miércoles, 27 de julio de 2011

Cada quien su eternidad

El Mar de la Fertilidad, Yukio Mishima
Tetralogía compuesta por Nieve de primavera, Caballos desbocados, El Templo del Alba y La corrupción de un ángel.


Te ves atrapado en un círculo más grande que los cielos y todo lo demás carece de importancia. Has descubierto que sólo nos han enviado a pastar. Animales ignorantes a quienes se ata largo.


Una de las ventajas de leer obras escritas mucho tiempo antes es que nos sorprenden sin los prejuicios de los comentadores del momento, la crítica inmediata. En el caso de Mishima, sin embargo, la comprensión de sus novelas es mayor cuando conocemos su vida, pues pocos como él supieron unir el arte que desarrollaban a su biografía, y excepcionalmente lo hizo con El Mar de la Fertilidad, suma de madurez literaria, concepción del Japón (del siglo XX) y testimonio de una posición vital excepcional. Es una moderna saga —en el sentido de “relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones”— donde lo sobrenatural se oculta en la ausencia de aventuras que no sean la necesidad de comprender lo que (nos) sucede, o de hacer nuestra vida enmarcada por la suma a cero de nuestra humanidad, y nada más.


Shigekuni Honda es el hilo conductor y testigo de la historia que abarca de 1912 a 1974, de su adolescencia a su vejez. El primer tomo se centra en la relación a ratos tormentosa, ridícula, pasional o aburrida, neurótica en todo caso, entre Kiyoaki, amigo y compañero escolar de Honda, y Satoko, jovencita de inalcanzable delicadeza y belleza (diríase de porcelana), adiestrada por su mañosísima dama de compañía para la finura del engaño. Con ayuda de un Honda en las coordenadas de lo pusilánime —lo salva su capacidad de estudio y paciencia—, la fuerza amorosa de la pareja es capaz de poner en riesgo el honor del príncipe con quien está comprometida Satoko, y todo se precipita por la acción de las familias nobles ya a la usanza europea que quieren evitar el desastre. Este primer libro termina cuando, después que Satoko abandona la mundanidad haciéndose bonzesa, muere Kiyoaki en brazos de Honda anunciándole que volverán a verse.
Nieve de primavera es el relato de la fragilidad del amor pese a la fortaleza de sus convocantes, en este caso el voluntarioso Kiyoaki y la caprichosa Satoko, poseedores de una inercia destructiva como el correr del tiempo, que pasa de una estación del año sin dejar apenas el recuerdo de la anterior.


En el último tercio del siglo XIX, la era del emperador Meiji da fin al shogunado, régimen de tipo feudal donde la máxima figura era el emperador o shogun, asumido como descendiente de los dioses. La reforma, provocada en buena medida por la coacción en 1853 de una flota estadounidense que obliga a Japón a comerciar, permite la llegada de ideas liberales al tiempo que termina con los privilegios de los samuráis. Sin embargo, algunos grupos quisieron restablecer la tradiciones políticas y sociales del antiguo Japón; uno de esos grupos, armado con sables, fracasó en 1876 en su intento de tomar el principal cuartel militar, y mueren sus integrantes en la batalla o se suicidan posteriormente.
La anécdota de esa liga de samuráis es retomada por Mishima haciéndola leitmotiv de la segunda parte de El Mar de la Fertilidad. El capítulo nueve de Caballos desbocados reconstruye a manera de novela independiente la historia de La Liga del Viento Divino (jóvenes briosos, como potros desenfrenados); la lectura de esa novelita imbuye a realizar un proyecto similar al personaje principal de Caballos…, Isao, portador del espíritu de Kiyoaki, pero lo voluntarioso de éste se ha tornado ideal y esfuerzo. Experto en el kendo, Isao forma su propia liga para revertir la podredumbre de Japón a manos de los capitalistas asesinando a su principales exponentes.
La sociedad japonesa antes de la 2ª Guerra Mundial es descrita con unas enormes contradicciones sociales e ideológicas. Honda, en ese momento de 38 años, quiere disuadir a Isao, salvarlo como no pudo hacerlo con Kiyoaki, pero se lo impide su carácter anodino. Juez envuelto en la razón, lentamente la reencarnación de su amigo lo lleva a dudar de la realidad. Isao es hecho prisionero y llevado a juicio con sus compañeros. El abogado Honda renuncia a su puesto para tomar la defensa del grupo. Logra librarlos de la cárcel, pero no detener a Isao en su afán de sacrificio. Muere, como Kiyoaki, a los 20 años. Honda está seguro de que volverá a encontrarlo en otro cuerpo.


Así sucede casi nada más empezar la tercera parte de la saga, El Templo del Alba. Por su trabajo como abogado de asuntos comerciales, Honda viaja a Siam (antiguo nombre de Tailandia) donde conoce a la princesita, una niña dejada en palacio por sus padres de viaje en Europa; la consideran desquiciada porque dice ser de Japón, y así lo afirma ante Honda mismo, incluso le ruega que la lleve con él. Honda se rehúsa, pero antes de abandonar Siam viaja a la India y atestigua entre fascinado y horrorizado algunos rituales sagrados. Es el principio de su inquietud por comprender los misterios de la transmigración de las almas.
Honda regresa a Japón, se entrega al estudio de la reencarnación. Los años pasan, la princesita Ying Chan casi ha cumplido 20 años, llega a Japón a estudiar y ahí coinciden los dos personajes. Honda ya es acaudalado (como uno más de los que quiso exterminar Isao) y puede pasar sus días tranquilo en su casa de descanso junto a su esposa insulsa. En este libro aparece Keiko, mujer de inteligencia asombrosa y actuar relajado, acomodada a los privilegios de ser amante de un capitán de la ocupación estadounidense tras la 2ª Guerra Mundial —que apenas se menciona en el novela.
Una consideración especial merece este libro. En él se conjugan dos aspectos sorprendentes: por un lado, un desparpajo del escritor para poner al lector frente a tediosas explicaciones de los sobrenatural; por otro, la gran capacidad para presentar la carnalidad en algunas de sus formas de mayor efecto: el desembarazo (un moralista diría: la amoralidad) de la sensual y lujuriosa Keiko, el voyeurismo del viejo Honda facilitado por los encuentros al aire libre de ciertas parejas, la frivolidad sexual de Ying Chan, una poeta sin talento que —sometida a otra— lamenta incansablemente la muerte de su hijo como acicate erótico, la imaginación inflamada de un literato mediocre pero que, para sorpresa de todos —en especial del lector—, puede crear el País de la Granda, donde el erotismo da un paso después de Sade haciendo de la belleza, el placer, la muerte y el tiempo social, “la unificación de lo pasajero”, una sola condición.
Al terminar una fiesta donde los mencionados y otros menos relevantes han departido alrededor de una piscina en una reunión muy a la gringa, un incendio acaba con la casa de descanso de Honda con un resultado harto significativo: mueren la poeta y el literato. En todo esto nada parece acercarse a la historia que se nos venía contando en los dos volúmenes anteriores. La continuidad está dada por sutilezas: los característicos lunares en los cuerpos de los reencarnados; un anillo perdido por un príncipe de Siam décadas atrás, cuando visitó Japón con su primo y convivieron con Kiyoaki y Honda; la banalidad y progreso al que se enfila Japón, y sobre todo —claro está— Honda mismo, o más bien, sus elaboraciones mentales que intentan empatar en un flujo continuo las vidas de Kiyoaki, Isao y Ying Chan.
Finalmente, la princesa regresa a su tierra. De hecho, pasan años antes de que Honda se entere de la muerte de Ying Chan, y a diferencia de las dos ocasiones anteriores, en ésta el espíritu se libera por un golpe anodino del destino: la mordida de una serpiente mientras Ying Chan está a solas en el jardín; no hay palabra o acción significativa como en los personajes anteriores previa a su muerte, tan sólo una risa rara.
El Templo del Alba se titula así por un edificio sagrado en Siam. Alude, quizás, también a la oposición con el ocaso: en el amanecer todo es posible, promisorio, la muerte y la gracia, la estupidez o la promesa frustrada, la grandeza o la venalidad. Ying Chan fue de pequeña sensible, mágica, y no obstante contener un espíritu fuerte y rebelde, se convirtió en una joven indolente, ni siquiera dotada de veras para el hedonismo.


El lector abre el cuarto libro dudando, desconfiando de cómo concluirá El Mar de la Fertilidad.
La corrupción de un ángel comienza con el mar. El adolescente Tôru es eficiente, solitario y malévolo a la vez que noble; es el único que aguanta a una loquita feísima que atribuye todos sus males a su extrema belleza; está encargado de una torre de vigía, su trabajo es avisar del arribo de los barcos. Un día es encontrado por el millonario y ya anciano Honda, para entonces viudo e inseparable de su gran amiga Keiko; cree reconocer en él el espíritu de Kiyoaki.
El título de este libro alude a leyendas antiguas donde la muerte de los ángeles se anuncia por cinco signos, escalones de su decadencia, y por ahí se cuela una descripción que sin mucha imaginación recuerda la muerte de Ying Chan. Uno de esos signos es la llegada de las sombras, la penumbra, la ceguera que está implicada en el futuro de Tôru.
Con destellos de sabiduría que ha adquirido con los años, pero para la que no está dotado realmente, Honda ya es demasiado viejo para dudar aplicando la razón, así que decide —en caliente— adoptar a Tôru y hacerlo su heredero. Piensa que si no se ha equivocado habrá de morir llegando a los 20 años.
Tôru más que malo es canijo, el lector se acuerda por momentos de Kiyoaki, pero algo no encaja. Tôru anhela que el anciano muera para enriquecerse con la herencia; hace daño a otras personas, incluso golpea a Honda una vez, sólo que en su vanidad lo que él cree una disposición genial para el mal es en realidad el poder que le da su posición social regalada. El lector no acaba de entender qué sucede, si en efecto es la nueva reencarnación de aquél espíritu. Mientras, Tôru alcanza la edad para conducir un coche deportivo y Honda se dirige a la decrepitud. Keiko entra en escena, confronta de manera formidable a Tôru, el joven arde, quiere comprobar a toda costa lo que la anciana le descubre. De esa manera desata su propio destino, una fulminación.
Honda apenas puede con su cuerpo y alma, se encamina a la muerte de cáncer y por fin se decide a realizar un viaje pospuesto por 60 años: visitar a la ya abadesa Satoko, la mujer de su amigo Kiyoaki. La encuentra anciana pero irradiando juventud. ¿Es la sabiduría? La plática es breve; para Honda, desconcertante, y para algunos lectores puede ser esclarecedora, para otros inútil y para unos más trascendental. Las palabras de Satoko le quitan densidad a los cuatro tomos, a Honda mismo, a la reencarnación, a todo. Podríamos decir que diluye el mundo y la literatura.

Yukio Mishima era el nombre de escritor de Hiraoka Kimitake. Se suicidó a los 45 años mediante el tradicional suppuku. Habiendo previamente arengado a los militares para regresar al antiguo orgullo japonés, se abrió el vientre con una daga del siglo XVII y fue decapitado por un ayudante que le siguió también por seppuku, como dicta el ritual. Así dio fin a su plan que incluyó la reconstrucción y perfeccionamiento de su cuerpo y espíritu; la creación de un ejército de cien hombres educados bajo la tradición samurái, al que nombró Tatenokai (o Tate No Kai, Sociedad de Defensa o del Escudo), para rehabilitar “la llama perdida del espíritu de los guerreros”; la proyección de su genio y figura mediante el teatro, el cine y la exposición de iconografía de sí mismo en un centro comercial.
Conoció la cultura de Occidente y Europa, sobre todo Francia, pero al parecer no corrió con buena suerte en esas calles. Presumía homosexualidad, pero se casó y tuvo hijos. En 1968 el Premio Nobel pudo ser para él, pero fue concedido a su compatriota Yasunari Kawabata, quien lamentó que no hubiera sido al contrario. El último día de Mishima, 25 de noviembre de 1970, escribió las últimas líneas del cuarto tomo de El Mar de la Fertilidad y metió el manuscrito en un sobre destinado a su editor; junto, una nota: “La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre.”

El Mar de la Fertilidad es una zona de la Luna infértil. Algunos han visto un pesimismo a ultranza en su obra, la versión literaria japonesa del existencialismo, el término de una ruta de vocación por la nada o la muerte. Así lo vio la magnífica escritora belga Marguerite Yourcenar en su libro Mishima o la visión de la nada, también lo concibe así el novelista norteamericano Henry Miller en su Reflexiones sobre la muerte de Mishima. Es cierto que tres de los temas predilectos del suicida japonés fueron la juventud, la violencia y la muerte; habría que agregar la sensualidad, la voluntad y la belleza, y podrían mencionarse más. Ambas tríadas son signos y son obsesión de todas las civilizaciones. Pero en el contexto de la antigua tradición japonesa la muerte por suicidio obedece a razones de honor, vitalidad, virilidad, trascendencia… Concepciones afirmativas de la vida.
Las novelas de Mishima, y especialmente la tetralogía de El Mar de la Fertilidad, dan cuenta de una vocación romántica por la muerte, pero siempre desde el vigor y la rudeza de sus principales personajes, entregados a la vida; hablamos de una entrega absoluta, a muerte; y de una vida que gobierna a los personajes, una vida que es carne, espíritu, obsesiones, sueños, abyecciones… La contraparte es Honda, ¿por qué? Su vida es como la de tantas personas, insípida, encarrilada por las vidas de seres más potentes. Honda, como muchos, es espectador. Y como muy pocos, verdadero testigo: ¿cuántos se aventuran a comprender la vida, aunque en ello el fracaso esté garantizado? Pasa sin dejar huella pese haber sido testigo de fenómenos maravillosos.
La reencarnación, los fantasmas, la fe (por lo tanto, el dar por hecho la existencia de Dios o de dioses), el amor, las sensaciones, pasiones, pensamientos y experiencias humanas, todo cuanto ocurre en lo humano, es un mar fértil y promisorio, a la vez que está condenado a la nada. La literatura es la prueba. Esa nada la nombramos así a falta de otra palabra, pero es flujo, o mejor, el vaivén del mar, el fin natural. Eso: natural.
La fertilidad del mar humano no está condicionada por un destino fijo, un lugar al que llegar por mandato. ¿Cuál es el destino del espíritu transmigrando en las cuatro novelas de El Mar de la Fertilidad? Honda se ensimisma en sus reflexiones para entender el fenómeno sobrenatural que le toca atestiguar, como se entrega al voyeurismo; igual se aboca a su voluntarismo Kiyoaki, a sus ideales Isao, a su frivolidad Ying Chan, a sus caprichos Tôru. Y nada más. El destino es el flujo.

Acaso lo que ocurrió con Mishima es que el personaje que forjó en él mismo, refundió joven en su novela Confesiones de una máscara y llevó como concepción holística a sus últimas consecuencias en su proyecto político, fue la manera de expresar que la única nada que es cierta —que es algo— es únicamente la vida elegida y entregada. La clave de El Mar de la Fertilidad está en el ritual como afirmación de la vida (Isao), o en la entrega a la fuerza vital que lo rige a uno (Kiyoaki, Ying Chan), o en la sabiduría sólo posible si uno se aleja de la banalidad (Satoko). El ritual también lo encontramos en muchas de sus otras novelas.
Limitadas por la traducción en la que se pierde la mayor parte del estilo del autor, en sus novelas vertidas al español queda suficiente materia para que el lector acceda a la capacidad literaria de Mishima: además de la trabazón de las situaciones y sugerencias interactuando por todas partes, los personajes más vistosos se nos presentan enteros, complejos, sorprendentes.
Con Mishima nos topamos con la literatura de lleno.

[Publicado originalmente en marzo de 2008.]



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