martes, 31 de mayo de 2011

La democracia es una kermés

La democracia en América Latina, un barco a la deriva
Varios autores
(Waldo Ansaldi, director). Fondo de Cultura Económica.


En pocas palabras, estamos dentro de un proceso que ofrece democracias de pobres y democracias pobres, más cerca de la precariedad que de la fortaleza.


México es singular pues a diferencia del resto de Latinoamérica tuvo un régimen que vio casi la totalidad del siglo XX, del cual se nutrió y al que aportó un espécimen político estudiado en las principales universidades del mundo: el priato, apoyado en la cultura por él creada y fomentada, el priísmo. Sin ser formalmente unipersonal, unipartidista, golpista, militarista, dictatorial ni otras características que pueden verse en la historia del mundo, supo tomar lo esencial de ellas y añadir algunas más, amalgama que derivó en una cultura nacional de la corrupción todavía vigente.
Sin embargo, haciendo a un lado esa singularidad México comparte en gran medida los elementos de la situación sociopolítica contemporánea con el resto de la región. El principal (y al que hace referencia el epígrafe de esta nota tomado del prólogo del argentino Waldo Ansaldi, coordinador del libro) es la fragilidad de su democracia debido a las enormes desigualdades económicas, sociales y culturales en los diferentes países.
Contradictoriamente, al tiempo que son su principal amenaza, esas características apuntalan la democracia misma, como argumenta el mexicano José Luis Velasco en su ensayo “Democratización y conflictos distributivos en América Latina”. Dicha amenaza está dada no tanto porque pueda estarse caldeando una revolución, algo improbable en nuestros días, a lo sumo cabe esperar la constante manifestación popular que por momentos adquiera tintes violentos (EPR, por ejemplo) o de tal amplitud que sea capaz de derrocar un gobierno completo (Argentina en 2001).
El peligro mayor es otro: la decepción por los escasos, nulos o hasta retrógrados efectos de la democracia, que se presume tal por la sola alternancia de los grupos de poder mediante elecciones de dudosa equidad; se favorece propuestas políticas que paliativa, simbólica o temporalmente son capaces de presentarse como democráticas —porque llegan al poder por el voto—, resolver un poco de la frustración popular ahondando ciertos derechos políticos con la promesa de justicia social, pero exhibiendo pronto sus tentaciones o intenciones.
De hecho, las desviaciones, contradicciones o problemas de los regímenes democráticos han obligado a los politólogos a ampliar la ‘etología’ de la democracia, y hoy encontramos que —según un solo autor, Robert Dahl— puede ser electoral, liberal, avanzada o estar a medias (“semidemocracia”; asimismo, es digno de mención que hay quien ha encontrado más de 500 adjetivos para adecuar la democracia a cada caso en el mundo). En estos momentos el ejemplo más evidente de régimen semidemocrático (entre democracia y autoritarismo) se ve en Venezuela. El chavismo representa uno de los grados más agudos de decadencia de la democracia que todavía es —muy probablemente, a pesar del presidente.
Al respecto, y para quienes piensen que este libro puede ser pro–esto o pro–lo–otro, es necesario resaltar la pluralidad de perspectivas que reúne. Y sin duda el mejor ejemplo lo ofrece el tratamiento del mencionado y conflictivo gobernante sudamericano. Leyendo el primer ensayo —que da título al libro— uno se percata que el gobierno de Hugo Chávez no es populista sino de talante dictatorial con “formas populistas de hacer política”, distinción que puede sonar chocante pero que sirve para no igualarlo con, por ejemplo, los populismos de Lázaro Cárdenas en México, Juan Domingo Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil (ya no digamos con los populismos estadounidense o europeos), los tres de la primera mitad del siglo XX y con simpatías mundiales.
En realidad, a la conclusión de que Chávez es un dictador se llega debido a los aspectos teóricos expuestos en el texto de Ansaldi, quien por lo demás muestra esperanza por la ruta de Chávez; su posición es justificable porque el escrito es de 2005 —como la visita a Venezuela del filósofo italiano Gianni Vattimo, quien también creyó ver en el chavismo una “democracia sustancial” y no con malos argumentos—. Pero basta avanzar unas cuantas páginas para encontrarse con la intervención del venezolano Germán Carrera Damas (“Sobre democracia en las sociedades latinoamericanas contemporáneas”), quien sin dejar de calificar al chavismo como “vector demagógico al más rancio autoritarismo militar”, explica cómo el actual régimen todavía se encuentra en las coordenadas de la democracia. Ni modo: se nos olvida que la democracia no es perfecta, nunca lo ha sido, por más que ciertos ánimos sostenga que puede serlo.
Otra paradoja más es puesta en evidencia por el mencionado Ansaldi, y su raíz es muy profunda. Buena parte de las perversiones y la inestabilidad que la democracia latinoamericana ha sufrido tiene raigambre en su historia económica, específicamente en las formas privilegiadas de producción derivadas de la Colonia: la plantación (con esclavos), la hacienda (con siervos) y la estancia (con asalariados); ahora bien, el desarrollo del poder político una vez llegada las independencias nacionales tuvo que anclarse en los señores, caciques y terratenientes, quienes a la postre derivarían en burgueses que muy poco tenían en común con sus pares europeos.
Así, mientras que en Europa la revolución burguesa de los siglos XVIII y XIX pugnaba por abatir los privilegios de aristocracias y noblezas, ampliar las libertades y la ciudadanía, en América Latina la burguesía iba en sentido contrario, asumiendo privilegios autoconcedidos, apuntalando regímenes y discursos sociofilosóficos que le garantizaban mantenerse como lo que ya era, una oligarquía. Con el siglo XX esa oligarquía cambió algunas apariencias, pero nada más; en el fondo —y muchas veces con la intervención de Estados Unidos—, los ricos latinoamericanos son profundamente antiliberales, antiigualitarios, antipolíticos y antidemocráticos. De esta manera la paradoja está en que la democracia liberal (o capitalista) ha quedado en manos no de sus enemigos, quienes por su acción en ocasiones fortalecen la democracia misma, sino de arribistas que la socavan, a quienes interesa mantener el orden establecido de privilegios por encima del progreso y las libertades civiles, económicas, etc. Por eso las clases dominantes alternadamente han fortalecido (proto)democracias y dictaduras. Ansaldi declara: “El drama de América Latina es que la democracia burguesa, proclamada como objetivo, carece de su sujeto principal, la burguesía democrática.”
Por otro lado, es interesante y alarmante ver cómo conservadores y progresistas (en ambos casos, lo mismo radicales que moderados) han denostado el concepto de democracia o lo han adoptado como bandera legitimadora en contra del otro bando, pero muy pocas veces anclados en prácticas democráticas de veras, como lo explica el estudio de la uruguaya Lucía Sala.
El libro reúne 18 trabajos agrupados en tres secciones: la primera, “Miradas de conjunto”, revisa la situación de la democracia en América Latina en su contexto histórico y mundial, así como ciertas particularidades de su concepción; luego vienen los “Casos nacionales” donde se abordan los de Argentina, Ecuador, México, Uruguay, Brasil, Chile y Paraguay. Finalmente, la tercera sección se compone de estudios sobre la legislación civil referente a la mujer en Argentina y Brasil, acerca de la paradójica emergencia de las democracias centroamericanas en contextos de guerra civil, y una revisión de la democracia en los países del Mercosur.
La democracia en América Latina, un barco a la deriva tiene la virtud de que su pluralidad de miradas acicatea la reflexión desprejuiciada. Así podemos arribar a una conclusión: la fragilidad de la democracia en América Latina estriba en una doble falta de efectividad de los políticos: primero, para dejar claro que —citando a Ansaldi— “una cosa es la democracia, un régimen político, y otra la eficiencia gubernativa”; segundo, para generar gobiernos que, por un lado, favorezcan las condiciones para sacar del infierno de la pobreza a gran parte de la población, dar perspectivas reales de mejora de vida a la enorme mayoría y establecer mecanismos de largo plazo que hagan a las burguesías nacionales menos oligárquicas, más funcionales y productivas, y por otro lado, que amplíen la participación política en condiciones de igualdad y provean de herramientas institucionales para la sustentabilidad (largo plazo) de la democracia. Es pensando es esos objetivos que se echa de menos —y sorprende— la ausencia de un estudio acerca de los liderazgos y los políticos latinoamericanos. Fuera de esa carencia —y una buena cantidad de descuidos de edición (no precisamente erratas)— este libro es sumamente recomendable.

[Publicado originalmente en febrero de 2008]




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