Antonio Ortuño. Editorial Anagrama.
Esta es la historia de mi odio. […] Por fortuna, no aspiro a un público educado y biempensante —porque no lo comprendo y le temo—, sino a interesar a prejuiciosos, obscenos con sensaciones de culpa apenas controlables, que esperen a que nadie esté cerca para rebuscar suciedades en estas páginas
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A los lares de familia que comparte con Rubem Fonseca, Julián Meza, Fernando Vallejo y —sobre todo— Guillermo Fadanelli, por mencionar a cuatro latinoamericanos prominentes en materia de tremendismo, Antonio Ortuño ha traído aires de telenovela: en un microcosmos laboral cuatro personajes jóvenes, inevitablemente relacionados por el destino, de nombres peculiares (al menos los masculinos), viven un remolino de pasiones —amoríos, traiciones, envidias, venganzas ejemplares, etc.—, sólo que la situación de conflicto de clase no se presenta al modo tradicional de ‘muy ricos–muy pobres’ sino en el achaparrado ‘jefes–subalternos’.Y claro, funciona; mucho. Porque entre sus cualidades Recursos humanos muestra un reluciente manejo del ritmo, la intensidad, la hechura sin costuras en diálogos y situaciones por forzadas que sean, la construcción por demás ingeniosa de personajes y oraciones o sentencias como estas dos: “mi padre se limitaba a flotar en el horizonte, como una tormenta que jamás terminaba de estallar” / “no hay un pobre que no ansíe una gerencia”; aunque el engolosinamiento de pronto da paso al facilismo dotado de gravedad como en “El amanecer se arrastra hacia las ventanas cojeando como una vieja” / “relámpagos de luz suaves como el pecado” —ridículo, pues.
El gerente Mario Constatino, los supervisores Miguel Paruro y Gabriel Lynch, y la “de contabilidad” Verónica, trabajan para una empresa editorial (una imprenta) grandotota. La mayor parte de la historia transcurre en la cabeza y el papel de Gabriel pues trascribe todo —se dijera— en tiempo real (muy interesante juego de dislocación narrativa), aunque hay tres breves intervenciones de la cabeza de Mario. Él es el nacido perdedor (bajo de estatura, padres divorciados, hermana desahuciada, etc.) que envidia infinitamente al segundo, Miguel, nacido ganador (rubio, rico, dueño de aplomo y un Pontiac, etc.).
Pero, si bien por razones distintas, uno para maldecir su suerte y la del envidiado, el otro porque no puede dar rienda suelta a su gana sino acatar lo que su papá dice, ambos piensan en los mismos términos (despiadados, inmisericordes, malvados) y hasta gustan del mismo burdel y la misma secretaria, como si se intentara decir: la miseria humana sólo se maquilla pero nos iguala. Lo confirman Miguel, cuya amistad por conveniencia con Gabriel da frutos, sostiene gran parte de la historia y es el pivote que cambia la vida de éste; y Verónica, amante luego amiga y confidente de Gabriel, cuñada de Mario, enamorada y cómplice de Miguel desde la escuela…
La cosa trata de cómo Gabriel sube desde su mediocridad de empleado malpagado que cada fin de quincena pasa hambres, a la estupidez del ejecutivo bienpagado que no sabe en qué gastar su sueldote. Nos cuenta la ruta de su ascenso presumiendo de tan malo que lo exhibe y tan resentido que odia todo y lo dice cada tantas páginas —y al despistado le puede parecer que es cierto, lo que habla de la pericia de Gabriel Ortuño para generar verosimilitud, pero en realidad una buena proporción de lo que sucede se da… por inercia.
Recursos humanos, finalista del Premio Herralde de Novela, tiene lo que según se dice es para el éxito: violencia verbal, sexo, deprecio, sangre (la descripción del efecto inmediato de la venganza celosoíde de Verónica al final del segundo capítulo, el más largo, es apabullante, magnífica). Y hay espacio incluso para la reflexión serena, como en la página 40 sobre el “sentimiento de posesión”, de verdad interesante.
Debe destacarse la capacidad del autor para ubicar el equivalente en ambiente nacional de la quintaesencia de algunas tramas literarias y/o fílmicas exitosas, principalmente estadounidenses: el hartazgo–con–desquite de ser oficinista en Belleza americana y eso mismo más la vocación por la guerrilla urbana en El club de la pelea; la inmoralidad, la indolencia, el descaro ante el mal causado, las envidias por lo banal en ambientes hipernice, en American psycho.
Además de la sencillez o simplicidad con que todo ocurre (atentados y rediseños de oficina, acostones y madrizas, violación y asesinato, etc.; ¡cuánta maldad!), característica que da fluidez y emoción al relato, sobre todo lo que hará las delicias del lector con ensueños de revancha de clase y éxito económico y que por el momento sea como el primer Gabriel (empleado malpagado), es esa pretensión del personaje como un genial artista del mal y del daño que alcanza una meta, pero disfrazado de timorato, apocado. Hasta ahí llega su complejidad en blanco y negro… a menos que se trate de un impostor. Pero no. El simplismo de este personaje se podría enunciar como ‘un jodido descubre su sagacidad y gracias a ella renace en un señor hundiendo a quien presumía su señorío’. Justo a la inversa (y sin kitsch ni efectismos) de lo que sucede en La muerte de un instalador (1996), primera novela de Álvaro Enrigue, donde el rico escarmienta al artista pobre, pretencioso y arribista aplastándolo lenta, minuciosamente hasta lograr una obra de arte.
Las dos novelas pueden tomarse como reflejo de la desigualdad y confrontación (deseo de exterminio) de clases que domina al país, quién sabe Lo cierto es que los dos ascensos de Gabriel —o de quien sea en una compañía pudiente— bastan para cambiarle la vida, dada la diferencia abismal que es fama existe en México entre el sueldo de un empleado (supervisor) y el de su jefe (ejecutivo); no obstante, como también lo constata la realidad, un doble incremento salarial no le alcanza para incluirlo en un medio social de mayor distinción, teniéndose que conformar con la comparsa que es María, secretaria pobre, inteligente y bien canija, como él.
En Recursos humanos los ingredientes han sido sopesados para cocinar bien el pastel y adornarlo con gracia. Entretiene, retiene y hasta confronta al público con su condición de asalariado y sus pírricas evidencias de mejora (dice Gabriel y tiene razón: los “círculos celestiales”, de empresarios o dueños, “desde luego, no leen un carajo”, así que ellos no podrían ser confrontados por nada como esto; excepcionalmente, en cualquier caso).
Aún más —y sorprendente, ¡cómo no!—: la novela tiene un dispositivo que la desactiva (cabe la palabra, pues el relato incluye explosiones) en la página 166, donde Gabriel en una más de sus reflexiones cavila sobre las imposturas de quienes presumen lo que no tienen. Es entonces que se antoja pensar en una posibilidad disparatada: ¿Y si Gabriel fuera un impostor, si todo lo contado por él fuera mentira, una mera chaqueta mental con la que mejorar su autoestima? ¡Quedaría explicada la buena fortuna de esta historia: porqué todo encaja y sigue un orden exacto, porqué podría no suceder en una imprentota sino en Telmex o en un supermercado o en una transnacional o donde sea, porqué los meros jefes (altos directivos) son tan inalcanzables (no intervienen, complicarían innecesariamente lo perfecto de los círculos infernales), porqué parecen uno mismo los personajes masculinos Mario–Gabriel–Miguel, porqué Verónica es tan mujer–perfecta–de–muchacho–brioso (literalmente, de armas tomar —cabrona, como la prefieren los hombres—, buena madre, racional, conciliadora de amigos, celosa, obediente en la cama, más guapa que la secretaria sabrosa —con “olor a leche”—, “silenciosa y cortés”, aunque de voz “afectada” como “una vieja”), porqué no obstante el transcurrir–transcribir en presente, el personaje puede anunciar lo que sucederá “—que llegará, llegará—”…
Si Gabriel fuera ese impostor dotado para la fantasía, ¡pues que se haga novelista!
De apenas 177 páginas a letra grande, esta historia puede ser leída en una tarde de ocio con la seguridad de que dará para platicar —en plan cínico— y recomendar un buen tiempo. Aunque si se es flojo, espérese unos pocos años, no tardará en ser película (sugerente portada con muchacho de perfil a la Gael), a menos que esa industria en México haga lo suyo: ignorar historias bien armadas con elementos de potencial comercial. También se deja llevar con facilidad a ese género tan nuestro, la telenovela.
[Publicado originalmente en 2007.]
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