lunes, 15 de octubre de 2012

Con todos, sin ellos

Entrevista con el historiador Luis Barrón
Carranza, brillante en su tiempo, gris en la historia

Poseía, para decirlo en pocas palabras, una noción exacta del arte de la política […]. No tenía madera de mártir; era la suya madera de político, de estadista.
Opinión del historiador Javier Villarreal Lozano sobre Venustiano Carranza.

Venció a Huerta, al igual que venció el radicalismo revolucionario de Villa y de Zapata.
Luis Barrón.

Cuando Bernardo Reyes en 1910 tuvo el apoyo de amplios sectores de la sociedad y la política para ir contra Porfirio Díaz, a quien siempre profesó lealtad, declinó. Luego regresó del exilio en Europa para colaborar con Félix Díaz —sobrino de Porfirio— a sacar del Palacio Nacional al ya presidente Francisco I. Madero. Así se desencadenó la Decena Trágica donde Reyes murió. Tiempo después Venustiano Carranza, político cercano a Reyes en determinados momentos, se preguntaba: “¿Cuál fue el error de Reyes? […] ¿No cree […] que la lealtad, cuando significa un sacrificio, es la mayor de la virtudes?”
Venustiano Carranza, personaje gris de acuerdo con la historia y la educación escolar mexicana pública y privada, supo aliarse, alejarse y hasta pelearse con muchos de los principales personajes de la política de su tiempo, de su estado natal del que fue gobernador, Coahuila, y de la Revolución: Díaz, Madero y Reyes, pero también Álvaro Obregón, Francisco Villa y muchos otros. También fue el impulsor de esa Constitución que, ya muy modificada, sigue vigente en México.
Hacendado —y vecino de Madero— que no dejó herencia de poder ni fortuna a sus descendientes a pesar de haber llegado a la Presidencia; de una rara vocación por la política y escasa inclinación por la militar; Carranza era un hombre apacible, reservado, decidido y hasta terco; de ideas liberales, progresistas (todo los recursos a una educación para todos) y federalistas (independencia a los municipios); por él su estado pudo tener una Constitución nueva en plena Revolución.
Primer revolucionario cuyos restos fueron depositados en el Monumento a la Revolución, en 1942, Carranza fue sobre todo un convencido del orden legal, de ahí que siendo gobernador presionara al Congreso de Coahuila para que le diera el mandato de restablecer el orden constitucional, cuando Victoriano Huerta cometió el doble crimen de asesinar al presidente Madero y al vicepresidente José Ma. Pino Suárez, y usurpar la Presidencia. Carranza creó un Ejército Constitucionalista que unificó a buena cantidad de grupos revolucionarios y venció a Huerta. Así llegó a la Presidencia, convocó al Congreso Constituyente de 1917 y a elecciones presidenciales en las que resultó ganador, aunque no pudo concluir su periodo ocupando el puesto sólo hasta 1920, cuando intentó trasladar la sede de su gobierno a Veracruz ante el levantamiento de Álvaro Obregón, muriendo el 21 de mayo en Tlaxcalantongo, Puebla, en una emboscada que el general Rodolfo Herrero preparó.
Casi todo esto relata Luis Barrón en su Carranza. El último reformista porfiriano, segundo libro de “Centenarios”, la magnífica colección de Tusquets Editores que próximamente incluirá la biografía del general Bernardo Reyes. La biografía política que ha hecho Barrón se detiene cuando el personaje gana las elecciones presidenciales de 1917, antes de su enfrentamiento definitivo con Villa y Obregón. Ameno e interesante —uno descubre, nada menos, que sin Carranza el destino de la Revolución y sus caudillos hubiera sido radicalmente otro—, el libro deja picado al lector. Se le reclama al autor en entrevista, y él justifica: primero, la presidencia de Carranza es lo más estudiado de su intervención en la Revolución; segundo, si “hubiera continuado con la misma profundidad, eso hubiera retrasado mucho la publicación de este libro que me tomó diez años”.

Olfato para oír, ver y actuar
Barrón, trabajando en su doctorado con el historiador y biógrafo de Pancho Villa Friedrich Katz, escuchó de él que a Venustiano Carranza nadie lo había estudiado con seriedad. Se acercó a los archivos y “me enganché, porque haciendo un balance de la Revolución resulta un personaje central, al que se le da muy poca importancia y que ha estado en la sombra” ante la magnificación que han hecho los historiadores de Emiliano Zapata, Pancho Villa y Álvaro Obregón. “Y conforme fui estudiando más la Revolución comenzó a interesarme más la Constitución del 17, que es un documento tan peculiar en la historia del constitucionalismo de América Latina, y es imposible entender porqué toma la forma que tiene si uno no entiende de dónde viene Carranza.”
—Leyendo tu libro uno se percata de que Carranza no se metió a la ‘bola’ de la Revolución, no tiene una vida épica como Zapata, Villa u Obregón.
—Él jamás concibió la transformación social de México a través de una revolución armada. Él primero se tiene que sumar a la revolución de Madero renuentemente, y después contra Huerta no le queda más que hacer el Ejército Constitucionalista para enfrentarlo militarmente, y después a Villa. Desde mí punto de vista Carranza es un político reformista, un político que aprendió la política en el porfiriato, no es un revolucionario ni un militar. No obstante, es muy importante entender que el triunfo de la Revolución tiene que ver con el triunfo militar de Carranza, pero para él ese no era el objetivo, para él la política y la sociedad se tenían que transformar sin el enfrentamiento armado.
—¿Si no era un hombre dado a la batalla cómo pudo encabezar eficazmente el ejército que finalmente triunfo?
—Él no era un buen estratega militar ni participó en batallas, salvo en muy pocas. Lo que supo hacer como buen estadista, fue rodearse de muy buenos generales y entre ellos, obviamente el más importante, Álvaro Obregón. Pero él no establecía la estrategia militar, él controlaba a los jefes militares. Algo que queda muy claro en su archivo es que todas las armas tenían que pasar por sus manos, él distribuía, decía cómo, cuándo y a quién.
—¿Cómo alguien que por encima de todo ponía a la ley se dejó persuadir con la idea, que al final resultó cierta, de Luis Cabrera de que las grandes reformas sociales e institucionales se tenían que hacer antes de restablecer el orden constitucional, es decir, en el desorden de la Revolución?
—Carranza era un hombre que escuchaba mucho más de lo que hablaba. Él desde muy pronto vio a Luis Cabrera como el gran intelectual. Y Luis Cabrera desde muy temprano en la Revolución —y estoy hablando de 1911— empezó a hacer el argumento de que las reformas se tenían que hacer destruyendo el orden constitucional y no a través de él. Y sí, desde 1913 Cabrera le repite esto insistentemente a Carranza, que no está muy convencido porque veía el otro lado: si yo hago reformas que no tienen legitimidad, entonces no se convierten en realidad. Es solamente hasta 1916 que Cabrera convence a Carranza de que no se puede restablecer el orden si no se tienen las reformas, pues precisamente el orden ya estaba deslegitimado.
—Carranza tuvo el olfato para saber que su triunfo militar era el momento para llamar a un Congreso Constituyente. Sin embargo, también tenía la experiencia de haber reformado la Constitución de su estado. ¿Esa experiencia le salió igual de bien?
—Bueno, esa historia quedó pendiente en el libro y ahora ya estoy trabajando en otro donde describo con mucho detalle cuál fue el procedimiento de la reforma en Coahuila. Lo que sucede es que él, una vez que termina el documento y lo propone al Congreso encuentra diferentes problemas a partir de que los municipios le dan comentarios, entonces acaba por retirarlo, corregirlo y volverlo a presentar, y en eso se da el golpe de Victoriano Huerta en 1913. Entonces, Carranza había experimentado ya lo que era enfrentar deficiencias en un proyecto constitucional, y eso fue central para que en 1916, cuando ve que la coalición [de revolucionarios] comienza a desmoronarse, él dijera: tiene que ser a fuerza un congreso constituyente que cumpla con determinadas características. Porque se dio cuenta de que si hubiera seguido el mismo mecanismo que en Coahuila, le hubiera pasado lo mismo: se hubiera atorado la reforma, y él no podía controlar las legislaturas estatales; entonces las reformas nunca se hubieran materializado. Es decir, al final le hizo caso a Luis Cabrera.
—Leyendo tu libro nos queda la idea de un personaje tremendamente hábil en lo político. ¿A qué se debe eso: instinto, enseñanza de Reyes, a qué?
—Carranza tuvo un aprendizaje larguísimo en el porfiriato, como presidente municipal, en la Cámara de Diputados local, en el Senado, con su roce con los grupos porfiristas, viendo cómo se enfrentaban unos a otros, cómo negociaban. Pero también por su cercanía con Bernardo Reyes, no tanto viendo sus aciertos sino sus errores: porqué Reyes no decide levantarse en armas, porqué decide abandonar su movimiento e irse al exilio. También los de Madero: porqué siendo un revolucionario triunfante no deshace el ejército federal, porqué renuncia a hacer una coalición política a nivel nacional, etcétera. Todo eso lo va aprendiendo, pero hay que saber aplicarlo en el momento justo, con ese olfato que él tenía muy desarrollado. Ahora, esto no quiere decir que se trate de un político infalible, al final de su vida es inexplicable porqué se enfrenta a Obregón, porqué cuando tiene a Obregón para juzgarlo lo deja escapar, porqué se enfrenta a Sonora en vez de voltearla en contra de Obregón…
—¿Pudo ser la edad?
—Pudo ser la edad, pudo ser su idea de que negociar con el ejército era inaceptable, el quería a fuerza una transición a un gobierno civil. También pudo ser que se quedó sin el apoyo de Estados Unidos. Pero me parece que Carranza es, hasta antes de esos años, la combinación de alguien que tiene la habilidad innata con un aprendizaje rico. Una pregunta muy interesante es porqué habiendo políticos que se parecían mucho a él en términos de carrera política, no brillan en 1913 como él sí lo hace; porqué el sí ve la oportunidad que no ve José María Maytorena, gobernador de Sonora, que sale huyendo del país; porqué él sí ve la circunstancia que se está dando en México, que no ve Abraham Gonzáles en Chihuahua; porqué él sí decide mantener una coalición en Coahuila cuando otros gobernadores no lo hacen; porqué políticos que venían del porfiriato y tenían mucho peso en sus regiones se quedan quietos y él no. Además, Carranza se sabe poner hasta arriba de un grupo de generales muy talentosos pero que en ese momento no eran nadie. Es parte del olfato político ver de quién te rodeas, y Villa y Obregón crecieron porque Carranza los dejó crecer.
—Pareciera que Carranza no le es leal a nadie, sin embargo pondera como la gran virtud de Reyes eso, la lealtad.
—Yo creo que Carranza entendió que era tan malo depender de la lealtad de todos los demás como serle completamente fiel a alguien. Él divide su vida política y le es leal a uno y a otro para tener siempre las puertas abiertas. Comprendió que es imposible pedir la lealtad absoluta y que por lo tanto hay que balancear. Y algo que aprendió del porfiriato fue siempre tener dos facciones listas para que cuando una se fortalezca la otra haga el balance. Una cosa que siguió mucho de Porfirio Díaz fue no permitir que los generales estuvieran en su región, y en la que estuvieran, si empezaban a crecer mucho los sacaba y mandaba a otra para romper lealtades personales. La lealtad en política yo creo que es una variable clave, y si uno piensa que todo mundo o alguien le es completamente leal, está cometiendo un grave error; igual si uno entrega su lealtad. La política desgraciadamente es un juego muy sucio, y Carranza lo entendió muy bien.


[Publicado originalmente en octubre de 2009.] 



El placer del goce

Confesiones en el diván (Mahler auf der couch)

D y G: Felix y Percy Adlon. P: Alemania–Austria, 2010. F: Benedict Neuenfels. A: Johannes Silberschnieder (Gustav Mahler), Barbara Romaner (Alma Mahler), Karl Markovics (Sigmund Freud), Friedrich Mücke (Walter Gropius), entre otros. Pr: Eleonore Adlon y Konstantin Seitz. Dr: 105 min.


Recreación del encuentro fugaz en la ciudad de Leyden, Holanda, entre el compositor mítico de la Sinfonía de los mil y el fundador del psicoanálisis. Es 1910 y Mahler ha solicitado a Freud una consulta médica. Conforme transcurren calles, plazas, andadores, la plática se entrecorta con escenas de los últimos diez años del músico, su matrimonio con Alma Schindler, encantadora, hermosa, inteligente, vital, y al parecer no muy talentosa compositora —la histórica Alma Mahler, famosa por sus amigos, amantes y esposos: Gustav Klimt (pintor), Walter Gropius (arquitecto fundador de la Escuela Bauhaus), Franz Werfel (escritor)—. La crisis llega estando con Freud; el final es sabido —y obvio—. La realización es cuidadosa al detalle y Barbara Romaner enamora con su Alma. El relato de este amor tiene de ingrediente menos la pasión que la efervescencia de su tiempo sintetizada en sus personajes. Hipnotizan sus imágenes como postales de ciudad, interiores y campo.


[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.] 


Detrás, el silencio

El caballo de Turín (A torinói ló)

D: Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. P: Hungría–Francia–Alemania–Suiza–Estados Unidos, 2011. G: Béla Tarr y László Krasznahorkai. F en B/N: Fred Kelemen. A: Janós Derzsi (Ohlsdorfer), Erika Bók (la hija de Ohlsdorfer), Mihály Kormos (Bernhard). Pr: Gábor Téni. Dr: 146 min.

El infierno como un limbo y el limbo como una inercia que va perdiendo fuerza. El acontecimiento de la repetición con mínimas variaciones donde el lenguaje sirve para anunciar y poco más. “¿De qué se trata esto, papá? / No lo sé.” La respuesta sin dilatar, obvia, irreflexiva, innecesaria, inexplicable. Sólo podría intentar otra ruta un filósofo, pero claro, los filósofos no lidian con la leña, el pozo, la carreta y el caballo.
La historia ocurre en la última década del siglo XIX, en una cabaña alejada, en medio de tierra yerma, donde la borrasca es eterna. Allí no crecen ni los sueños, por eso nadie llora; llorar, quien vive algo que disfruta y luego lo pierde, aquí todo es seco.


Gris en una película en blanco y negro que va hacia lo obscuro. “¿Qué es todo esto, papá? / No lo sé. […] Vamos a dormir. Mañana lo intentamos de nuevo.” La condena del mañana: lo habrá y hay que continuar porque sí.


Imaginado por Tarr, fantasmal en su materialidad y negreza, el caballo por el que se compadeciera el filósofo Nietzsche —prolífico y brillante, de alma desolada— es la forma que adopta lo inevitable, la naturaleza sorda. La película más dura de la 53ª Muestra.


(El caballo de Turín obtuvo el Oso de Plata y del Premio Fipresci en Berlín.)


[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.] 



Impureza de soledad

Las razones del corazón

D: Arturo Ripstein. P: México–España, 2011. G: Paz Alicia Garciadiego inspirada en Madame Bovary de Gustave Flaubert. F en B/N: Alejandro Cantú. A: Arcelia Ramírez (Emilia), Vladimir Cruz (Nicolás), Plutarco Haza (Javier), Patricia Reyes Spíndola (dona Ruti), Alejandro Suárez (Jasper), entre otros. Pr: Roberto Fiesco y José María Morales. Dr: 119 min.

El gris es frío, cotidiana monotonía, piel de la muerte. El ocre es el tono de los recuerdos que se van apagando, de las miniaturas y cuadros en las salas de las tías solteronas. Si la vida es triste a secas —ni fu ni fa— decimos que es gris; si está rodeada de silencio, secreto y frustración, es ocre. “El acontecimiento de morir de amor me parece infinitamente más interesante que la idea del amor”, ha dicho Ripstein acerca de ésta, su reciente película basada en la novela emblemática de Flaubert, sobre la obsesión amorosa, clandestina y atropellada de una mujer casada.
Ripstein relata el fracaso de un amor de azotea en una atmósfera de decrepitud, sin salir del edificio donde Emilia vive con su esposo e hija en un departamento consumido. Todo sobre ella así está dicho. Alcanzamos a imaginar los colores que una vez tuvo su vida detrás del ocre gris de la fotografía de la película. Abocado a lograr su relato en un reconcentrado ambiente —como suele ser en él—, Ripstein afloja el equilibrio actoral, donde a penas sobresale Arcelia Ramírez como la “princesa” enclaustrada y detestable, Patricia Reyes Spíndola en un personaje que le es muy socorrido y —sorpresa— Alejandro Suárez en su breve y muy detallado papel de cabrón ventajoso.


[Publicado originalmente en diciembre de 2010, en ocasión del 53ª Muestra Internacional de Cine, Conaculta Cine–Cineteca Nacional.] 


viernes, 12 de octubre de 2012

De la madeja enredada

En el comienzo Dios creó el canon
Eduardo Rabossi. Gedisa Editorial.

La comunidad filosófica
Michel Onfray. Gedisa Editorial.

No se trata de transformar al filósofo en un cosmopolita sin raíces, sino de concebir la filosofía como una caja negra, plena de sorpresas.
Robert Nozick en palabras de Eduardo Rabossi.

Ninguna idea es tan compleja como para no poder ser expuesta con palabras cotidianas.
Michel Onfray.

La filosofía está en crisis: que no pueda reencadenarse a lo cotidiano con sencillez ni resolver sus conflictos con las ciencias, son síntomas evidentes. Otro es que la gente común concedamos el título de filósofos a sociólogos, historiadores, o de plano a opinadores y optimistas con verborrea. Y denominamos filosofía un conjunto de principios o prejuicios o políticas, una idea de operación empresarial o nuestra manera personal de comportarnos. Esas filosofías son residuos de lo que intuimos debe abarcar la filosofía.
Lo que pasó, nos dice Rabossi, es que un día del siglo XVIII un montón de factores sociopolíticos (Napoleón, el nacionalismo, el romanticismo, etc.) impulsaron el idealismo alemán en la reforma universitaria que diera un lugar de privilegio a la facultad de filosofía, disciplina hasta entonces de la facultad de artes que, junto con las de medicina, derecho y teología, hacían la Universidad de Berlín. Así la filosofía se convirtió en una especie de ciencia de las ciencias y estableció una doctrina, un canon, y el modelo se diseminó por el mundo. Pero el imperio duró poco, una a una las ciencias se separaron y los filósofos perdieron el piso para quedarse en su castillo de cristal —la academia (europea)—, de donde no han podido salir —y hacia donde no pueden dejar de mirar quienes tienen algún interés en la filosofía en Latinoamérica.
De esa historia, de los canónicos, de los disidentes y aun de los transgresores, habla En el comienzo Dios creó el canon, que entre sus virtudes está un estilo interesante, partiendo de un cambio de perspectiva: no ‘qué’ sino ‘cómo’ es la filosofía y el filosofar. Aunque declara el autor: “me niego a recomendar una concepción personal de lo que debería ser la filosofía”. Sí lo hace, en cambio, Onfray, a quienes muchos lo clasifican como una especie de hippie, provocador o extremista, con gran éxito comercial. Revisionista de la filosofía y propugnador (con buenas razones) de una ateología, en su breve La comunidad filosófica. Manifiesto por una Universidad popular, propone recobrar el jardín de Epicuro, sitio de libertad, cooperación y creatividad para la sabiduría, cuyo acceso y avance no se rijan por los formalismos universitarios comunes (él ya ha fundado una primera escuela así en Caen, al noreste de Francia).
Sin duda Rabossi ubicaría a Onfray entre quienes defienden la “concepción frívola” de la filosofía, hecha de “asociación libre” y “malabarismos conceptuales”, pero coincide con él en que es necesario dar un tono naturalista a la práctica de la filosofía en una facultad “de inspiración exploratoria”; es decir, puesto que el orden de los problemas humanos pasan por la naturaleza (incluyendo los procesos mentales de la razón pura), ha de preguntar e intercambiar conocimiento con las ciencias sin asumir verdades previas. Es necesario decir que abiertamente Rabossi no se inclina por esa concepción, pero lo deja entrever al mostrarse entusiasmado por los “transgresores” Manuel Sacristán y Robert Nozick.
En suma, estos dos libros dan visiones complementarias acerca del desencanto que buena parte de los filósofos profesionales sienten por su disciplina, además de servir ambos como heterodoxa y entusiasmante introducción a la filosofía.

[Publicado originalmente en febrero de 2009.] 




El culpable perfecto

Entrevista con la biógrafa y nieta de Aureliano Urrutia, señalado como el asesino de Belisario Domínguez

No había nada más importante para él que sobresalir en el campo elegido. Lo demás era un fracaso.

Hasta el día de hoy no es políticamente correcto admitir que en su momento los senadores vieron en el general Huerta una posibilidad para restablecer el orden.

La cerccanía con los aniversarios de la Independencia y Revolución mexicanas hacen más visibles las novedades librescas con tema histórico, vengan de la ficción, como la novela Expediente del atentado, de Álvaro Uribe, que retoma una rara agresión de un borracho en contra de Porfirio Díaz; o de la vida cotidiana de la época, como Nosotros. La juventud del ateneo de México, donde Susana Quintanilla rastrea cómo fue el encuentro y primeros pasos de esa generación privilegiada por posición social, inteligencia y brillantez.
Con el mismo sello que esos dos libros (Tusquets Editores), ahora circula la biografía de un personaje que ha pasado a la historia como un Judas, Aureliano Urrutia. Del crimen político al exilio, de su nieta Cristina Urrutia Martínez. “En términos reales, podría ser mi bisabuelo”, dice ella, pues su antepasado, nacido en 1872, tenía 83 cuando ella veía la luz en 1955. El prestigiado doctor Urrutia murió de 103 años en su exilio de Texas; su nieta, crecida en el bajío, lo visitó menos de diez veces. “Eso hizo que yo pudiera escribir con mayor facilidad, sin ese afecto, digamos, por un abuelo apapachador.”

Las razones del destino
Escrito en la línea de la historia cultural, que permite servirse ampliamente del relato oral de los sobrevivientes del asunto o personaje tratado, entre los numerosos aciertos del libro de Urrutia destacan dos: el primero ayuda a la comprensión y al entretenimiento del lector, pues presenta la vida cotidiana de México en los primeros 15 años del siglo XX, con especial énfasis del naciente gremio médico y el ambiente político; y el segundo radica en su análisis de las relaciones políticas de un momento histórico particularmente difícil: el fin del porfiriato, el ascenso, renuncia y asesinato de Francisco I. Madero, la fortaleza del huertismo y su defenestración posterior.
Quien fuera una luminaria en la medicina, primero en usar el cine para la divulgación académica de la cirugía, director de la Facultad de esa especialidad en el maderismo, y constructor y dueño de un magnífico edificio que albergara el primer hospital privado moderno y lujoso de la capital del país, el Sanatorio Urrutia de Coyoacán; un día decidió aceptar de su amigo Victoriano Huerta el puesto de secretario de Gobernación, donde “no llegó a cien días”, renunciando el 14 de septiembre de 1913, tres semanas antes de la desaparición y asesinato del senador Belisario Domínguez.
Acusaron a Urrutia de ese crimen, incluso más de una década después se dijo en una novela que nadie más que él pudo cortar la lengua del senador con tal precisión. “…la versión se acepta de manera literal. Esto podría atribuirse a la interpretación [simbólica] de los hechos, pues lo que pasó realmente [con Domínguez] fue que lo silenciaron, le impidieron volver a hablar…” Pero Urrutia no fue responsable, ni siquiera conservó el favor de Huerta, incluso le informaron que el dictador quería matarlo.
Urrutia salió al exilio con su primera esposa e hijos, se asentó en Texas adonde llevó plantas de su natal Xochimilco y levantó una casa que fue referente social; se olvidó de la política, retomó su carrera de médico y alcanzó gran renombre, incluso fama mundial al separar a dos niñas siamesas; enviudó, se casó cuatro veces más, protagonizó uno de los pleitos de divorcio más vergonzosos para la moral de la época; su última mujer era cuatro años mayor que la nieta que escribiría su biografía; varios de sus descendientes adorarían la memoria del patriarca y heredarían su amor a la profesión.
“Y la parte política genera todos esos cuestionamientos de cómo un médico tan exitoso se mete en ese proceso. Te vas dando cuenta de que era un proceso muy complejo, muchos jóvenes preparados creyeron en el proyecto maderista porque vieron la oportunidad que no les había dado el porfiriato, pero se descontentan con Madero. No sólo Urrutia.”
—¿Cómo explicas que la clase política, que en gran medida supo que era falsa la versión de Urrutia como el asesino, la haya favorecido?
—Lo primero que debo decir es que este mito no le quita ningún mérito a Belisario, sus escritos son preciosos. El apoyo del mito desde el Senado parece más bien que fue una manera de decir ‘nosotros también tuvimos un mártir, sí apoyamos a Huerta, pero vean’. Entonces, justifican así su papel pero ya 30 años después.
—¿Cómo comprendía la Revolución el fugaz secretario de Gobernación?
—La revolución maderista no la vio mal. Todos sabemos que el proceso revolucionario de cuando Díaz renuncia a cuando toma el poder Madero, no fue un proceso muy sangriento. Pero ya con Madero vuelve a haber levantamientos, Zapata se le levanta y Pacual Orozco. En ese momento Urrutia, como director de la Facultad de Medicina, ve en el gobierno de Madero un apagafuegos; luego vive muy de cerca todo el desabarajuste de Huerta. Pero la parte más sangrienta de la revolución, de cuando cae Huerta y Carranza sube al poder y vienen los ajustes entre los revolucionarios, la vive Urrutia desde fuera, ya en Texas; inclusive le toca ver llegar al exilio a carrancistas. Sin embargo, hay una cita de él: “La revolución vino a limpiar las miasmas”; o sea, tiene consciencia de que la dictadura de Díaz era excesiva. Pero además, encuentro en él —a pesar de que lo persiguió— cierta y muy importante admiración por Zapata. Inclusive encontré insinuaciones acerca de que si Zapata hubiera entrado a dialogar con el régimen hubiera habido acuerdo. Vislumbro esa admiración, porque él [Urrutia, como Zapata] es hombre de campo. No era lo mismo con otros grupos revolucionarios. De Carranza, en dos o tres entrevistas que dio en Texas, decía que era una amenaza.
—Llega un momento en que Huerta pareciera enloquecer, independientemente de que sea cierto que haya deseado matar a su médico de cabecera, amigo y exsecretario de Gobernación.
—Era una política de pistola. Huerta se llega a sentir muy amenazado por el grupo de diputados que estuvieron contrariando sus políticas, y se le complica con el no reconocimiento de los Estados Unidos, cuando ellos mismos, meses antes, habían colaborado con el Pacto de la Embajada, y en el verano no lo reconocen; las cámaras que también lo apoyaron en la renuncia de Madero, principalmente el Senado, empiezan a bloquearle algunas iniciativas, el dinero no fluye.
—¿Te has preguntado qué hubiera pasado con Urrutia si Huerta hubiera permanecido en el poder? ¿Se hubiera entregado a la vida política con la misma vehemencia que en la realidad se entregó a la medicina?
—Yo sí encuentro en Urrutia ese gusto por el poder. He llegado a la conclusión de que si aceptó ese cargo, es que sí buscó el poder. Encuentro en él el protagonismo típico de las personas que les gusta el poder, y era mandón y controlador. Pero Huerta, por sus propias características, no hubiera durado mucho.

[Publicado originalmente en diciembre de 2008.
Foto de Cristina Urrutia Martínez, por cortesía suya.]




domingo, 7 de octubre de 2012

Pintar su raya

Confianza y temor en la ciudad
(seguido de En busca de refugio en la caja de Pandora y Vivir con extranjeros)
Zygmunt Bauman. Editorial Arcadia.

…si se pretende que las cosas mantengan un orden […] acabará por descubrirse que cierta gente no puede formar parte [es superflua], y será preciso […] expulsarla. […] la población superflua de la Europa [del siglo XIX] era arrojada a tierras como América […] Ahora ellos hacen lo mismo, pero moviéndose en dirección inversa…

Los sociólogos tienen el prestigio que fue de los filósofos, incluso se les llama así, folósofos. La relevancia ha pasado de la reflexión pura a la vida diaria, se prefieren los asuntos urgentes y mundiales a los trascendentes y universales. Porque así lo exige la realidad, se dice. El polaco Bauman es en nuestros días una de esas celebridades.
El centro de este libro pequeñito (y gratísimo a la mirada) es analizar cómo impacta la idea de inseguridad la vida en las ciudades, al grado de que su solución aparente —la seguridad— es lo que marca la dinámica de sus cambios —arquitectura, política, etc.— Desde la caída de las sociedades tradicionalistas para dar paso a la modernidad, la ciudad ha sido el territorio imaginado capaz de proteger de los peligros, no de los naturales o del tiempo, sino de los que derivan de las relaciones humanas, en especial de los extranjeros o extraños que, por definición, son todos en la ciudad. Para contrarrestar esos peligros, las instituciones (familia, Estado, empresas, sindicatos) funcionaron con solvencia hasta recientemente. La solidaridad, que fue la marca de las instituciones, ha decaído con sus prestaciones y derechos, al tiempo que la tecnología hace posible a quienes tienen el poder adquisitivo suficiente, crear territorios aislados pero conectados virtualmente, llegando a niveles ridículos; mientras el grueso de la población vive con “el desvanecimiento gradual de la esperanza y el abandono progresivo de la voluntad para resistir”. Y junto al número de ‘peligrosos’ desempleados, extranjeros y delincuentes, crece la oferta de seguridades: rejas, blindajes, virtualidades, radicalismos conservadores, etc.
Este libro habla de las ciudades europeas, pero las implicaciones para las tercermundistas son inmensas. Y se comprenderá mucho mejor si antes se lee El miedo a la libertad (Ediciones Paidós), donde Erich Fromm —psicoanalista–filósofo todavía de moda hace un par de décadas— explica de manera apabullante el carácter de la modernidad como desamparo, y el mecanismo que hace que las manifestaciones sociales provocadas por un cambio histórico sean a la vez su alimento.

[Publicado originalmente en noviembre de 2008.]