viernes, 12 de octubre de 2012

De la madeja enredada

En el comienzo Dios creó el canon
Eduardo Rabossi. Gedisa Editorial.

La comunidad filosófica
Michel Onfray. Gedisa Editorial.

No se trata de transformar al filósofo en un cosmopolita sin raíces, sino de concebir la filosofía como una caja negra, plena de sorpresas.
Robert Nozick en palabras de Eduardo Rabossi.

Ninguna idea es tan compleja como para no poder ser expuesta con palabras cotidianas.
Michel Onfray.

La filosofía está en crisis: que no pueda reencadenarse a lo cotidiano con sencillez ni resolver sus conflictos con las ciencias, son síntomas evidentes. Otro es que la gente común concedamos el título de filósofos a sociólogos, historiadores, o de plano a opinadores y optimistas con verborrea. Y denominamos filosofía un conjunto de principios o prejuicios o políticas, una idea de operación empresarial o nuestra manera personal de comportarnos. Esas filosofías son residuos de lo que intuimos debe abarcar la filosofía.
Lo que pasó, nos dice Rabossi, es que un día del siglo XVIII un montón de factores sociopolíticos (Napoleón, el nacionalismo, el romanticismo, etc.) impulsaron el idealismo alemán en la reforma universitaria que diera un lugar de privilegio a la facultad de filosofía, disciplina hasta entonces de la facultad de artes que, junto con las de medicina, derecho y teología, hacían la Universidad de Berlín. Así la filosofía se convirtió en una especie de ciencia de las ciencias y estableció una doctrina, un canon, y el modelo se diseminó por el mundo. Pero el imperio duró poco, una a una las ciencias se separaron y los filósofos perdieron el piso para quedarse en su castillo de cristal —la academia (europea)—, de donde no han podido salir —y hacia donde no pueden dejar de mirar quienes tienen algún interés en la filosofía en Latinoamérica.
De esa historia, de los canónicos, de los disidentes y aun de los transgresores, habla En el comienzo Dios creó el canon, que entre sus virtudes está un estilo interesante, partiendo de un cambio de perspectiva: no ‘qué’ sino ‘cómo’ es la filosofía y el filosofar. Aunque declara el autor: “me niego a recomendar una concepción personal de lo que debería ser la filosofía”. Sí lo hace, en cambio, Onfray, a quienes muchos lo clasifican como una especie de hippie, provocador o extremista, con gran éxito comercial. Revisionista de la filosofía y propugnador (con buenas razones) de una ateología, en su breve La comunidad filosófica. Manifiesto por una Universidad popular, propone recobrar el jardín de Epicuro, sitio de libertad, cooperación y creatividad para la sabiduría, cuyo acceso y avance no se rijan por los formalismos universitarios comunes (él ya ha fundado una primera escuela así en Caen, al noreste de Francia).
Sin duda Rabossi ubicaría a Onfray entre quienes defienden la “concepción frívola” de la filosofía, hecha de “asociación libre” y “malabarismos conceptuales”, pero coincide con él en que es necesario dar un tono naturalista a la práctica de la filosofía en una facultad “de inspiración exploratoria”; es decir, puesto que el orden de los problemas humanos pasan por la naturaleza (incluyendo los procesos mentales de la razón pura), ha de preguntar e intercambiar conocimiento con las ciencias sin asumir verdades previas. Es necesario decir que abiertamente Rabossi no se inclina por esa concepción, pero lo deja entrever al mostrarse entusiasmado por los “transgresores” Manuel Sacristán y Robert Nozick.
En suma, estos dos libros dan visiones complementarias acerca del desencanto que buena parte de los filósofos profesionales sienten por su disciplina, además de servir ambos como heterodoxa y entusiasmante introducción a la filosofía.

[Publicado originalmente en febrero de 2009.] 




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