lunes, 1 de agosto de 2011

Lo sobrenatural se entraña

Sauce ciego, mujer dormida
Haruki Murakami. Tusquets Editores.

—¿Sabes, Junpei? En este mundo, todas las cosas tienen sus propios designios.

Escribir desde el entusiasmo con frecuencia propicia omisiones. Al reseñar la novela de Haruki Murakami Kafka en la orilla no revise la función de lo sobrenatural y la forma en que se resuelve la presencia de ese tipo de fenómenos inmersos en lo cotidiano. Con este nuevo libro suyo publicado en español, Sauce ciego, mujer dormida, hay oportunidad de hacerlo, aunque el fenómeno adquiere amplitud autorreferencial.
En los 24 relatos conviven tres lógicas. En la primera, la realidad cotidiana (el mundo) que ofrece al inicio cada narración es simple, sutil, y en ella el centro lo ocupa la respuesta de los personajes a situaciones simples o complejas a manera de un deber ser que no pesa: el gusto por la cocina, la soledad en un día de cumpleaños trabajando, el aprendizaje del duelo por la muerte de un hijo, el tedio de soportar la burocracia al buscar trabajo, una relación amorosa esquiva, cualquier cosa. En ese sentido, podemos decir que el tono es trágico: el deber (social, espiritual, legal, etc.) determina el apego a las costumbres, actúa con o —si es necesario— contra ellas.
A mejor palabra califiquemos de sobrenatural la segunda lógica que opera bajo sus propios designios, conviviendo con la anterior. No se trata únicamente de la inclusión de dimensiones alternas, espectros, vocaciones extraordinarias, sucesos mágicos, sino de su existencia determinando la realidad de lo personajes, realidad ésta que a su vez condiciona a aquélla en tanto que es su vehículo. Son realidades interdependientes: un hombre mira un fantasma en su propio reflejo en un espejo ilusorio; una serie de pasillos bifurcados son la ruta para conseguir empleo; un simio que roba nombres cambia el castigo que merece su delito devolviéndole la memoria a una mujer; unas llamadas telefónicas aparecen y desaparecen coincidiendo con una náusea constante; a una muchacha su jefe excéntrico le cumple un deseo que ¿en algo le cambia la vida? Esta pregunta expresa la peculiaridad de esa convivencia de realidades: la cotidianidad de los personajes se mantiene a pesar de recibir extrañezas, por otra parte inesperadas pero no por ello sorpresivas; ocurre como si el mundo o los personajes estuvieran predispuestos de manera natural a lo sobrenatural.
Hay una tercera lógica que unifica las anteriores, o para decir mejor, detona el espacio de intersección de las otras dos. Funciona a partir de los personajes y hechos secundarios que modifican, así sea imperceptiblemente, el desarrollo de los principales; justo en ese contacto empalman lo real y lo sobrenatural, donde la presencia del escritor Murakami como personaje es posible, si bien aparece en pocos relatos. Ese fenómeno (la ocurrencia del encuentro) es regularmente de apariencia irrelevante, sin embargo lleva la marca del presagio y genera la sensación de autonomía. Esa tercera lógica, que en alguna medida depende de la factibilidad de la unión de las otras y es la ligadura que lo hace posible, termina por dar coherencia a cada narración y permite al lector dar por hecho que es tan cierta como la anécdota que nos pueda contar un hermano o una vecina.
Un caso particular es, en efecto, la presencia fugaz de Murakami en algunos relatos, pues a partir de la primera ocasión su intervención ‘contamina’ la lectura (no es que moleste, por el contrario, como ya se verá) porque el lector presiente que Murakami está ahí en todo momento, pero imposibilitado para determinar sus historias, apenas para dar un matiz. En función de esto, podríamos decir que la tercera lógica genera la incertidumbre de un agente determinante y caprichoso, una variedad de autor. Quiero decir que el lector siente una especie de desamparo equivalente al de los personajes, cuyas existencias, al estar en medio de la reciprocidad de las lógicas mencionadas, dan la impresión de fragilidad.
El producto de esa relación íntima es que podemos, al terminar cada cuento, reflexionar con suma facilidad sobre los distintos aspectos de las historias —porque los conocemos, son como parte de nuestro cotidiano—: las reacciones de los personajes, cómo se dio tal o cual situación, etc. Si la reflexión nace de manera espontánea y así continúa, no costará trabajo tocar una conclusión, descubrir un mensaje o moraleja; pongamos cuatro ejemplos: en el relato “La chica del cumpleaños” podemos comprender que la única solución para la soledad indeseada es la familia; en “La tía pobre”, que la contundencia de las vidas ajenas nos sitúan más que la nuestra; en “Viajero por azar”, que el motivo diario de la vida es la casualidad o la coincidencia (el milagro); y finalmente, en “La piedra con forma de riñón que se desplaza día tras día”, que las presencias, lo mismo que las ausencias, esclavizan.
De hecho, si de alguna manera tuviéramos que interpretar el conjunto de estos relatos (incluso toda la obra de Murakami, pero esta afirmación temeraria y ambiciosa debería ser demostrada libro por libro) es precisamente con la afirmación que cierra el párrafo anterior: las presencias, lo mismo que las ausencias, esclavizan: la existencia presente o ausente de una persona, que puede ser uno mismo; de una idea, obsesiva, juguetona, desapercibida; de una desgracia, por ejemplo la muerte de alguien o la enfermedad en uno; de una vocación profesional o afectiva, y un etcétera tan abigarrado como las posibilidades de la vida. Cuando algo real o no se instala en uno con carácter de significativo profundamente, termina por someter la existencia entera: energía, ideas, deseos, incluso el pasado.
Como a los personajes de Murakami, la certeza o mera noción de la (no) existencia de algo o alguien ayer, hoy, mañana, anteayer, dentro de un mes o hace años, nos mantiene alerta pero fuera de nosotros, en una realidad que se antoja sobrenatural en la medida en que nuestra vida íntima (nuestras experiencias, nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, etc.) la podemos vivir plenamente como lo real inmediato sin relación con lo demás. Esos dos ámbitos, el de los otros (lo otro) y lo nuestro, simultáneamente están pegados y se mueven o deslizan hasta separarse, adquirir otra forma o ir a parar a un sitio distinto; pero han quedado afectados el uno por el otro de manera irremediable. No obstante, sólo un tercero puede hacer evidente esa unión: un observador, un escucha, un espejo, un fenómeno natural (el mar, por ejemplo).
Murakami se ha erigido como ese tercer elemento dentro de uno de los fenómenos más irreales, la literatura, para unir sus historias con las que nosotros construimos al leerlas. Al leer este libro suyo donde él es personaje sugerido por algunos relatos, se convierte asimismo en el vínculo de esa sobrenaturalidad, el cuento, y mi realidad como lector.
La maestría de Murakami no está en su genio fabulador, tanto así que de pronto puede ser ‘facilón’ (como en el final de Kafka en la orilla o el cuento “Conitos” en Sauce ciego, mujer dormida). El narrador japonés deslumbra por la habilidad para conectar dos realidades al hacer coincidir en el tiempo la creada por él y la del lector que lee, mientras que ese acto del lector las hace coincidir en el espacio. Así, el lector se mira como existencia paralela de la literatura, y eso entusiasma, engancha, produce la sensación de que leemos una obra tremenda.

[Publicado originalmente en mayo de 2008]



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