Ante la avalancha de novedades editoriales, reediciones, descubrimientos personales, etcétera, Christopher Domínguez Michael (1962), crítico literario con 25 años en el oficio, enfrenta el reto de no perderse en la dispersión procurando “que mis artículos de cada año tengan cierto futuro como libros”. Pero no siempre es afortunado su intento de “mejorarlos” o reescribirlos “y muchos de ellos van a la basura”.
Firmado por él y salido al mercado a finales de 2007, el Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955–2005) recoge, de sus libros anteriores, “fragmentos que me parecía que seguían siendo interesantes para mí, y desde luego para los lectores”, más artículos nuevos sobre una “lista de los autores que a mí me gustan, que a mí me interesan, que a mí me importan, y sólo de ellos, sobre los que yo no había escrito o sobre los que había escrito páginas que ya no me parecían convincentes”. Esos ensayos, explica su autor en entrevista y en el prólogo del Diccionario, fueron redactados y publicados como “versiones preliminares” en el suplemento El Ángel de Reforma y en la revista Letras Libres, entre 2003 y 2007.
Christopher Domínguez enfatiza que “este libro es dos cosas que queda perfectamente claro en el prólogo: es un diccionario de autor donde se exhiben de la A a la Z los gustos de un crítico literario, y es una autoantología porque en varias de la entradas del diccionario se recogen textos que yo ya había publicado en los últimos 15 o 20 años, en libros que ya no se encuentran —algunos”. Describe el propósito de su actual novedad editorial aprovechando la respuesta a la primera pregunta de la entrevista acerca de su método de trabajo general como crítico.
Será que ronda el ambiente la crítica durísima de Víctor Manuel Mendiola aparecida en el suplemento Confabulario de El Universal el sábado 12 de enero de 2008, donde se califica al Diccionario de “publicación complaciente y plena de pretensiones”, que decepciona la expectativa de su “título comprometedor” al dejar fuera a muchos escritores y al no equivaler la extensión de las entradas o notas con la importancia literaria del autor en turno. Para Mendiola, dado que “la mayor parte de los compañeros, amigos y directores o guías de Domínguez se llevan generosas revisiones” mientras que otros apenas tienen espacio o no aparecen, “algo está torcido” en esa “publicación no sólo tan precaria y carente de profesionalismo, sino tramposa”, y que debió llamarse simplemente “‘Mi diccionario’ o […] ‘Mi selección’ […] o ‘Diccionario de autor’”.
Tras explicar que sobre todo un crítico está obligado a oír y pensar las voces que analizan su trabajo, Domínguez manda a sus reprobadores a la contraportada: “No es necesario ir al prólogo, sino en las tres primeras líneas de la cuarta de forros dice: ‘El Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955–2005) es, al mismo tiempo, una antología personal y un diccionario de autor.’ Más claro no puede ser. […] Me ha sorprendido mucho que la palabra diccionario esté patentada por no sé quién, que sólo pueda usarse restrictivamente. ¿De cuándo acá no hay libertad para ofrecer mis propios artículos en orden alfabético? Cómo se hizo el diccionario se menciona en el prólogo, yo no veo engaño posible, y la literatura contemporánea está llena de esta clase de libros.”
Ejemplifica con el “que salió en Inglaterra del crítico literario del London Review Books que se llama Clive James, que es bastante parecido” (titulado Cultural amnesia: necessary memories from history and the arts, 2008). Por otra parte, “yo no estoy ofreciendo en ningún momento imparcialidad ni equidad. La idea de que el crítico literario tiene que ser garante de la equidad en la república de las letras como si fuera el director general del IFE, es una idea absurda que no tiene que ver con cómo funciona la literatura o cómo funciona la crítica, esto es una cosa subjetiva y es una cosa de gustos.
”Ahora, ya en el tratamiento de cada autor, hay diferencias de grado. Se ha dicho: porqué autores contemporáneos míos tienen más páginas que autores mucho más importantes en una historia literaria. Esto también remite a cómo funciona la historia de la literatura: la principal atención de un escritor siempre está dirigida a lo que lo rodea. ¿Quiénes nos rodean? Nuestros amigos y nuestros maestros o aquéllos entre nuestros adversarios más presentes. Voy a poner ejemplos: Octavio Paz obviamente escribió más páginas sobre Xavier Villaurrutia […] porque Villaurrutia fue su maestro. Jorge Cuesta, de su obra que fue escasa, pues dedicó varios artículos a José Gorostiza, que era su amigo […]. Y todos ellos le dedicaron mucho espacio, como era obvio, a López Velarde. […] Ahora, que la importancia de un autor o su celebridad o su posteridad se mida porque se le dedican 35 líneas o 400, pues es una manera un tanto pobre de ver el asunto.”
La posición de Mendiola no es la única ni la más acerba, en ese tenor destaca la exigencia de Guillermo Samperio —narrador no incluido en el Diccionario— hecha a la dirección de la editorial Fondo de Cultura Económica mediante carta abierta publicada en El Financiero el pasado enero [de 2008], de sacar de librerías el volumen. También ha habido al menos una recepción entusiasta, la de Rafael Lemus, en Letras Libres de noviembre de 2007 —“pertinente […] con mucha claridad, y yo diría incluso que generosidad”, dice Domínguez—. En su texto Lemus identifica en su colega “tenaz responsabilidad intelectual”, no sin señalar el talón de Aquiles: “Mala noticia: existen las obras marcadamente formalistas y entonces Domínguez Michael se desploma.”El aludido contesta en la entrevista: “Yo soy un crítico, por razones de formación intelectual, más cercano a las disciplinas de la historia y de la sociología y del seguimiento de la vida pública de los intelectuales, que aquellos que se han formado más en el manejo fino del lenguaje, la crítica lingüística, la retórica, etcétera.” Mendiola, en su artículo de Confabulario, recrimina a Domínguez su insensibilidad y carencia de gusto al seguir abordando la poesía “que no comprende”. Domínguez dice de Zaid en su diccionario: …“su capacidad de enseñar cómo funciona la poesía a espíritus prosaicos como el mío”.
Visto lo anterior, se le pregunta cómo enfrenta sus limitaciones al ejercer de crítico: “Yo confieso con bastante facilidad los puntos en los que me siento incómodo, los que ignoro, aquellos que siento que mi opinión no es del todo fuerte. Una cosa que hago que me criticaron mucho hace 15 años cuando saqué la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX —no sé si ahora me lo van a volver a criticar— es que yo me apoyo mucho en lo que otros han dicho, es decir, cito. […] La tradición crítica se acumula a partir de las opiniones que van escribiendo los lectores, los críticos; entonces, cuando yo siento que alguien ya dijo las cosas mejor que yo, cito, gloso, parafraseo.”
A este crítico se le ha llamado (Lemus lo hace) reseñista en tiempos en que se acusa una baja en la apreciación inteligente o crítica de las obras. Domínguez recuerda a Jorge Luis Borges, quien a finales de los años 30 reseñaba en pequeñísimos espacios libros para una revista de moda femenina. “Yo me he educado o yo he escrito con la ilusión de algún día llegar a escribir reseñas tan breves, tan consistentes, tan venenosas, tan punzantes, tan iluminadoras, como esas que escribía Borges”, agrega.
Para Domínguez, el crítico tiene que vérselas con la memoria tan veleidosa: “Uno se encuentra con sorpresas a veces que parece que es otra persona la que escribió.” Tanto —continúa— que de pronto descubre que publicó una nota en contra de un libro que pasado el tiempo recuerda que sí le gustó, o al revés. ¿Será que al fin pervive el prejuicio? “Yo creo que una de las actividades del crítico literario es trabajar con sus prejuicios, y esto implica el esfuerzo permanente, que no siempre llega a buen puerto, de buscar con más interés la literatura que aparentemente no nos gusta, que los prejuicios tienden a rechazar.” ¿Y cómo hay que recibir las opiniones que se oponen al juicio que uno vierte sobre determinada obra? “Basta que aparezca un lector más sensible y nos convenza para que uno sienta esa horrible sensación de que cometió una especie de daño irreparable —irreparable en el sentido de que está impreso.”
De ahí que cuando escribe de un autor se aboque a obtener “información amplia sobre su obra”. Y junto con esa necesidad, la crítica literaria conlleva, “muchas veces contra lo que se piensa, la transmisión de un entusiasmo. El crítico debe, no siempre lo logramos, poner en la hoja de papel toda la pasión, toda la inteligencia y toda la belleza que sea capaz de poner, al hablar de una novela, de otro crítico literario o un poeta, pues está ante un desafío estético, ante una actitud de obligación frente a la lengua, idéntica a la de ellos”.
En suma, ¿cómo debe recibir la crítica violenta un autor? “Sentimos que los libros están muy desamparados, y si hay ruido en torno a una obra yo creo que el que acaba, más allá de las vanidades que acaben siendo heridas, sea la mía o la de cualquier otro autor, el que acaba ganando es el lector y los libros circulan, y si podemos ganar un poco más de audiencia con estas tormentas, es bueno.”
[Publicado originalmente en febrero de 2008.]
No hay comentarios:
Publicar un comentario