Entrevista con Rafael Lemus
Del cuento “Felicidad”.
La entrevista comienza por lo obvio: joven crítico literario publica libro con un epílogo donde aclara que esos relatos “son: tentativas para comprender la literatura por otros medios”, además de mencionar sus plagios —“muy evidentes”, agrega frente a la grabadora el autor Rafael Lemus (1977).
De trato sencillo, voz baja, tal vez tímido pero dispuesto a la pasarela de preguntadores varios días convocados por Tusquets Editores, Lemus espera sea visto su Informe (2008) “con el mismo grado de exigencia” que él empeña en sus críticas. Ahora ‘de pechito’ ante los críticos, el cuentista afirma no temerles ni a una posible vendetta de algún escritor maltratado antaño por sus opiniones: “Podría haberla, [pero] no voy a ser yo la persona que cuando salgan las reseñas se va a poner a decir que ocultan intereses mezquinos.”
El punto se agota pronto (ver cuadro) y qué bueno, se abre el tiempo de ahondar en los cuentos. Escritos en un “año, año y medio”, su asunto no son tanto las historias como el medio, unos textos difíciles de fijar cuando son los protagonistas quienes narran de viva voz en un estado que puede ser de abulia, verborrea, pasmo, delirio… Así se dejan entrever un monstruo a las órdenes de un encapsulado viejo crítico (ambos de circo), un individuo condenado a subibajar una escalera (anulada la luz) y un indigente ritualista (neoyorquino), por mencionar personajes de tres de los ocho cuentos que componen el libro.El intento exigió un grafismo ‘comado’ como mosquerío: “Si abusé de las comas es porque mi intención no era tanto contar como balbucear.” Pero ese tartamudeo bien escrito puede adquirir, para cierto lector, grado de poesía en prosa. Lemus sonríe: “Si algo no quiero hacer es prosa poética. Creo más bien que la belleza no debe de ser el fin último de la escritura, uno debe intentar expresar y ser elocuente y si se consigue, en el camino es muy probable que se logre cierta poesía.”
De origen politólogo, sin textos en el cajón a rescatar si muriera joven y con la intención de escribir un libro sobre la narrativa mexicana, el entrevistado concede que el título Informe alude a narraciones que “intentan combatir la forma tradicional” y a que sus personajes sólo declaran, notifican, reportan. De esta manera la función textual (ritmo, atmósfera, descripción, etc.) supedita la historia. “Si me tengo que definir —cosa que nunca es bueno— diría que soy un formalista. No soy una persona llena de historias, no me interesa aprovechar el género para confesar mis obsesiones y fobias […] creo que los cuentos son un género estupendo para experimentar y eso intenté. La mayoría de las veces tenía cierta prosa que fue sugiriendo los personajes y las anécdotas.”
—Aunque no en todos los casos…
—…hay dos o tres casos donde tenía la imagen de un personaje o de un escenario y fui desarrollando una prosa para utilizar esas imágenes.
—Sigues una presentación progresiva. En el primer cuento hay enigma al empezar. Uno no sabe siquiera si habrá historia. En la segunda hay un planteamiento de inicio, uno siente más confianza pero pronto se cierran las palabras. Y así, hasta llegar al último, “Tren”, donde ya hay una fluidez más de la historia. ¿Está pensado así?
—No, no lo pensé de esa manera, aunque sí es probable que “Tren” sea el más convencional de los ocho relatos, donde… Pues sin duda no es el texto, me importa más la anécdota, por lo mismo fue el texto que se escribió más fácilmente.
—Las moscas son un atractivo para muchos autores. ¿Papar moscas para crear cuentos?
—Sí, son un tema literario importante, ahí están “Las moscas” de Augusto Monterroso [en Movimiento perpetuo, 1972], por ejemplo. En mi caso escribo sobre moscas no por una devoción especial, sino porque me parece un pretexto tan bueno para escribir como cualquier otro. En el momento en que necesitaba un nuevo recurso dramático, que sentía que el personaje se tenía que enfrentar a una nueva circunstancia, no se me ocurría nada mejor que poner a dos o tres moscas y ver qué pasaba.
—O sea que sí papaste moscas. Pero no son centrales ni repugnantes, te limitas a mencionarlas.
—Algunos de esos cuentos tienen la intención de enfrentar al personaje con los elementos y la mosca puede llegar a simbolizar en mis cuentos, de alguna manera, a los animales todos.
—Por lo que dices me da la impresión de que te sientes muy capaz de fabricar lo que sea con el lenguaje. ¿O es la confianza nomás por la entrevista?
—No, por el contrario… Uno siempre suena pedante cuando está hablando de sus propios libros. No me siento nada confiado, si lo estuviera estaría escribiendo cuentos y no otras cosas donde sintiera que hay menores retos y riesgos. Y no, por el contrario: creo que todo escritor debe partir de la idea de que va a fracasar en lo que quiere decir y no puede ser dicho.
—¿Eso es real o es que es imposible dejar los lugares comunes?
—Todos son lugares comunes, yo sostengo lugares comunes, mis cuentos tratan sobre la soledad y la muerte y la desesperanza. ¿Pero qué no es un lugar común? Es un lugar común decir que la novela está muerta pero también lo es jurar que está saludable.
—Tus cuentos no casan con lo que pide el mercado. En lo tuyo hay sus cosas fantásticas, polisemia, experimento, rasgos existencialistas…
—No soy un fanático del género fantástico y si en algunos momentos empleo atmósferas fantásticas es porque quería desprenderme del costumbrismo. Me parece que la literatura mexicana es abrumadoramente costumbrista y a mí no me interesaba reflejar, no al menos en estos cuentos, la realidad cotidiana, por lo mismo sobrecargué en todo momento la tinta, volví a los personajes grotescos, las atmósferas oscuras y anécdotas imposibles. En ningún momento quiero que el personaje [sic] crea que lo que está narrado ahí es verosímil, me gustaría que nunca olvide que lo que está ahí son palabras y eso intenta ser literatura. Normalmente los escritores pretenden definir muy claramente a sus personajes, situarlos en una época concreta, y yo intenté lo contrario, desdibujarlos, dejarlos imprecisos, un poco por lo mismo: para desprenderlos de la realidad.
—Y esto es una convocatoria a las emociones, si antes no llega el aburrimiento. No tenemos lo físico pero algo ahí se va acumulando…
—…que es la adicción del minimalismo: mientras más elementos quitemos más intensas se pueden poner las cosas. Eso lo logra Carver, por ejemplo, y yo no diría que lo logro yo —para que no me sigas tachando de pedante.
—Bueno. Decía: en tus relatos “Crítico”, “Nieve”, “Mar”, incluso en “Tren” hay algo que encuentro en pocos libros: ternura, a ratos mucha. ¿Lo quisiste hacer o salió de chiripa?
—Pues me da gusto que veas eso. Aunque creo que sí impera el tono lúgubre, también es que hay algunos narradores completamente ingenuos, el mundo les parece una maravilla, especialmente en “Mar” intenté demostrarme que era capaz de crear un cuento a la luz del sol, y es el único de los personajes que consigue lo que se impone hacer.
—Cuando las historias no refieren lo inmediato pueden verse como metáforas políticas, sociales, etc. “Tren” parece una alegoría social tremenda, y “Escalera”, existencial, etc. ¿Hay alguna intención de ese tipo?
—Sí. Hay ciertas intenciones alegóricas y me gustaría que los lectores pudieran leer los relatos de esa manera, pero no soy la persona para decir qué simbolizan ciertas cosas ni qué pretendía con cierta escritura. Y si otros lectores gustan leer el libro literalmente, también me parece bien porque muchas veces cuando una mosca vuela no es más que una mosca volando […] Me interesa también mucho lo material, las sensaciones físicas, el movimiento.
—A propósito, y por último, ¿qué hay de los objetos? Están como muy escogidos.
—Me interesan los objetos —supongo— porque me interesa narrar el presente. Para mí el gran reto literario es narrar todas las sensaciones físicas que concurren en un instante, y en el presente lo más evidente no son emociones sino sencillamente las cosas que están. Por eso y quizás por lecturas del nouveau roman o algo, siempre me han interesado los objetos en la literatura.
Crítico narrador en su labia1. “Hago crítica y narrativa simultáneamente, no son ejercicios que se contrapongan. Y mi situación no es particular, todos los escritores son, o uno supone que son autocríticos, que se exigen mucho, que tienen miedo de poner sobre la mesa un libro dócil e insignificante.”
2. “Me seguirán pareciendo ridículos los escritores que digan que se van de una reunión porque tienen una cita con sus personajes. Soy el menos bohemio y romántico de los críticos. No, para mí los personajes son suma de palabras.”
3. “Creo que ese es uno de los motivos principales por los que escribí este libro: las ganas de entender cómo se escribe [ficción], para leer mejor. Pensaba que era muy posible tener algunos principios literarios y ejercerlos sin problema en un cuento. Me doy cuenta de que hay muchas sorpresas en el camino.”
[Publicado originalmente en marzo de 2008.
Foto del autor por cortesía de Tusquets Editores.]
Foto del autor por cortesía de Tusquets Editores.]
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