El caballo de Turín (A torinói ló)D: Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. P: Hungría–Francia–Alemania–Suiza–Estados Unidos, 2011. G: Béla Tarr y László Krasznahorkai. F en B/N: Fred Kelemen. A: Janós Derzsi (Ohlsdorfer), Erika Bók (la hija de Ohlsdorfer), Mihály Kormos (Bernhard). Pr: Gábor Téni. Dr: 146 min.
El infierno como un limbo y el limbo como una inercia que va perdiendo fuerza. El acontecimiento de la repetición con mínimas variaciones donde el lenguaje sirve para anunciar y poco más. “¿De qué se trata esto, papá? / No lo sé.” La respuesta sin dilatar, obvia, irreflexiva, innecesaria, inexplicable. Sólo podría intentar otra ruta un filósofo, pero claro, los filósofos no lidian con la leña, el pozo, la carreta y el caballo.
La historia ocurre en la última década del siglo XIX, en una cabaña alejada, en medio de tierra yerma, donde la borrasca es eterna. Allí no crecen ni los sueños, por eso nadie llora; llorar, quien vive algo que disfruta y luego lo pierde, aquí todo es seco.
Gris en una película en blanco y negro que va hacia lo obscuro. “¿Qué es todo esto, papá? / No lo sé. […] Vamos a dormir. Mañana lo intentamos de nuevo.” La condena del mañana: lo habrá y hay que continuar porque sí.
Imaginado por Tarr, fantasmal en su materialidad y negreza, el caballo por el que se compadeciera el filósofo Nietzsche —prolífico y brillante, de alma desolada— es la forma que adopta lo inevitable, la naturaleza sorda. La película más dura de la 53ª Muestra.
(El caballo de Turín obtuvo el Oso de Plata y del Premio Fipresci en Berlín.)
[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.]




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