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Carmen Aristegui ha vuelto a la radio. ¡Cómo no alegrarse! Primero, porque antes de que el hecho la trascienda (“nos trasciende”, insiste respecto de la reacción del público ante su despido de W Radio, para incluir a los periodistas todos, especialmente a las ‘figuras de peso’) debe ponderarse el aprecio que ha ganado en algo así como 20 años, al dejar de ser una–locutora–más para convertirse en una periodista–locutora–modelo–de–apertura en un doble sentido: por su personalidad, carácter y temperamento, es sensible, alivianada, neta, transparente, clavada, racional, sentimental, valiente, solidaria, con debilidades y enojos evidentes, y una parte creciente del público las preferimos así: abiertas a sí mismas.
En lo profesional, porque su convicción incluyente es realmente una vocación, es capaz de dialogar con personajes de la más diversa posición (sobre todo política, su tema predilecto), así exhiban un alto grado de estupidez o intolerancia, o sean figuras destacadas de la corrupción y, muchos ellos, criminales de ‘cuello blanco’ y/o con tribunas a su disposición.
Ella defiende con una vehemencia heroica y constante, el derecho de los individuos a que sus opiniones y réplicas sean difundidas por los medios de comunicación; pero algo más —de especial relevancia para quererla, según yo—: la convicción de dar espacios amplios —cierto, en pocas ocasiones más grandes que los concedidos a la lamentable y banal política cotidiana— a asuntos sociales con implicaciones políticas o no, que generalmente la tienen: la pobreza, el abuso de poder entre particulares, las violaciones a los niños, la segregación en el deporte, etc. ¡Cómo la adoré —a ella y a su reportera en Oaxaca, Ixtli Martínez— cuando apoyó a las madres de pequeños violados en una escuela particular de esa ciudad, cuando defendió el derecho de Marigol a participar en el futbol profesional masculino, cuando dijo —refiriéndose a las críticas que recibió de gente de medios por insistir en el caso de la anciana presumiblemente asesinada en Zongolica, Veracruz— que a lo mejor estaba equivocada, pero que la gente tenía derecho a saber la verdad sin dudas…!
Y lamento no saber si hizo una reflexión posterior, escrita o por radio, acerca de cierto reclamo que le hizo José Woldemberg. Eran los tiempos de los precandidatos a la presidencia, ella lo invitó a su programa de CNN y le preguntó si aceptaría una invitación de parte de Fox a ser candidato. Woldemberg le dijo que no había recibido tal invitación, y Aristegui repondió con una pregunta: pero llegada la invitación, ¿aceptaría? Él tardó dos segundos antes de manifestar su desagrado ante esa costumbre de la prensa (reporteros-periodistas-locutores-comentaristas-opinadores) de sacar la 'nota' de la respuesta de la gente pública respecto de supuestos y trascendidos. Ella acusó recibo del reclamo, pero nada más. ¿Cuál fue la reflexión, mental o pública, que ella hizo después? ¿Se curó de esa costumbre? Creo que no. En lo personal, no es lo único que podría reprocharle.
En 2008 bastantes opinadores ponderaron la valía de las facetas de la Aristegui. Al calce agrego una frivolidad: hace años a ella le tocó dar la noticia de que una mujer dedicada a la polémica en la tv francesa había resultado la más atractiva en una encuesta. Creo que hoy ella ocuparía un lugar similar en México, porque su facha combina con lo antedicho, su arreglo la hace guapa y gusta.
En Periodistas (1998), serie española de tv que proyectaba hasta hace unos años en México el Canal 11 (y donde participaba una joven angelical, Belén Rueda, que después haría alguna fama al aparecer en 2004 en Mar adentro, al lado de Javier Bardem y con la dirección de Alejandro Amenábar, y en 2007 en El orfanato, de Juan Antonio Bayona), se relataba la historia de un grupo de esos trabajadores a la par que sus vicisitudes para resolver con mayor o menor fortuna sus notas, entrevistas, reportajes, etc., para la sección local del Crónica, supuesto diario madrileño. Hacia el final de un capítulo, un reportaje importante (iba para la 1ª) y singular por lo que de sangre, sudor y lágrimas implicó, es censurado por la propia directiva del periódico. La reportera y el fotógrafo a cargo esperan a que salga de una junta con los dueños el director general, quieren reclamarle. Al oírlos, él no se sorprende, contiene la impaciencia y, tratándolos de jóvenes inocentes (camino de la pendejez, si no abren los ojos), les dice: la empresa involucrada en el reportaje y que sale mal parada, es anunciante del diario; ellos replican: ¿y la independencia, y la objetividad?; su jefe remata: tienen que aprender, eso pasa en todos lados, hasta en El País.
Como Aristegui misma advirtió en su momento, los antecedentes y la forma en que se dio fin a su contrato con W Radio daba pie a la suspicacia. (Dijo en Proceso del 13 de enero de 2008: “No tengo evidencia de que Calderón haya dado una orden, pero hay un contexto que hace posible las interpretaciones, las suspicacias o los señalamientos abiertos.”) Como hoy ante la noticia de su regreso, hace un año, cuando fue echada de la radiodifusora, buena parte de los comentaristas hizo referencia (en esa edición Proceso lo dio a conocer ampliamente) a los negocios que el Grupo Prisa (en España edita El País y en México es socio de Televisa) tiene con el gobierno que encabeza Felipe Calderón: le imprime millones de libros de texto a través de la Editorial Santillana. La cadena de relaciones bien puede explicar —se dice, y no es difícil creerlo— de dónde surgió la idea de echar a la periodista cuando su noticiario estaba en los primeros lugares de popularidad.
El Grupo Prisa es dueño del 50% del Grupo Radiópolis con 70 radiodifusoras y alcance nacional. A Radiópolis pertenece W Radio. El noticiario de Carmen estaba en una alta posición de audiencia, esto significa que los anunciantes tenían una buena proyección. ¿Reclamaron la salida de Carmen, dado que el raiting sin duda bajaría?
“El hecho de que sea vigoroso comercialmente hablando no debe implicar que renunciemos a lo fundamental, que es el interés público”, dijo Carmen en la entrevista de Proceso. En su noticiario ella insistía en asuntos como el de la anciana asesinada en Zongolica, la interminable pasarela de pederastas intocables, Andrés Manuel López Obrador a quien hizo maratónicas entrevistas (y él jamás dejó pasar la oportunidad para hacer apología de su estulticia, a pesar de ‘las manitas’ que Aristegui se esforzaba en echarle), etc. “Las coberturas informativas tocaron intereses muy poderosos en los ámbitos militar, eclesiástico, político, en fin, creo que nosotros hicimos lo que a un periodista le toca hacer”.
La cadena de relaciones Prisa–Televisa–Calderón, sin embargo, no permite sino conjeturar; y sobre ello, es decir, en la superficie, el hecho puede exhibirse como un conflicto comercial–laboral, nada más, como en su momento dio a entender Ciro Gómez Leyva en su columna de Milenio Diario. Pero pocos lo creen así; en cambio, muchos estamos seguros que se realizó una acción para acallar a una periodista incómoda.
El problema de la censura es imposible de resolver por la diversidad de su carácter, la multiplicidad de formas que toma y la ubicuidad de su naturaleza; por eso mismo, para quienes es indispensable contar con la garantía de que podemos manifestarnos y, más importante aún, saber lo que tienen que decir los demás incluso en contra nuestra mientras no se ataquen los asuntos de conciencia o íntimos, es indispensable tratar de combatir las presiones para atajar esa tentación de cualquier poder o autoritarismo denunciándolo, ridiculizándolo, encontrando vías alternas, hablando, actuando, etc. Sin embargo, es cierto que la raíz política que afecta al periodismo sólo en ocasiones es comprobable de todo, y con frecuencia no es su único origen, ni siquiera el principal. Puede serlo un diferendo comercial, como el caso de TV Azteca que llegó a la toma armada de Canal 40 para quedarse con él, con la connivencia del gobierno de Fox. La variedad toca también simples prejuicios, diferencias ideológicas, éticas y de opinión (a la propia Carmen le tocó padecerlo, en Grupo Imagen, a manos de Pedro Ferriz de Con, reputado periodista que parece esforzarse en demostrar que la miseria moral no es inmune a la aceptación social).
En 2008 bastantes opinadores ponderaron la valía de las facetas de la Aristegui. Al calce agrego una frivolidad: hace años a ella le tocó dar la noticia de que una mujer dedicada a la polémica en la tv francesa había resultado la más atractiva en una encuesta. Creo que hoy ella ocuparía un lugar similar en México, porque su facha combina con lo antedicho, su arreglo la hace guapa y gusta.
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En Periodistas (1998), serie española de tv que proyectaba hasta hace unos años en México el Canal 11 (y donde participaba una joven angelical, Belén Rueda, que después haría alguna fama al aparecer en 2004 en Mar adentro, al lado de Javier Bardem y con la dirección de Alejandro Amenábar, y en 2007 en El orfanato, de Juan Antonio Bayona), se relataba la historia de un grupo de esos trabajadores a la par que sus vicisitudes para resolver con mayor o menor fortuna sus notas, entrevistas, reportajes, etc., para la sección local del Crónica, supuesto diario madrileño. Hacia el final de un capítulo, un reportaje importante (iba para la 1ª) y singular por lo que de sangre, sudor y lágrimas implicó, es censurado por la propia directiva del periódico. La reportera y el fotógrafo a cargo esperan a que salga de una junta con los dueños el director general, quieren reclamarle. Al oírlos, él no se sorprende, contiene la impaciencia y, tratándolos de jóvenes inocentes (camino de la pendejez, si no abren los ojos), les dice: la empresa involucrada en el reportaje y que sale mal parada, es anunciante del diario; ellos replican: ¿y la independencia, y la objetividad?; su jefe remata: tienen que aprender, eso pasa en todos lados, hasta en El País.
Como Aristegui misma advirtió en su momento, los antecedentes y la forma en que se dio fin a su contrato con W Radio daba pie a la suspicacia. (Dijo en Proceso del 13 de enero de 2008: “No tengo evidencia de que Calderón haya dado una orden, pero hay un contexto que hace posible las interpretaciones, las suspicacias o los señalamientos abiertos.”) Como hoy ante la noticia de su regreso, hace un año, cuando fue echada de la radiodifusora, buena parte de los comentaristas hizo referencia (en esa edición Proceso lo dio a conocer ampliamente) a los negocios que el Grupo Prisa (en España edita El País y en México es socio de Televisa) tiene con el gobierno que encabeza Felipe Calderón: le imprime millones de libros de texto a través de la Editorial Santillana. La cadena de relaciones bien puede explicar —se dice, y no es difícil creerlo— de dónde surgió la idea de echar a la periodista cuando su noticiario estaba en los primeros lugares de popularidad.
El Grupo Prisa es dueño del 50% del Grupo Radiópolis con 70 radiodifusoras y alcance nacional. A Radiópolis pertenece W Radio. El noticiario de Carmen estaba en una alta posición de audiencia, esto significa que los anunciantes tenían una buena proyección. ¿Reclamaron la salida de Carmen, dado que el raiting sin duda bajaría?
“El hecho de que sea vigoroso comercialmente hablando no debe implicar que renunciemos a lo fundamental, que es el interés público”, dijo Carmen en la entrevista de Proceso. En su noticiario ella insistía en asuntos como el de la anciana asesinada en Zongolica, la interminable pasarela de pederastas intocables, Andrés Manuel López Obrador a quien hizo maratónicas entrevistas (y él jamás dejó pasar la oportunidad para hacer apología de su estulticia, a pesar de ‘las manitas’ que Aristegui se esforzaba en echarle), etc. “Las coberturas informativas tocaron intereses muy poderosos en los ámbitos militar, eclesiástico, político, en fin, creo que nosotros hicimos lo que a un periodista le toca hacer”.
La cadena de relaciones Prisa–Televisa–Calderón, sin embargo, no permite sino conjeturar; y sobre ello, es decir, en la superficie, el hecho puede exhibirse como un conflicto comercial–laboral, nada más, como en su momento dio a entender Ciro Gómez Leyva en su columna de Milenio Diario. Pero pocos lo creen así; en cambio, muchos estamos seguros que se realizó una acción para acallar a una periodista incómoda.
El problema de la censura es imposible de resolver por la diversidad de su carácter, la multiplicidad de formas que toma y la ubicuidad de su naturaleza; por eso mismo, para quienes es indispensable contar con la garantía de que podemos manifestarnos y, más importante aún, saber lo que tienen que decir los demás incluso en contra nuestra mientras no se ataquen los asuntos de conciencia o íntimos, es indispensable tratar de combatir las presiones para atajar esa tentación de cualquier poder o autoritarismo denunciándolo, ridiculizándolo, encontrando vías alternas, hablando, actuando, etc. Sin embargo, es cierto que la raíz política que afecta al periodismo sólo en ocasiones es comprobable de todo, y con frecuencia no es su único origen, ni siquiera el principal. Puede serlo un diferendo comercial, como el caso de TV Azteca que llegó a la toma armada de Canal 40 para quedarse con él, con la connivencia del gobierno de Fox. La variedad toca también simples prejuicios, diferencias ideológicas, éticas y de opinión (a la propia Carmen le tocó padecerlo, en Grupo Imagen, a manos de Pedro Ferriz de Con, reputado periodista que parece esforzarse en demostrar que la miseria moral no es inmune a la aceptación social).
Pero trás el derecho inalienable (es decir, más allá de las leyes) a la libertad de expresión no se halla únicamente el derecho y la obligación de informar de los hechos públicos, ya sea a través de las oficinas de comunicación social o de la prensa. En cualquier caso, los grupos de poder siempre querrán que no moleste lo que se sepa, pero de lo contrario, saben presionar para disminuir o eliminar los caminos de la difusión. La fórmula ‘libertad de expresión’ lo que busca garantizar es la posibilidad de que mi opinión no encuentre obstáculos más allá de las opiniones (juicios o prejuicios) de los demás, y mientras no incurra en algún delito.
En el océano que es la población, las opiniones viajan en todas direcciones, así que en realidad las voces de gran peso, como la de Carmen son las excepciones, y ya dentro de ese grupo la capacidad de opinar cuestionando, analizando, reporteando, incluyendo, agrega singularidad. Pero no siempre es fácil ser incluyente, tomar la decisión de incluir ciertas opiniones. Por ejemplo, ¿los medios de comunicación deberían abrir sus espacios a los discursos de odio, digamos, en contra de los israelitas que todavía hace unos días aplastaban a los palestinos de una manera todavía más infame al ahorcamiento que les vienen aplicando desde hace décadas; discursos que no argumentan, se quedan en blandir como crítica la tontería de que los judíos quieren apoderarse del mundo? En el fondo, prejuiciosas y ofensivas, esas ideas —concedamos que pueda llamárseles así— son tan opiniones como las de quienes tratan de equilibrar sus argumentos con críticas informadas, razonadas, de las acciones de Hamas y del excesivo ataque del ejército de Israel, pasando por la historia de esa imposible cohabitación. "Pero, a diferencia de estos comentarios, aquéllos", se diría en muchísimos medios y por gente lúcida, "no agregan nada al debate, se dirigen a infamar y amplían el conflicto en vez de colaborar a su comprensión", etcétera, y por esas razones no pueden ser incluidas en una medio serio.
¿Por qué no se da cabida a las opiniones de los punketos radicales, del mismo modo que se concede a un imbécil investido de fuero? ¿Puede justificarse de veras que no se le dé espacio a un narcotraficante que goza de popularidad y aprecio en las comunidades que él domina, y en cambio sí a Mario ‘Góber Precioso’ Marín?
Una de las soluciones propuestas para evitar que se pierdan canales como el analítico, rico en voces, objetivo (en el sentido periodístico: apertura a las razones de las distintas partes involucradas en un asunto noticioso) de Carmen Aristegui, es el fortalecimiento y creación de estaciones de radio y tv públicas y comunitarias. Obviamente, la pérdida de espacios como el de Carmen no se erradicaría de esa manera, tan sólo se garantizaría la continuidad de los espacios donde impere la visión dominante de la estación, y si ésta es de apertura, pues la ganancia social será absoluta. Pero la independencia no implica la muerte de la cerrazón y la censura, veamos a La Jornada (vs. Luis González de Alba) y Milenio Diario (vs. José Luis Arreola).
Hace tiempo fui amigo de varios trabajadores (locutores, productores, etc.) de Radio Mexiquense. Ahí pude ver en diferentes momentos (no frecuentemente) hechos de censura por causas irrisorias (o para llorar, como se quiera ver). Y casos sé por aquí y por allá de censura en medios que, por encimita, pasan por otra cosa.
Pero conozco al menos un ejemplo de libertad cuasi absoluta, una publicación mensual que alcanzó cuatro años y que lo único que se negaba a incluir era propaganda a favor de un partido político (porque de esas cosas se llenan periódicos, revistas, radio, tv). Ahí se dio entrada a una opinión antisionista tan radical como paupérrima de argumentos. El fundamento de Erotana, que así se llamaba la revista que se quiso fanzine, era la más terminante libertad de expresión. Su creador y gestor fue Édgar Damián, un anarquista de corazón, sentimientos e inteligencia, con gran vitalidad y vocación por la no censura. Yo colaboraba con él haciendo la corrección de estilo, que en demasiadas ocasiones era la casi total compostura de los textos, pésimos ya no digamos en su estructura, incluso en la gramática elemental. Cuando llegó aquel texto intenté que no pasara, es decir, me incliné por censurarlo dada su nula calidad argumentativa, su alto grado de irracionalidad. Édgar me recordó el origen de Erotana.
Erotana terminó su vida en octubre pasado y publicó, la mayor parte de las veces, algo que pretendía pasar por poesía, cuento, ensayo, reflexión, etc.; pueden rescatarse, por lo que se da en llamar calidad literaria, un buen puñado de textos, y hasta los hubo brillantes; lo mejor, con todo, eran los dibujos y grabados.
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Hace tiempo fui amigo de varios trabajadores (locutores, productores, etc.) de Radio Mexiquense. Ahí pude ver en diferentes momentos (no frecuentemente) hechos de censura por causas irrisorias (o para llorar, como se quiera ver). Y casos sé por aquí y por allá de censura en medios que, por encimita, pasan por otra cosa.
Pero conozco al menos un ejemplo de libertad cuasi absoluta, una publicación mensual que alcanzó cuatro años y que lo único que se negaba a incluir era propaganda a favor de un partido político (porque de esas cosas se llenan periódicos, revistas, radio, tv). Ahí se dio entrada a una opinión antisionista tan radical como paupérrima de argumentos. El fundamento de Erotana, que así se llamaba la revista que se quiso fanzine, era la más terminante libertad de expresión. Su creador y gestor fue Édgar Damián, un anarquista de corazón, sentimientos e inteligencia, con gran vitalidad y vocación por la no censura. Yo colaboraba con él haciendo la corrección de estilo, que en demasiadas ocasiones era la casi total compostura de los textos, pésimos ya no digamos en su estructura, incluso en la gramática elemental. Cuando llegó aquel texto intenté que no pasara, es decir, me incliné por censurarlo dada su nula calidad argumentativa, su alto grado de irracionalidad. Édgar me recordó el origen de Erotana.
Erotana terminó su vida en octubre pasado y publicó, la mayor parte de las veces, algo que pretendía pasar por poesía, cuento, ensayo, reflexión, etc.; pueden rescatarse, por lo que se da en llamar calidad literaria, un buen puñado de textos, y hasta los hubo brillantes; lo mejor, con todo, eran los dibujos y grabados.
Propiciar de manera irrestricta la libertad de expresión no es una decisión y una práctica sencilla a menos que se tenga el valor de enfrentar sus riesgos. Édgar tiene esa capacidad (y además, un magnífico sentido del humor que lo hace repelente a casi todo). En Erotana publiqué —además de un texto crítico a la propia publicación (por ese atrevimiento me hubieran corrido de muchos lados, por muy amigo que hubiera sido)— el texto que sigue, en tiempos del debate por la ley Telerrisa (lo actualizo tantito).
Todo intento por determinar la relación entre los medios y la sociedad está destinada al fracaso. Discutir acerca de ellos recuerda la forma en que se habla de las ‘fuerzas del mercado’: se les trata de entes autónomos e invisibles. Los medios respiran, duermen, desean, ejercen. Y los discursos, más que a mostrar los beneficios o maleficios de tales compañías, parecieran dirigirse a la demostración de que ellos tienen conciencia de su existencia independiente y de su infinito poder.
En su último libro publicado en vida y en una entrevista con un personaje alegórico de la tv —Brozo, cuando estaba en Canal 40—, Ikram Antaki dijo que los medios dejaron de ser el cuarto poder para ocupar el primer lugar. Aunque la frase original se refería a la prensa y no a los medios en general, la actualización que hizo la antropóloga y filósofa filomexicana de origen sirio, suena alarmante, no tanto porque sea cierto (¿quién y cómo puede determinarlo?), sino porque el imaginario se queda sin individuo al evocar la afirmación.
Comparemos los poderes y la imagen que reflejan. Si bien es cierto que el poder clásico, el político, tiene su máximo ejemplar en el Estado moderno, que incluso se ha recreado como un ogro, entre la gente común el concepto se ve reflejado en otro, el gobierno, que tiene actores concretos: los gobernantes, personas que hoy pueden llamarse de un modo y dentro de un periodo más, de otro; y si se habla de un poder político absoluto, en nuestros días se vería identificado sin duda con George Bush —en esos días, hoy es Barack Obama—. Algo similar pasa cuando se evoca el poder religioso: el papa es la figura máxima, y si estiramos la imaginación —en Occidente, claro—, hasta podremos unir la grey musulmana y a Osama Bin Laden. Por último, el poder económico puede reflejarse en personajes emblemáticos, como Bill Gates, Carlos Slim, las caricaturas de enormes cerdos vestidos de frac, sonrientes, con un copa en una pezuña y un puro en la otra, de lentes negros y sombrero alto. Incluso la imagen de este poder puede mezclarse con alguna de los otros dos: Estados Unidos o el Estado Vaticano, por ejemplo.
En cambio, si decimos ‘los medios’, la imagen no son seres humanos ni sus caricaturas, sino —como bien advirtió Antaki— un televisor encendido. A eso queda reducida, en el imaginario, la figura de los medios. Una tele encendida no necesita justificación. El poder político sí, que es la cohesión social y el bien común (provincial o nacional); el religioso, la salvación de las almas (universal); el económico, en la modernidad, la generación de riqueza, empleos y satisfactores (a todos los niveles, sin llegar a ser homogéneo en el orden universal). Los medios, reducidos a una tele, son ubicuos y no necesitan un para qué: deben estar ‘encendidos’, así nada más, porque sí, para emitir algo, lo que sea, importante —casi se diría fundamental— para cada uno, aunque no se esté presente.
Como puede advertirse, existe una particularidad en los medios: como los demás, son un poder, por lo tanto, están por encima de personas y gremios, y sin embargo actúan de manera ‘personal’, como en diálogo uno a uno. Eso lo enseñaron a los demás poderes —y lo aprendieron.
Sin embargo, los medios no son sólo la tv. Y no son dioses, aunque en el imaginario se parezcan bastante. Ni siquiera son entes independientes de la sociedad. Si bien por el habla coloquial es justificable, no debiera reflexionarse sobre lo medios y la sociedad, tampoco en torno de los medios en la sociedad, sino de los medios —de comunicación o de información o de divulgación o como se quiera— de la sociedad. De la misma manera en que no se separa a los gobiernos ni a las iglesias ni a las empresas o sindicatos ni a cualquier otro actor económico, de la sociedad. Se les concibe como grupos de ella (que funcionan a partir de ella, si bien con sus propias dinámicas) buscando satisfacer ciertos intereses concretos.
Los medios como empresas o, como suele decirse hoy, organizaciones (es decir, compuestos de personas integradas para conseguir los objetivos que un cuerpo directivo establece), en su actuar social cotidiano tiene metas concretas que alcanzar: como empresas individuales, obtener un mayor segmento de mercado y reducir costos de producción y riesgos en sus procesos; como gremio, mantener una importancia cada vez mayor en relación con el resto de los poderes; incluso, como conjunto de individuos empleados —es decir, sin contar a los propietarios—, el objetivo —idealmente— es lograr una mayor productividad (relación costo–ganancia) con el fin de mejorar su condiciones de trabajo al satisfacer a sus patrones; etcétera.
Por otro lado, la generalización disfraza los diversos tipos de medios, el más importante respecto de la distinción de medios como vías informativas y medios como vías de entretenimiento. En el primer lugar se ubica lo que todavía se suele llamar la prensa, que se ocupa de lo noticioso, y que en efecto puede llegar a conmocionar a cualquiera de los otros tres poderes, y a la sociedad toda, como se ha demostrado desde antes de que la tv hiciera su aparición. (En relación con esto, no puede dejarse de recomendar a Susan Sontag respecto de la fotografía de prensa; recomendable especialmente es Ante el dolor de los demás.)
Pero, aun cuando la influencia de los medios alcance límites remotos, los tiene; por ejemplo, ¿qué pueden hacer frente a un poder político dictatorial o frente al fundamentalismo religioso? Que en una sociedad liberal su poder parezca infinito nos hace imaginar que lo seguiría siendo a pesar de que las condiciones sociopolíticas cambiaran radicalmente. Y es esa creencia, incrustada de tal forma en la sociedad y promovida por esos grupos de interés que están al frente de los medios (empresarios peculiares, pero empresarios al fin), y que alcanza las esferas políticas, religiosas y económicas, lo que los sostiene como monstruos indestructibles, que se mueven sólo al arbitrio de sus pasiones.
Eso mismo ocasiona que se hable de la necesidad de una ética, nacida desde dentro de los medios, para su autorregulación, como si se tratara de un engendro distinto de los demás creados por los humanos. Una mediaética, para jugar con la regla que creó una bioética. ¿Por qué no, entonces, crear una avioética, una contadurética, una arquitectoética… Que sí las hay, así como se habla de una cultura de esto y de lo otro (cultura del automóvil, cultura de la tolerancia, etc.). El orgullo profesional provoca que los distintos grupos busquen establecer una diferencia esencial respecto de los demás. En el fondo, lo que se termina por hacer es crear códigos morales o normatividades del actuar laboral cotidiano.
La descripción de esas éticas por lo regular hace listas de ‘valores’, entre los que destaca la honestidad con el fin de enaltecer la actividad o el gremio. Más allá de cómo se caracterice la honestidad para ésta o aquélla actividad, se da por entendido que su ausencia provoca daños (engaño, fraude, etc.), y en una sociedad que vive en un régimen de derecho (Estado de derecho), quien incurra (persona o institución) en un daño a una persona o institución debe hacer frente a una respuesta legal de compensación, cuyo extremo es la cárcel —si se apega dicha sociedad a los derechos humanos, de lo contrario el extremo es la muerte.
Pero —se dice—, ¿cómo establecer un régimen legal para los medios sin desvirtuar la libertad de expresión ni entorpecer el derecho a la información? Esta es la trampa que buscan magnificar los medios… esto es, las personas que los componen y que no se atreven a soltar sus privilegios. De ahí que se insista en una ética de los medios, porque en la realidad —pese a decirse que existe en algunos de ellos— no funciona, sino los intereses económicos, políticos, incluso intelectuales y hasta religiosos, de los dueños o de los periodistas y locutores. Todo ello hace el marco en el que se emite una opinión, de lo que se compone buena parte de la chamba de los comunicadores.
Pero el peligro de la desvirtuación es una situación, por otra parte, no privativa de este grupo de organizaciones: pensemos en los médicos que abandonan la práctica médica común para seguir por caminos alternativos porque se han convencido genuinamente de lo benéfico de estos, o aquellos que se enriquecen con la enfermedad de su pacientes; en los líderes sindicales inflexibles o en los llamados ‘charros’; en los empresarios que de pronto siguen las enseñanzas de un consultor sabelotodo sin ver que crea conflictos de diversa índole, o en los coludidos con el narcotráfico; en los políticos ineptos o en los que delinquen impunemente amparados por el fuero de un cargo.
¿Cómo establecer un régimen legal para los medios? Siguiendo el mismo camino que debe recorrerse en lo que respecta a todos los demás sectores, o sea, hasta cierto momento se trata de un asunto técnico: qué puede establecerse como deshonesto, qué como ilícito y qué como ilegal; por supuesto, deben considerarse las particularidades. El resto es talacha de la sociedad: exigir, no a los medios (¿quién cita a uno a tomar café?), sino a sus locutores, productores, etc.; personas que de pronto encontramos en el súper o en el cine, o a quienes podemos escribir un mail, o a quienes de plano podemos apagar oprimiendo un botón.
Carmen Aristegui reitera cada vez que puede, que la indignación de la gente por su despido de W Radio, y la posterior espera silenciosa pero continua por su regreso, la trasciende. “Tiene que ver con la cancelación de un espacio en momentos en que los medios de comunicación han vivido situaciones muy criticables y le deben a sus audiencias explicaciones” (Proceso, 13 de enero de 2008). Tiene razón, y sin embargo, se trata de una trascendencia que ella contiene. Si al enojo de su público no hubiera seguido su activismo, la pérdida del espacio hubiera caído en el olvido como el Canal 40 y Monitor. Pero retomó y convocó. Eso le permitió saber que a su regreso, como en efecto lo hizo el pasado 12 de enero apenas comenzado su programa, debía informar acerca de las condiciones generales de trato con la radiodifusora MVS, para garantizar la continuidad, apertura y cobertura de su programa. A menos que ponga su propia estación, más no puede hacer; y es insólito que lo haya hecho. Además de ella, con su pasión, integridad e inteligencia, sólo puedo pensar en Miguel Ángel Granados Chapa.
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Todo intento por determinar la relación entre los medios y la sociedad está destinada al fracaso. Discutir acerca de ellos recuerda la forma en que se habla de las ‘fuerzas del mercado’: se les trata de entes autónomos e invisibles. Los medios respiran, duermen, desean, ejercen. Y los discursos, más que a mostrar los beneficios o maleficios de tales compañías, parecieran dirigirse a la demostración de que ellos tienen conciencia de su existencia independiente y de su infinito poder.
En su último libro publicado en vida y en una entrevista con un personaje alegórico de la tv —Brozo, cuando estaba en Canal 40—, Ikram Antaki dijo que los medios dejaron de ser el cuarto poder para ocupar el primer lugar. Aunque la frase original se refería a la prensa y no a los medios en general, la actualización que hizo la antropóloga y filósofa filomexicana de origen sirio, suena alarmante, no tanto porque sea cierto (¿quién y cómo puede determinarlo?), sino porque el imaginario se queda sin individuo al evocar la afirmación.
Comparemos los poderes y la imagen que reflejan. Si bien es cierto que el poder clásico, el político, tiene su máximo ejemplar en el Estado moderno, que incluso se ha recreado como un ogro, entre la gente común el concepto se ve reflejado en otro, el gobierno, que tiene actores concretos: los gobernantes, personas que hoy pueden llamarse de un modo y dentro de un periodo más, de otro; y si se habla de un poder político absoluto, en nuestros días se vería identificado sin duda con George Bush —en esos días, hoy es Barack Obama—. Algo similar pasa cuando se evoca el poder religioso: el papa es la figura máxima, y si estiramos la imaginación —en Occidente, claro—, hasta podremos unir la grey musulmana y a Osama Bin Laden. Por último, el poder económico puede reflejarse en personajes emblemáticos, como Bill Gates, Carlos Slim, las caricaturas de enormes cerdos vestidos de frac, sonrientes, con un copa en una pezuña y un puro en la otra, de lentes negros y sombrero alto. Incluso la imagen de este poder puede mezclarse con alguna de los otros dos: Estados Unidos o el Estado Vaticano, por ejemplo.
En cambio, si decimos ‘los medios’, la imagen no son seres humanos ni sus caricaturas, sino —como bien advirtió Antaki— un televisor encendido. A eso queda reducida, en el imaginario, la figura de los medios. Una tele encendida no necesita justificación. El poder político sí, que es la cohesión social y el bien común (provincial o nacional); el religioso, la salvación de las almas (universal); el económico, en la modernidad, la generación de riqueza, empleos y satisfactores (a todos los niveles, sin llegar a ser homogéneo en el orden universal). Los medios, reducidos a una tele, son ubicuos y no necesitan un para qué: deben estar ‘encendidos’, así nada más, porque sí, para emitir algo, lo que sea, importante —casi se diría fundamental— para cada uno, aunque no se esté presente.
Como puede advertirse, existe una particularidad en los medios: como los demás, son un poder, por lo tanto, están por encima de personas y gremios, y sin embargo actúan de manera ‘personal’, como en diálogo uno a uno. Eso lo enseñaron a los demás poderes —y lo aprendieron.
Sin embargo, los medios no son sólo la tv. Y no son dioses, aunque en el imaginario se parezcan bastante. Ni siquiera son entes independientes de la sociedad. Si bien por el habla coloquial es justificable, no debiera reflexionarse sobre lo medios y la sociedad, tampoco en torno de los medios en la sociedad, sino de los medios —de comunicación o de información o de divulgación o como se quiera— de la sociedad. De la misma manera en que no se separa a los gobiernos ni a las iglesias ni a las empresas o sindicatos ni a cualquier otro actor económico, de la sociedad. Se les concibe como grupos de ella (que funcionan a partir de ella, si bien con sus propias dinámicas) buscando satisfacer ciertos intereses concretos.
Los medios como empresas o, como suele decirse hoy, organizaciones (es decir, compuestos de personas integradas para conseguir los objetivos que un cuerpo directivo establece), en su actuar social cotidiano tiene metas concretas que alcanzar: como empresas individuales, obtener un mayor segmento de mercado y reducir costos de producción y riesgos en sus procesos; como gremio, mantener una importancia cada vez mayor en relación con el resto de los poderes; incluso, como conjunto de individuos empleados —es decir, sin contar a los propietarios—, el objetivo —idealmente— es lograr una mayor productividad (relación costo–ganancia) con el fin de mejorar su condiciones de trabajo al satisfacer a sus patrones; etcétera.
Por otro lado, la generalización disfraza los diversos tipos de medios, el más importante respecto de la distinción de medios como vías informativas y medios como vías de entretenimiento. En el primer lugar se ubica lo que todavía se suele llamar la prensa, que se ocupa de lo noticioso, y que en efecto puede llegar a conmocionar a cualquiera de los otros tres poderes, y a la sociedad toda, como se ha demostrado desde antes de que la tv hiciera su aparición. (En relación con esto, no puede dejarse de recomendar a Susan Sontag respecto de la fotografía de prensa; recomendable especialmente es Ante el dolor de los demás.)
Pero, aun cuando la influencia de los medios alcance límites remotos, los tiene; por ejemplo, ¿qué pueden hacer frente a un poder político dictatorial o frente al fundamentalismo religioso? Que en una sociedad liberal su poder parezca infinito nos hace imaginar que lo seguiría siendo a pesar de que las condiciones sociopolíticas cambiaran radicalmente. Y es esa creencia, incrustada de tal forma en la sociedad y promovida por esos grupos de interés que están al frente de los medios (empresarios peculiares, pero empresarios al fin), y que alcanza las esferas políticas, religiosas y económicas, lo que los sostiene como monstruos indestructibles, que se mueven sólo al arbitrio de sus pasiones.
Eso mismo ocasiona que se hable de la necesidad de una ética, nacida desde dentro de los medios, para su autorregulación, como si se tratara de un engendro distinto de los demás creados por los humanos. Una mediaética, para jugar con la regla que creó una bioética. ¿Por qué no, entonces, crear una avioética, una contadurética, una arquitectoética… Que sí las hay, así como se habla de una cultura de esto y de lo otro (cultura del automóvil, cultura de la tolerancia, etc.). El orgullo profesional provoca que los distintos grupos busquen establecer una diferencia esencial respecto de los demás. En el fondo, lo que se termina por hacer es crear códigos morales o normatividades del actuar laboral cotidiano.
La descripción de esas éticas por lo regular hace listas de ‘valores’, entre los que destaca la honestidad con el fin de enaltecer la actividad o el gremio. Más allá de cómo se caracterice la honestidad para ésta o aquélla actividad, se da por entendido que su ausencia provoca daños (engaño, fraude, etc.), y en una sociedad que vive en un régimen de derecho (Estado de derecho), quien incurra (persona o institución) en un daño a una persona o institución debe hacer frente a una respuesta legal de compensación, cuyo extremo es la cárcel —si se apega dicha sociedad a los derechos humanos, de lo contrario el extremo es la muerte.
Pero —se dice—, ¿cómo establecer un régimen legal para los medios sin desvirtuar la libertad de expresión ni entorpecer el derecho a la información? Esta es la trampa que buscan magnificar los medios… esto es, las personas que los componen y que no se atreven a soltar sus privilegios. De ahí que se insista en una ética de los medios, porque en la realidad —pese a decirse que existe en algunos de ellos— no funciona, sino los intereses económicos, políticos, incluso intelectuales y hasta religiosos, de los dueños o de los periodistas y locutores. Todo ello hace el marco en el que se emite una opinión, de lo que se compone buena parte de la chamba de los comunicadores.
Pero el peligro de la desvirtuación es una situación, por otra parte, no privativa de este grupo de organizaciones: pensemos en los médicos que abandonan la práctica médica común para seguir por caminos alternativos porque se han convencido genuinamente de lo benéfico de estos, o aquellos que se enriquecen con la enfermedad de su pacientes; en los líderes sindicales inflexibles o en los llamados ‘charros’; en los empresarios que de pronto siguen las enseñanzas de un consultor sabelotodo sin ver que crea conflictos de diversa índole, o en los coludidos con el narcotráfico; en los políticos ineptos o en los que delinquen impunemente amparados por el fuero de un cargo.
¿Cómo establecer un régimen legal para los medios? Siguiendo el mismo camino que debe recorrerse en lo que respecta a todos los demás sectores, o sea, hasta cierto momento se trata de un asunto técnico: qué puede establecerse como deshonesto, qué como ilícito y qué como ilegal; por supuesto, deben considerarse las particularidades. El resto es talacha de la sociedad: exigir, no a los medios (¿quién cita a uno a tomar café?), sino a sus locutores, productores, etc.; personas que de pronto encontramos en el súper o en el cine, o a quienes podemos escribir un mail, o a quienes de plano podemos apagar oprimiendo un botón.
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Carmen Aristegui reitera cada vez que puede, que la indignación de la gente por su despido de W Radio, y la posterior espera silenciosa pero continua por su regreso, la trasciende. “Tiene que ver con la cancelación de un espacio en momentos en que los medios de comunicación han vivido situaciones muy criticables y le deben a sus audiencias explicaciones” (Proceso, 13 de enero de 2008). Tiene razón, y sin embargo, se trata de una trascendencia que ella contiene. Si al enojo de su público no hubiera seguido su activismo, la pérdida del espacio hubiera caído en el olvido como el Canal 40 y Monitor. Pero retomó y convocó. Eso le permitió saber que a su regreso, como en efecto lo hizo el pasado 12 de enero apenas comenzado su programa, debía informar acerca de las condiciones generales de trato con la radiodifusora MVS, para garantizar la continuidad, apertura y cobertura de su programa. A menos que ponga su propia estación, más no puede hacer; y es insólito que lo haya hecho. Además de ella, con su pasión, integridad e inteligencia, sólo puedo pensar en Miguel Ángel Granados Chapa.
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