraso. Por suerte, Tusquets ha publicado también sus novelas N.P., perturbadora, y Amrita, de una fineza que deja absorto al lector. Gracias a estos cuatro libros comprobamos que Yoshimoto no se aparta de la reelaboración de la vida mediante la mezcla de amor y muerte sin perder un milímetro de originalidad; incluso cuando arriesga planteamientos sumamente abordados en todas las épocas como el triángulo amoroso de dos mujeres y un hombre, establece situaciones inusitadas. Además, acude con buena fortuna a los elementos de tradición y modernidad japoneses que nos hacen tan atractiva esa nación y le ayudan a caldear atmósferas donde la rareza se mezcla con las vistas cotidianas.

[Publicado originalmente en septiembre de 2006.]